Love is in the air? Ruta temática por Poblenou sobre aire, polvo y derecho a respirar, por Olga Subirós

A*DESK y GRAF presentan rutas temáticas, centradas en la reflexión crítica en torno a contenidos del repositorio del magazine A*DESK a partir de su interpretación por parte de una persona especialista (historiador/a, artista, curador/a o crítico/a) relacionándolo con el territorio. Las rutas, que se realizan presencialmente, incluyen tanto espacios pertenecientes a la comunidad GRAF como otro tipo de lugares y espacios, culturales o no, de uso público o privado, que refuerzan el discurso y la propuesta artística, aprovechando la oportunidad de poder conocer ciertos lugares habitualmente cerrados o poco accesibles.
Love is in the air? Ruta por Poblenou sobre aire, polvo y derecho a respirar
es una ruta creada y conducida por la arquitecta y curadora Olga Subirós
Esta ruta recorre el Poblenou para leer el aire no como vacío, sino como materia política: un medio cargado de polvo, tráfico, trabajo, memoria industrial y prácticas artísticas que nos obliga a pensar qué respiramos, quién puede hacerlo y cómo la ciudad distribuye de forma desigual el derecho universal a respirar.
🗓️ Dia 18 de abril a las 11:00 h
📍 Lugar de encuentro: La Escocesa (C/ Pere IV, 345)
Ruta a pie, apta para a todos los públicos.
Esta ruta parte del cruce entre los espacios de GRAF y el repositorio de textos de A*DESK, y se inspira especialmente en los artículos publicados en el marco de El peso del aire, el mes que fui editora invitada.
Desde ahí, se propone leer el Poblenou a través de aquello que normalmente no se ve pero lo atraviesa todo: el aire como una materia densa, histórica y política. En este barrio, el aire ha sido cargado por el humo fabril, por el polvo de las demoliciones, por el tráfico metropolitano, por las obras de transformación urbana y por nuevas economías que prometen innovación mientras redistribuyen de forma desigual el espacio, el suelo y también la posibilidad de respirar. Caminar por Poblenou es, por tanto, caminar por una ecología conflictiva donde se cruzan memoria obrera, patrimonio industrial, turistificación, diseño urbano y prácticas artísticas contemporáneas.
Poblenou fue uno de los grandes paisajes industriales de Barcelona. La concentración de fábricas textiles, harineras, metalúrgicas y químicas hizo que el barrio fuera conocido como el “Manchester catalán”, y esa densidad productiva no solo transformó el suelo: también modeló una atmósfera, unas condiciones de vida y un tejido social hecho de cooperativas, asociaciones obreras y formas de solidaridad vecinal. Más tarde, la desindustrialización, la crisis del textil y las grandes operaciones urbanas, especialmente desde los Juegos Olímpicos de 1992 y luego con la recualificación del suelo llamada 22@ se alteró profundamente ese ecosistema. Esta ruta parte de esa continuidad: del aire de la fábrica al aire del branding urbano.
La Escocesa
La Escocesa como punto de arranque de la ruta es especialmente fértil porque condensa muchas de las capas que la ruta desplegará: memoria industrial, mutación del barrio, persistencia material de la fábrica y reapropiación cultural del espacio. La Escocesa es una antigua fábrica reconvertida, y esa condición basta para volver visible una de las tensiones centrales del Poblenou: qué ocurre cuando un paisaje de producción se convierte en paisaje cultural sin dejar de estar atravesado por la especulación, la pérdida de contexto y la fragilidad de la memoria obrera. La fábrica no desaparece del todo; cambia de régimen, de relato y de usuarios.
El caso del Poblenou muestra bien que muchas transformaciones urbanas fueron poco respetuosas con el patrimonio industrial y que, en numerosos casos, solo quedaron chimeneas aisladas o fragmentos conservados como emblemas visuales. La crítica contemporánea a ese proceso es clara: mantener un elemento vertical puede funcionar como coartada patrimonial mientras desaparecen los conjuntos, los procesos y las historias del trabajo que les daban sentido. Llegar a La Escocesa al inicio de la ruta permite entonces formular la pregunta decisiva: ¿pueden el arte y la cultura reparar esa pérdida de contexto, o solo la estetizan? ¿Pueden producir una nueva sensibilidad hacia el aire, el polvo y la respiración compartida, o quedan integrados en la misma maquinaria que transforma el barrio en marca?
