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Spotlight

04 mayo 2020

Hornear pan hasta que todo pase

Salí de casa por última vez el 13 de marzo. Desde entonces me he ido formando una idea del exterior a través de lo que me van contando otros. En esa imagen el espacio público ha desaparecido. Aún hay personas en las calles, pero ahora con un documento que justifica su presencia ahí. Por lo demás son cualquiera, individuos anónimos sin boca ni huellas dactilares. Todo aquello que da sentido a la vida cotidiana – las relaciones, los afectos, las actividades superiores, los vacíos técnicos – queda reservado a la casa. Monumentos, avenidas y plazas están ahora desiertas. No hay lugar para la contemplación. Recorrer las calles se ha vuelto un automatismo envuelto, por otro lado, de un halo de desconfianza. 

¿Es posible que ciudades enteras hayan transmutado en no-lugares? Ciudades como pasillos de aeropuertos, como estaciones de metro, reducidas al espacio entre las casas. Los elementos urbanos pierden valor en favor de los cuerpos en movimiento. Nos alejamos, acercamos o desviamos de los márgenes del camino para sortear a otras personas. La separación entre individuos prevalece sobre semáforos y pasos de cebra como única regla de circulación. Toda comunicación o relación interpersonal queda excluida. 

La cotidianidad se ha fracturado y de la brecha han emergido viejos fantasmas. El miedo a un enemigo invisible o la incertidumbre frente a un futuro desdibujado nos atraviesa a todos en mayor o menor grado. La historia que construimos sobre el día a día, que nos permite encontrar nuestra posición en el contexto social, se ha llenado de huecos. Así, desde los primeros días de encierro se impone la necesidad de componer un nueva narración que nos devuelva esa ilusión de estabilidad. Pero no basta con reordenar nuestro mundo. Para poder asirlo tiene que ser contado siendo así reconocido por el otro. No en vano nuestras redes sociales, ahora último reducto de intercambio, se han llenado de representaciones domésticas, de plannings diarios y fotografías de panes recién horneados.

Esto me recuerda a la idea de “ritornelo” de Deleuze y Guattari como acto de procurarse a uno mismo un territorio interior seguro en un entorno extraño. En la obra Mil mesetas (1980) los autores ejemplifican este concepto con la cancioncilla que se canta un niño cuando transita por un lugar que le resulta hostil y amenazante. De alguna forma compartir nuestra rutina, como esa cancioncilla, cumple la función de otorgarnos una simulación familiar que nos reconforte frente a las fuerzas del caos. Y es que estamos viviendo una situación de la que no tenemos referentes, que agujerea nuestro relato y lo deja incompleto. Sólo nos queda atravesar este momento oscuro e incierto cantando, resguardados tras las fotografías de nuestro pan recién horneado.

(Imagen destacada: Foto Estela Sanchis) 

Estela Sanchis se mueve entre la curiosidad y el sentido común, entre tomar las riendas o ceder el control, rendirse al riesgo o volver a casa para cenar. Es artista, gestora cultural y librera.

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