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Magazine

01 junio 2020
Unas varillas, un péndulo y una ballesta

Anna Dot

Alguna noche durante el inicio del confinamiento soñé que me visitaba la superwoman y me decía que los superpoderes le vienen dados por las energías de la tierra. Cuando me levanté, pensé en Pep Padrós, arquitecto y profesor en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Vic (EASD), que dejó esta vida a finales de 2019. Pep fue una persona muy querida por todos y todas las que tuvimos la suerte de cruzarnos con él en algún momento. Yo le conocí en una de las estancias en la naturaleza que el equipo docente del EASD organiza cada año para el alumnado de los bachilleratos Artístico y Escénico.

Durante aquella estancia, Pep nos llevó por los alrededores de la casa de l’Armentera, en el municipio de Cantonigros. Antes de salir a andar, y siguiendo sus instrucciones, preparamos dos varillas con dos trozos de alambre que doblamos en forma de L. Llevábamos una en cada mano, como si fuera una pistola que teníamos que sostener de forma ligera, sin tensión. Andábamos reposadamente. En algunos lugares, las puntas de las dos varillas se acercaban. En otros, se separaban. Era mágico. Nos adentrábamos en los árboles y Pep dirigía nuestra atención. Cuando entramos en una zona sombría nos hizo fijar en la hiedra y otras enredaderas. La vegetación era oscura, el suelo era húmedo. Era el tipo de lugar donde podríamos encontrar gatos y serpientes. Nos dijo que las corrientes que pasan por debajo son las que los humanos hemos identificado como negativas y que, en la cultura popular corresponden a todo el imaginario relacionado con el mal: las brujas, la oscuridad, el peligro. Por el contrario, en las zonas más luminosas es donde encontraríamos perros y otros animales considerados poco peligrosos para los humanos. Por allí pasan las energías que etiquetamos como positivas: todo aquello que nos hace bien. De hecho, siempre se ha dicho que en caso de acampar en el bosque, el lugar más seguro es allá donde se pose un perro ¿verdad?

Pep también nos hizo notar cosas menos evidentes, como por ejemplo las formas en que la vegetación emerge de la tierra. Nos paramos ante una pequeña explanada y nos fijamos que había un tipo de hierbas que habían crecido dibujando un círculo. Nos dijo que esto se debía a las corrientes energéticas que pasaban por debajo. Al andar, las varillas en las manos se movían en sincronía con la forma circular de la vegetación. Alguien le preguntó por los flujos energéticos que pasan por debajo de nuestros pueblos y ciudades. Pep dijo que, con nuestras acciones, podemos modificar la circulación de estas corrientes subterráneas y que, si bien en otros momentos de la historia, la humanidad era más sensible a estos flujos y edificaban en los lugares de las energías positivas, la mayoría de sociedades occidentales hemos olvidado todo esto y hemos construido sin tener en cuenta este factor. Me imaginé el subsuelo de nuestros pueblos y ciudades como grandes nudos de hilo, de aquellos que con pocas habilidades estiramos por todos lados  y cada vez apretamos más fuerte.

La cuestión es que hace cosa de un año, el artista Marc Badia encontró delante de una tienda de material de montaña de Barcelona una caja llena de mapas y objetos antiguos de escalada y montañismo. Entre todo aquello, había el libro Compilació d’itineraris excursionistes, de Octavi Artis. Es la segunda edición de un cuadernillo pequeño, que contiene 25 descripciones escuetas de rutas para hacer en un día por diferentes lugares de Cataluña. Marc me lo regaló y juntos se nos ocurrió que teníamos que andar todas estas narraciones. Compartimos la propuesta con Jordi Lafon y Eva Marichalar, aliados artistas y también andadores, y descubrimos que aquella obra de Artis se había publicado hace unos cien años y que el autor murió en el año 1965.

El 3 de agosto de 2019, ocho personas intentábamos reseguir una de aquellas rutas, que denominaríamos «octavianas», no porque en aquella primera caminata fuéramos ocho, sino en reconocimiento del guía. Escogimos la que nos queda más cerca de casa y que va, como indica el autor, «De Balenyà a Taradell, Santuario de Puiglagulla, Vilalleons, Castell de Saladeures y Vic». Seguíamos las 400 palabras alineadas que, entre la página 57 y la 59, describen los casi 25 km que ocupa este camino sobre el territorio -fijaos que 400 palabras son aproximadamente lo que ocupan los dos primeros párrafos de este texto. En aquella primera octaviana ya se hizo patente que, con sus pocas palabras, Octavi nos guiaba y, a ratos, más bien nos malguiaba, cosa que nos ha llevado a no fiarnos solo de él en las rutas que hemos hecho posteriormente. Las técnicas de orientación que hemos desarrollado no solo pasan por llevar un GPS con un track aproximado de la ruta que debía de haber seguido, sino que en ocasiones también confiamos en el péndulo de Sebastià Masramon y, en otros momentos, en una intuició extraña que se expresa a través de la imaginación. ¿Por dónde debía de haber pasado Octavi? Miramos el paisaje y algo nos dice por donde ir. No puedo asegurar que siempre nos salga bien -en cada octaviana hemos tenido que volver a atrás muchas veces y ya es una característica de nuestras excursiones- pero me reconforta una cosa: la sensación que, esta intuición extraña no está lejos de la sensibilidad primitiva para notar los flujos subterráneos que nos hizo conocer Pep. Seguro que un joven de hace cien años como Octavi estaba todavía más cerca de este sentido que nosotros, ¿no?

A mí me parece bastante lógico, pues, pensar que los caminos que los humanos hemos abierto pasan mayoritariamente por zonas de energías positivas; por allá donde da el sol, lejos de serpientes, y de vegetación demasiado frondosa que se podría comer los trazados constantemente. Lejos, también, de una humedad excesiva que haría que los caminos estuvieran siempre enfangados. Fue en una de las rutas de Octavi que aprendí que un zahorí o una zahorí es la persona que sabe leer estas corrientes subterráneas. Las nota y las sabe identificar. Y hace poco he conocido uno, de Torelló: Joan Burgaya. Acompañado a veces de un péndulo, y otros, de una ballesta de latón, puede detectar los flujos de las aguas subterráneas, pero también otros materiales, como minerales. Al verlo en acción, leyendo un terreno paseando y dejando voltear a toda velocidad el péndulo o recibiendo los golpes intensos de la ballesta, que se levanta hacia su pecho, se hace evidente la relación entre su cuerpo y aquello que corre bajo sus pies y los nuestros. La diferencia entre él y la gran mayoría de nosotros es la capacidad de percibirlo. ¿Dónde la hemos dejado? ¿En qué momento consideramos que no nos sería necesaria?

Escribo este texto desde el confinamiento y la resignación ante el hecho que la octaviana que habíamos programado para estos meses de marzo y abril, no podrán hacerse. Pienso en todas estas cosas y pienso en los caminos que hasta ahora recorríamos con más o menos frecuencia. Pasarán unas cuántas semanas en que posiblemente ningún ser humano andará y me imagino la vegetación, en toda su explosión primaveral, expandiéndose alegre por las veredas que, pisándolas, habíamos ido grabando. Nuestros pasos fueron prensas, nuestro andar era el tórculo. ¿Cómo serán los caminos después de todo esto? Quizás, todo ello será una buena excusa para volver a adentrarnos en ellos con una nueva mirada, practicando el recuerdo de aquella sensibilidad primitiva.

Anna Dot nació un domingo de abril. Es de Torelló y trabaja entre dos mundos que no percibe separados de ninguna manera: el de la producción artística y el de la reflexión sobre los contextos artísticos a través de la escritura.

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