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08 septiembre 2020
Las cosas tienen patas: crónica de una exposición que no fue

Gabriel Ventura

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Lunes, 11 de mayo de 2020

8:15

Hace tres días que llueve sin cesar. Esta mañana, al despertar, he mirado por la ventana, aún desde la cama, y me ha parecido que el temporal había amainado. Cosa que me ha alegrado un poco. Pero cuando he ido a la cocina a por un café he visto que en realidad no había dejado de llover: sencillamente, la lluvia torrencial de los últimos días se había convertido en una llovizna espesa y silenciosa. Una cortina densa y gris de vapor barniza la montaña del Pení. En teoría Xavi tiene que pasar a recogerme a las ocho y media. La semana pasada aún había controles en la entrada de Cadaqués. ¿Qué hará, si lo paran? ¿Qué excusa les dará? Xavi me dijo que no me preocupara, que tenía una coartada perfecta, pero no acabó de precisar cual. «Mañana te voy a buscar a Cadaqués y vamos a ver la exposición», me dijo por teléfono, convencido. Me llamó desde una cabina, «por si acaso». «Una de las cuatro o cinco que quedan en Sabadell. He tenido que andar casi una hora». También me comentó que la exposición era sobre postales. «Pero no solo sobre postales», matizó sin dar más detalles. En el fondo, pensé, tiene todo el sentido del mundo. Enviar postales es tan anacrónico como llamar desde una cabina telefónica. Quizás la única manera de escapar de la estupidez de nuestro tiempo es el anacronismo, me dije a mí mismo, antes de irme a dormir. Quizás ser anacrónico es la manera más eficaz de rebelarse. Una forma de rebelión tan silenciosa y compacta como la lluvia que hoy envuelve el Pení. Obstinada, fértil, disidente, casi invisible.

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Un anacronismo es una especie de locura transitoria, una grieta, una interrupción del relato temporal dominante. El anacrónico habita un tiempo fuera de su tiempo, hecho que suele ser motivo de escarnio o de parodia. Tomar la autopista, por ejemplo. Ahora es un anacronismo en toda regla. Creo que deberíamos ir por carreteras secundarias y evitar los peajes.

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Hemos llegado a las curvas sin problemas. Ni controles ni policía. Sensación muy extraña mientras cruzábamos Cadaqués. Ni un alma, todo cerrado. Los supermercados aún no habían abierto. Calles desérticas. Hoy hacía una semana que no bajaba al pueblo. Xavi se ha presentado de buena mañana con su Touran gris perla. No ha querido salir del coche. La verdad es que me ha costado reconocerlo, con la mascarilla puesta. Le he dicho si quería subir a tomar un café, pero nada. «Solo tenemos una hora para ver la exposición, entre las doce y la una del mediodía. Vamos con el tiempo justo». Y tenía razón, porque ya casi eran las nueve. Me he acomodado en el asiento de atrás, al lado de una carpeta amarilla llena de papeles. «¿Qué es?», he preguntado. «La exposición. Échale una ojeada, si quieres», ha respondido sin sacarse la mascarilla. La carpeta llevaba una pegatina:  «SIN NOVEDAD (título provisional)». Cuando estábamos a punto de terminar la primera tanda de curvas, antes de llegar a la Perafita, le he preguntado si podía parar un momento. Una nube negra serpenteaba en el horizonte. Me ha parecido que era una imagen irrepetible y he querido hacer una foto del pueblo. Una postal de la desolación. Para los turistas del futuro.

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Parece ser que Manel, el propietario de la galería Sis de Sabadell, saca a pasear el perro cada día entre las doce y la una. «Religiosamente», ha subrayado Xavi. Es la mejor hora para visitar la galería. Es más: es la única hora posible. «Fuera de esta franja horaria sería sospechoso», ha explicado mientras dejábamos atrás una de las lúgubres rotondas de Empuriabrava.