Ejes de tránsito y verde: Pere IV / Cristóbal de Moura / Diagonal / Bilbao / Badajoz
Esta parada no se fija en un edificio, sino en un tramo de ciudad. Y eso es importante, porque el tema de la ruta exige caminar por el aire real del barrio, no solo por sus instituciones culturales. Pere IV, en particular, conserva algo del espesor contradictorio del Poblenou: es una calle diagonal, de más de tres kilómetros, que corta la retícula de Cerdà, fue salida histórica de Barcelona y sigue funcionando como corredor de tráfico. En ella conviven aceras pequeñas, calzadas activas, talleres, restaurantes, empresas tecnológicas y restos de un paisaje fabril reconvertido. Es un buen lugar para comprender que el aire no es abstracto: está hecho de velocidades, fricciones, combustión, logística y usos desiguales del espacio.
Las transformaciones recientes de Poblenou han hecho de estos ejes un terreno de disputa entre vida cotidiana, consumo, turismo, innovación y desplazamiento social. La literatura sobre el barrio insiste en que la mejora del espacio público puede ir acompañada de gentrificación, privatización y nuevas exclusiones. En ese sentido, recorrer estas calles es también leer cómo la ciudad distribuye movilidad, ruido, atracción de inversión y visibilidad, mientras relega a segundo plano las condiciones materiales de la respiración cotidiana.
Hangar
La parada en Hangar introduce un cambio de registro. Si la calle nos enfrenta al aire como infraestructura y conflicto, un centro de producción artística permite preguntar cómo hacer sensible aquello que normalmente no se ve: partículas, toxicidades, atmósferas, vibraciones, residuos o memorias del trabajo. En el documento de la ruta, Hangar aparece precisamente como un lugar desde el que pensar prácticas contemporáneas capaces de volver perceptibles esas materialidades invisibles. Su interés no reside solo en el programa cultural, sino en lo que permite ensayar: otras formas de atención, otras técnicas de escucha, otros modos de hacer público lo que suele permanecer como fondo.
Esta parada también se puede leer en continuidad con la historia material del Poblenou. El barrio ha pasado de ser un territorio de producción industrial a un paisaje postindustrial donde la creatividad y el conocimiento funcionan a menudo como nuevos motores de valorización urbana. Por eso Hangar no debe leerse de forma ingenua. La cuestión no es celebrar sin más la reconversión cultural, sino preguntar qué puede hacer el arte ante esa herencia ambigua: si se limita a acompañar el nuevo relato del barrio o si puede interrumpirlo, espesando la memoria de los cuerpos, los trabajos y los residuos que lo precedieron y lo habitan ahora.
Jiser
Jiser permite bajar la escala y, al mismo tiempo, ensanchar radicalmente la pregunta de la ruta. En un espacio más pequeño, próximo y no hegemónico, el aire deja de leerse solo como cuestión urbana o ambiental para aparecer también como derecho universal y como condición política de lo vivible. Muy vinculado a imaginarios mediterráneos y palestinos, este punto de la ruta propone detenerse a leer colectivamente El derecho universal a respirar de Achille Mbembe. En ese texto, publicado en 2020, Mbembe recuerda que la humanidad ya estaba amenazada de asfixia antes de la pandemia y propone entender la respiración más allá de su dimensión biológica, como aquello que tenemos en común y que no puede ser objeto de apropiación.
Pensar el aire significa entonces desplazar la ruta desde el barrio hacia una ecología política más amplia. Respirar deja de ser una metáfora o una cuestión exclusivamente sanitaria para revelarse como una medida concreta de justicia: quién puede respirar, en qué condiciones, y quién sigue siendo expuesto a formas de asfixia material, militar, ambiental o social. Si en otras paradas el aire aparece cargado de tráfico, polvo, industria y urbanización desigual, aquí aparece además como un derecho fundamental a la existencia, inseparable de la posibilidad de una vida compartida y vivible para todos.
