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Magazine

mayo
Laughing out loud

Virginia Lázaro Villa

Hace ya años que la viralidad está en el centro del debate sobre las redes sociales. ¿Quién no quiere generar contenido que se expanda incontrolablemente, como un virus? Recibir el rédito, económico y social, en un abrir y cerrar de la aplicación. Escribo, sin embargo, en un momento en que la viralidad ha adquirido un cariz diferente. Mayo del 2020, aun en medio de la cuarentena derivada de la pandemia del Coronavirus. Nos pilló por sorpresa el colapso. En un instante, se desató la cadena de acontecimientos. Se descascarilló esa pátina de éxito que tenía lo viral, para verse de nuevo cubierto de la sombra de lo apocalíptico que históricamente le acompaña.

Hasta hace poco, los días pasaban lentos y los meses rápido. Estando sola, siempre en el mismo lugar y sentada a la misma mesa, mi percepción del tiempo es diferente y va cambiando. Ahora, al menos a mi, los días se me escapan. Sigo escribiendo, pero ha ido desapareciendo la ansiedad por llegar a determinadas fechas y cumplir determinados objetivos. Mi capacidad de concentración y de producción ha ido cayendo poco a poco, a lo largo de las semanas de encierro. No así mi necesidad de estar conectada, que parece la única manera de mantener un cierto equilibrio.

Mientras el mundo frenaba, se aceleraba aun más el intercambio de datos. Todas las plataformas han hecho por generar contenidos y mantenernos atentos, llamando nuestra atención con recursos con los que llenar nuestras horas. Al mismo tiempo, toda empresa capaz de ello, ha hecho por ampliar su infraestructura digital y remota. El flujo de información es masivo. Todo el mundo está conectado, y respondemos a mensajes y llamadas casi al instante. Únicamente estoy en casa, pero miro la pantalla de mi móvil y de mi ordenador constantemente. Nada nuevo por otro lado, pero ahora la conexión entre mi estado anímico y las interacciones sociales tiene una presencia aun más tangible. Puede que de alguna manera el mundo haya parado, pero su proceso de digitalización, que ya llevaba una velocidad vertiginosa, acaba de dar un acelerón radical.

La comunicación digital impone un flujo frenético de intercambio de información, masivo y constante que solo ha aumentado con la cuarentena. Esto debe ser tomado como objeto de gran preocupación ya que, tras el software de las redes sociales, hay una ingeniería de lo social y de lo emocional. Geert Lovink analiza en su libro Sad by Design como el diseño de las redes sociales genera tristeza. En la esfera social digital solo podemos estar vivos a través de estar presentes. Los likes, los followers, las respuestas a nuestros comentarios o mensajes son la única prueba de nuestra existencia en ese mundo. Para evitar sentirnos ignorados y faltos de valor, la participación se vuelve compulsiva. Nos convertimos en adictos a la dopamina que se genera en cada intercambio social. Entre intercambio e intercambio, aparecen la ansiedad de la espera, el aburrimiento, el sentirnos minusvalorados o faltos de valor… Con todo ello, la tristeza. ¿Qué efecto tendrá en nuestro estado anímico la caída de la actividad social al salir de las cuarentenas? ¿Qué efecto tiene en el tejido social el aumento de dicha actividad?

La Web 2.0 ha traído consigo nuevas formas de relacionarnos y de crear comunidad. Poco a poco, la web se ha ido organizando en torno a redes sociales y, por lo tanto, en base a dinámicas participativas gestionadas por las operaciones invisibles del software. Tal y como están construidas estas redes, los sujetos nos vemos segregados en comunidades que toman forma de congregaciones. Seguimos perfiles, grupos, publicaciones que se alinean con nuestros gustos y creencias. Espacios que compartimos con otras personas de similares opiniones. Al mismo tiempo, bloqueamos las notificaciones de aquellos que no lo hacen o simplemente, cancelamos la amistad. Estamos aislados en grupos de intereses y opinión, que favorecen el fortalecimiento y la radicalización de las creencias compartidas por sus miembros, a través de la proyección de alteridad. En este contexto, lo social da paso a lo viral, y lo memético adquiere un carácter evangélico en donde el humor juega un papel protagonista.

En este contexto nace el Lol. Una formula que condensa en solo tres letras, una manera de reír que mucho tiene que ver con el trolleo. El lol encapsula dentro de sí un cierto escarnio. La cultura de Internet se ha organizado en torno a una forma irónica que se pretende irreverente por sí misma. Las cosas se hacen únicamente por el Lol, haciendo posible justificar con ello casi cualquier tipo de comentario o actitud. Esta ironía parece impedirnos construir un consenso de verdad o de creencia compartida, pero es evidente que esto no es real. Todos pertenecemos a grupos de WhatsApp o de Facebook, seguimos cuentas de Instagram o de Tumblr en sus tiempos, en los que se postean contenidos que nos unen a través de hacer burla de determinadas cosas. Nosotros, sus miembros, nos reímos en alto y respondemos con likes. Es precisamente este consenso el que da unidad al grupo, y por lo tanto, en entorno al que se construye el lol.

Ante la omnipresencia de formas del lenguaje basadas en el humor en las conversaciones digitales, este editorial nacía con ánimo de mirar mas allá del escarnio y la segregación. Preguntarnos si el lol encierra otras potencias capaces de, por ejemplo, crear comunidad. ¿Tiene únicamente una forma negativa, o encierra una fuerza emancipadora? Si la realidad es que no nos reímos en voz alta, y a veces ni siquiera nos reímos ¿qué tipo de empatía se genera? ¿Es posible que aún sea capaz de generar otras formas de comunidad, o de reírnos juntos? Siendo lenguaje popular ¿es quizá, una lucha a través del lenguaje por confrontar la tristeza?

Sabina Urraca reflexiona acerca de como el lol da nombre a una risa que no necesita existir, y que, en efecto, nos separa. En este frenesí de información donde los cuerpos ya no están juntos, la risa no puede ser contagiosa y crear esa unión inesperada y momentánea entre los que ríen. Solo parece capaz de enfatizar las divisiones que ya existían.

Anónimo García se pregunta acerca de la fuerza emancipatoria del lol, en tanto que lenguaje popular. Parte de la ruptura que ha traído internet, respecto de la comunicación vertical impuesta por los medios de comunicación tradicionales. La estética del lol, en manos de los usuarios, compite con el previo “imperio de los símbolos”.

Daniël de Zeeuw se preocupa en su análisis por la fuerza subversiva de la risa en el presente. Junto a Bakhtin, reflexiona sobre las representaciones satíricas que hacen de sí figuras como Trump, y sobre nuestra capacidad para desactivarlas. Si ya está escenificada su propia parodia ¿Qué poder tiene la sátira?

Alicia Adarve reclama la preservación de productos digitales como los memes. Pone en valor la capacidad que esta forma de humor tiene, pese a todo, de ser testimonio de su propio tiempo. Por lo tanto, las posibilidades de análisis que ofrece para la sociedad que lo genera.

Tema del Mes

Vive en Londres, es artista y crítica de arte y lo que más le interesa es la iconoclastia y la destrucción de cosas en general. Co-dirigió desde el 2015 la revista y plataforma de arte contemporáneo Nosotros y trabaja desde hace un tiempo escribiendo para diferentes medios y revistas, además de haciendo algunas otras cosas que le dan dinero de verdad.

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)