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De golpe y porrazo ha girado en dirección a Castelló d’Empúries. «Creo que te estás equivocando de camino», he dicho un poco preocupado. No acostumbro a ser un copiloto insistente. El hecho de no tener carné me convierte en un neófito en cuestiones viarias. Cuando viajo en coche mi máxima es pasar desapercibido, intentar dar el mínimo de indicaciones y, si es posible, desentenderme de cualquier responsabilidad. En resumen: desaparecer. Como copiloto soy un cero a la izquierda. Eso sí, como cero soy muy eficiente. Un cero que siempre se esfuerza en ser algo menos, en ser menos que cero. No es una virtud que se pueda achacar a todos los ceros. Siempre hay ceros que quieren destacar, que quieren ser más cero que los otros. Una idea absurda y, sobre todo, contraproducente, porque cuanto más cero se quiere ser, más intrínsecamente cerca del cero se acaba estando, más esencialmente cero se es, sea cual sea la esencia del cero. Ser un cero, en realidad, significa contenerlo todo en potencia, cosa que nos lleva a la siguiente afirmación: no hay conductor más afortunado que aquel que es acompañado por un copiloto que se considera un cero a la izquierda. ¿Lo entendéis? Un copiloto-cero-a-la-izquierda se puede transformar en cualquier momento en un copiloto-espléndido, e incluso en un copiloto-casi-genial o, si me apuras, en el mejor-copiloto-de-la-historia. Por otro lado, y dicho sea de paso, ya he empezado a revolver en la carpeta amarilla de Xavi, y cada vez tengo menos ganas de llegar a Sabadell. Quiero decir que cada vez me interesa más el contenido de la carpeta y menos la exposición que vamos a ver. Seguramente se trata de un sentimiento fruto de los casi dos meses de confinamiento que llevamos. Me he acostumbrado a preferir la copia al original, la sombra a la luz, la distancia al contacto. En resumen: el boceto a la obra.

«Perdona, pero me gustaría dar una vuelta por Castelló d’Empúries. Es el pueblo de mi familia». Me ha parecido nostálgico. Un temperamento que nunca le había detectado.

«Por mí, perfecto. No tengo ninguna prisa. Yo lo decía, más que nada porque antes has comentado que solo podemos ver la exposición entre las doce y la una, y ya son casi las diez… Pero, vaya, como te apetezca. Las callejuelas de Castelló me encantan, especialmente en plena canícula. Tan desiertas, son el escenario idílico para una novela de misterio. Como ahora. Seguro que a Patricia Highsmith le hubieran encantado. Es el típico sitio en el que viviría Tom Ripley, ¿no crees?»

«¡Ostras, tienes razón!», ha gritado de pronto, y cuando ya estábamos entrando en el pueblo ha dado un volantazo, ha cogido el carril contrario y ha vuelto a la carretera de donde veníamos. En principio, en la ficción, esto de ser imprevisible está muy bien, pero cuando te lo encuentras de cara no es lo mismo. En la vida no hay nada más fastidioso y desagradable que un cambio imprevisible, que un giro narrativo inesperado. El COVID-19 es un ejemplo trágicamente actual. Si a principios de 2020 me hubiesen dicho «en pocas semanas conducir por la autopista será anacrónico», no solo no me lo hubiera creído sino que encima me hubiera puesto a reír y hubiera acusado de majadero para arriba al creador de la frase. «¡Apocalíptico, loco!», le hubiera gritado. Así es la vida, amigos: imprevisible. Xavi, en el fondo, es un artista realista. Mucho más realista que los realistas. Un grafómano de la realidad. Un artista adicto a copiar los giros narrativos de la realidad. A veces tengo la impresión que persigue la realidad de una forma tan insistente que hace que aparezca sin querer, que se la acaba encontrando de morros. Fijaos que no he utilizado el verbo «inventar» sino «encontrar», como los poetas, como los trovadores provenzales, que se dedicaban a urdir la realidad trenzando versos y canciones.[1]

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Un amigo en común tiene la teoría según la cual Xavi es uno de aquellos artistas que no sabe producir cosas nuevas, que solo sabe ocuparse de las cosas que ya existen. Uno de aquellos artistas, dice, a los que les interesa el arte. Esto me ha hecho pensar en una observación de Timothy Morton: «el arte es pensamiento procedente del futuro». Es curioso, porque tanto si viene del pasado como si viene del futuro, el arte parece una categoría preexistente, un objeto distribuído entre órdenes temporales.

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He convencido a Xavi para que conduzca por carreteras secundarias, así evitamos los peajes y los controles policiales. Qué cara le está quedando al arte contemporáneo. Cada vez es una cosa más secreta, más prohibida. ¡Esquivar la policía para ver una exposición! No es ninguna ficción: es la triste realidad. Tan real como estas vacas que pastan en los alrededores de Ultramort.