Plaça de les Glòries / entornos del Museu del Disseny
Acabar en Glòries permite situar de inmediato la escala metropolitana del problema. Aquí el aire ya se percibe como resultado de decisiones de política urbanística, de infraestructuras viarias y de imaginarios de ciudad. Glòries concentra grandes flujos de movilidad, operaciones de reforma urbana y una voluntad institucional de convertir un antiguo nudo duro en un paisaje más amable, más verde y más representable. Pero esa imagen reparadora convive con una realidad menos fotogénica a su alrededor: la persistencia del tráfico, la presión de las grandes vías, la continuidad de un modelo urbano que desplaza los conflictos sin resolverlos del todo: las 1300 muertes al año en Barcelona por contaminación del aire (Agència de Salut Pública de Barcelona, 2024)
Además, Glòries forma parte de una secuencia de transformaciones que han redefinido el Poblenou contemporáneo: la urbanización de la parte baja de la Meridiana, la apertura de la Diagonal hacia el mar, la reforma del anillo viario y la reordenación general del entorno. Leídas juntas, estas operaciones muestran cómo la ciudad ha tratado de suturar su pasado industrial mediante grandes gestos de rediseño. La pregunta que abre esta primera parada es incómoda pero necesaria: ¿puede el urbanismo producir un aire más respirable sin cuestionar al mismo tiempo la intensidad circulatoria, la especulación y las desigualdades que lo generan?
Museu del Disseny – DHUB
En el DHUB, el aire se vuelve relato institucional. El museo funciona como un dispositivo desde el que pensar cómo el diseño ha participado tanto en la promesa de futuros mejores como en la normalización de ciertas formas de progreso. El diseño ha contribuido a imaginar confort, higiene, eficiencia, movilidad y bienestar; pero también ha sido parte de los sistemas materiales que han hecho respirable unos mundos a costa de volver otros más tóxicos. Situar una parada aquí implica desplazar la pregunta ambiental al terreno de la cultura material: qué objetos, infraestructuras y estéticas han producido el aire que hoy habitamos.
Desde este punto, además, el museo se conecta con el resto del barrio como vitrina y como síntoma. Muy cerca se hace visible la tensión entre memoria industrial y ciudad postindustrial: edificios conservados, chimeneas aisladas, nuevas oficinas, equipamientos culturales y grandes operaciones de renovación. El diseño no está fuera de ese proceso; forma parte de él. Por eso esta parada sirve para ahondar en el tema: no basta con hacer visible la crisis ecológica; también hay que interrogar los lenguajes que la han vuelto aceptable, gestionable o incluso atractiva.
Como curadora de Matter Matters en el Museu del Disseny-DHub Barcelona, me interesa cerrar esta ruta devolviendo la pregunta al aire que compartimos. Marx y Engels escribieron en su Manifiesto Comunista que “todo lo que es sólido se disuelve en el aire”, pero leída literalmente desde nuestro presente ecológico esa frase adquiere otro espesor: la ciudad no desaparece; persiste en sus emisiones, en sus residuos, en sus infraestructuras, en las partículas que libera durante su producción, uso y desecho. Quizá por eso volver a preguntar Love is in the air? no sea una ironía ligera, sino una forma de medir hasta qué punto somos capaces de imaginar una ciudad más justa, más consciente de sus materiales y realmente más respirable.
Sobre Olga Subirós
Olga Subirós es comisaria, arquitecta y diseñadora de exposiciones. Sus proyectos adoptan un punto de vista integrador sobre la cultura del siglo XXI y las transformaciones de la era digital. www.olgasubiros.com
Olga Subirós fue editora residente en A*DESK, en julio 2023, con el tema El peso del aire.
[Imagen destacada: Filtros PM10 (Particulated Matter 10 micras) La diferencia entre ellos son 24 horas de filtrado del aire de Barcelona. Fotografía: Gunnar Knechtel]











