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21 diciembre 2012
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Caterina Almirall

Quizás las palabras que vienen a continuación os puedan parecer algo naíf, pero son definitivamente los pensamientos que me asaltan cada vez y en cada una de las conferencias y charlas a las que he asistido en los últimos tiempos sobre arte, contexto cultural, producción artística, panorama actual en general, e incluso, como notaréis, en las conversaciones de bar, justo en aquel momento en que inevitablemente nos adentramos en el concepto ‘crisis’. No es que sea un tema aburrido, pero estaremos seguramente de acuerdo que persistente, en cuanto a tema de conversación, titular de noticias y también tema inevitable cuando hablamos de panorama cultural de nuestro país.

Quizás haría falta puntualizar lo que entiendo que quiere decir ‘crisis’, -o al menos lo que podría querer decir-, lejos de la idea catastrofista que nos aboca a un ‘fin del mundo’ al estilo no-sé-qué-día-pero-pronto-se-acaba-todo, entiendo que una crisis es una bisagra.

Digo que puede parecer naíf, porque en cierto modo acabo de nacer aquí, y efectivamente no, no he disfrutado de la época de esplendor a la que se apela a menudo -me refiero a aquellos tiempos en los que las subvenciones brotaban de las instituciones como el agua de las fuentes, como la cerveza de los barriles-, y sí, parece ser que se ha acabado y que estamos de resaca, pero para los que no tenemos dolor de cabeza, nos podemos ahorrar las lamentaciones y construir a partir de lo que tenemos; sin ser más naíf que el saber que es necesario aprender de lo que ya ha pasado, y que la historia no se escribe en vano, sino que la escribimos cada día. Y sólo con la idea de que la queremos escribir cada día, podemos romper con el patetismo de que nos la escriban cuando estemos en la cama con una aspirina y no podamos levantar ni un dedo.

Sinceramente no sé a dónde ir con revisiones pesimistas de un pasado al que no pertenezco, aunque me haya criado, -quizás, y exagerando, lo único que me tocó de aquella época de abundancia fueron los pañales que todavía regalaban a las parejas jóvenes cuando se ponían a procrear-; y no, no quiero parecer optimista, al menos no de forma gratuita, pero sí reclamar que, desde la absoluta certeza de que algunos la liaron parda hace unos años, que no, que el mundo no se acaba, sino que por suerte se renueva, no para ir más rápido ni más lejos, pero sí para cambiar de rumbo.

Sabemos que es grave, que es una crisis, y sobre todo una estafa, y también sabemos que no sabemos si tiene remedio, pero sobre todo que no nos queremos saber más estafados. No quiero banalizar la situación ni perdonar a los que han montado este tinglado y nos han metido en esta mierda, al contrario. Desde la conciencia, hablar y pensar para huir del nihilismo y la depresión a la que me puede abocar el fin del mundo, tal y como lo conocéis.

Caterina Almirall acaba de nacer en este mundo, pero antes había vivido en otros mundos, similares y paralelos, líquidos y sólidos. De todos ha aprendido algo, y ha olvidado algo. Aprender es desaprender. En todos estos mundos le atrapa una telaraña que lo envuelve todo, algunos lo llaman “arte”... Envolver, desenredar, tejer y destrozar esta malla ha sido su ocupación en cada uno de estos planetas, y se teme que lo será en cada uno de los que vendrán.

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