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En las novelas de misterio y en los sueños las cosas siempre pasan así: de repente. Pero esto no es ni una novela ni un sueño. Esto es una crónica y está pasando de verdad. Esperemos que no haya imprevistos. En la radio suena Bob Dylan. Nunca había visto el Montseny tan verde, tan lleno de flores y de pájaros. Incluso se atreven a volar cerca de la carretera. Hemos adelantado a un par de camiones y de furgonetas, pero poca cosa más. Ni rastro de la policía. Lay lady lay, lay across my big brass bed… Son las 10:49. Si todo va bien, llegaremos a Sabadell en una horita.

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10:55

La realidad siempre supera la ficción.

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Mientras hurgaba en la carpeta amarilla se me ha ocurrido una frase: «de giro narrativo en giro narrativo hasta el desastre final».

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«A mí, lo que realmente me interesa son los giros ontológicos», ha soltado Xavi, de repente, como si me hubiera leído el pensamiento. Y después, elusivo y fantasmal, ha añadido: «las cosas tienen patas».

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Básicamente, la carpeta amarilla contiene dos tipos de documentos: postales y papeles. Unos papelillos finos y delicados de tonos ocres, grises y violetas. Los he ido hojeando con mucho cuidado, por miedo a que no se rompieran. La mayoría estaban repletos de dibujos muy rudimentarios de florecillas, hojas y cuerpos humanos. O, más concretamente, de fragmentos del cuerpo humano: una cabeza, un cuello, una rodilla. Aunque son unos dibujos simples, o debido precisamente a su simplicidad, me han parecido de una gran belleza. Aquella forma de la belleza que no quiere ser importunada, que se siente más cómoda en el fondo de un cajón que en una vitrina, que no tiene ninguna pretensión de ser expuesta. Una belleza que preferiría pasar desapercibida. Entonces he recordado una frase de Witold Gombrowicz que dice algo cosa así como (cito de memoria): «la belleza siempre es el resultado accidental de otra intención». Es decir, que la belleza, en el fondo, es un malentendido, un estorbo que el artista, o quien sea, se encuentra por el camino. ¿El camino hacia dónde? Entonces he imaginado a un artista que solo se moviera por el placer de moverse, por el puro placer del movimiento. Quizás el hecho mismo de querer encontrar la belleza anula toda posibilidad de encontrarla. Es una idea un poco supersticiosa, sí. A veces hay cosas inexplicables. La verdad es que lo mejor es intentar no pensar nunca en la belleza. No buscarla, ni tan solo desearla. Así, el día en que aparece, si aparece (y parece que hoy ha querido aparecer) deviene una cosa luminosa y realmente necesaria. Pensaba en todo esto y me han venido muchas ganas de compartir mis reflexiones con Xavi. «Son muy bonitos, estos dibujos», le he dicho, para darle un poco de palique. «No los he hecho yo», ha soltado como respuesta.

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He decidido centrarme en los documentos de la carpeta. De ahora en adelante callaré. Me convertiré en un cero ejemplar, un cero arquetípico, un cero digno de estudio. Ante las constantes evasivas de mi acompañante lo mejor es sortearlo, fingir que no está, como si se tratara de un taxista. Eso mismo: de ahora en adelante Xavi será mi taxista.

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Las postales son harina de otro costal. Están ordenadas siguiendo una clasificación que no acabo de comprender, pero que, sin duda, responde a algún tipo de jerarquía. De hecho, la carpeta parece más gruesa debido a las dimensiones de las postales. En realidad no hay tanto material, o no tanto como creía. Las postales están divididas en pequeños fajos y ligadas con gomas elásticas. Mientras desanudaba uno de los fajos he estado a punto de dispararle la goma al cogote, pero me he contenido, no fuera a ser que se asuste y tengamos un accidente. ¡Qué concentración! ¡Qué determinación! Parece una escultura, tan quieto. El taxista-estatua. Me he dedicado a estudiar con atención el primer fajo. Todas las postales contienen imágenes de la Costa Brava, algunas en color, otras en blanco y negro. Incluso había una que iba acompañada de una ilustración —tirando a cutre, dicho sea de paso— al estilo de Mortadelo y Filemón. Una cosa feísima, absolutamente anacrónica. Mientras curioseaba me han empezado a asaltar una serie de ideas y palabras que hacía años que no recordaba. Es más: que ni tan solo recordaba que existiesen.  Palabras como transición, destape, Pajares y Esteso, Alfredo Landa, picnic, SEAT 600, el nodo, nuestras primeras vacaciones… La gente vivía en una dictadura pero quería ser feliz. Estas postales transmiten una joie de vivre tan a la española, tan de calamares y paella, que casi me han venido ganas de llorar. Los inicios de la clase media española y catalana: una gran familia unida bao el sol de la Costa Brava. Una felicidad marciana. He mirado por la ventana y afuera aún chispeaba. Conducíamos por las calles de una ciudad. «Ya estamos en Granollers», ha dicho Ristol, sin girarse, sin mover prácticamente el cuerpo. Uno de aquellos pocos ejemplares de taxista discreto que no hace preguntas pesadas ni quiere saber nada de los otros. El taxista perfecto.

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Son las 11:35. He encontrado una nota manuscrita entre uno de los fajos de postales. «Lo que perdura lo fundan los poetas». Ya nadie se acuerda de que Hölderlin fue olvidado durante casi cien años, de que sus elegías se leían como la declaración de amor al universo de un poeta enfermo. Hölderlin cruzó los Alpes a pie. Pasó los últimos trenta y seis años de su vida encerrado en una habitación en un estado de «locura pacífica», después de haber declarado la unión inseparable del ser con la Naturaleza. Para Hölderlin totas las cosas llevaban inscritas el rastro de Dios. No hay nada, en definitiva, que no contenga en potencia la posibilidad de un milagro. Por otra parte, es más fácil creer en milagros que no hacerlo. Es un hecho estadístico, dicen. Vivimos rodeados de prodigios. «Las cosas tienen patas».

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Supongo que la nota es de Xavi. La verdad es que no conozco bien su letra. Hay que tener mucha confianza con alguien como para identificar su trazo. Siempre me ha fascinado la gente que se dedica a estudiar la escritura de los otros. En parte, grafólogos y escritores se pueden considerar primos, incluso primos hermanos. Ambos destinan la mayor parte de su tiempo a analizar, catalogar y remover palabras. En ambos casos se requiere un gran nivel de precisión. La precisión es tan alta, a veces, que roza la psicopatía. Esta obsesión por las postales, de hecho, me hace pensar un poco en la manera de trabajar de grafólogos, escritores y filólogos.

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Uno de los manojos de postales —el único, en realidad— viene con un post-it de color azul clarito y la palabra «errores». He necesitado un buen rato para llegar a entender qué tipo de erratas contenía el fajo en cuestión. No lo he descubierto hasta que he girado las postales y he leído los pies de foto y las leyendas. En la costa catalana existen dos Calellas: Calella de Mar, en el Maresme, y Calella de Palafrugell, en el Baix Empordà. Parece ser que en la época franquista Calella de Mar era más conocida como Calella de la Costa. Al menos este es el apodo con el que la querían vender a los turistas. La existencia de dos Calellas supuso un rompecabezas para los productores de postales, que muchas veces confundían ambas poblaciones y mezclaban imágenes de una y otra. A pesar de la hora escasa que las separa, Calella de Palafrugell y Calella de Mar (o de la Costa) no pueden ser más diferentes. La estampa de la primera se ajusta a la típica imagen del pueblecito de la Costa Brava: el campanario, las casitas blancas, una playa de rocas con las barcas y las boyas de colorines al fondo. Calella de Mar, en cambio, se parece más a Benidorm, con la playa de arena fina y la hilera de bloques de pisos a primera línea de mar. En realidad, las dos Calellas representan modelos opuestos del turismo de costa.

Pero el desbarajuste no funciona solo en esta dirección. Las postales, además de los rastros de Dios —esta hubiera sido, quizás, la opinión de Hölderlin— esconden otros errores que podríamos calificar con el dudoso apelativo de “filológicos”. En algunos casos he detectado la típica confusión entre municipios y playas. Por ejemplo, ves una fotografía de l’Estartit y, de repente, cuando giras la postal lees: «Hermosa panorámica de la bahía de Calella de Palafrugell».

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Los errores solo se hacen visibles mediante un suave movimiento de rotación. Es curioso que un gesto tan banal, el simple hecho de pasar del anverso al reverso, dé lugar a tantos malentendidos. Es como dar un volantazo, o como un truco de magia: una de las caras de la carta siempre desmiente a la otra.

El triunfo de dai vernon

 

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También he encontrado este papel. Supongo que es el borrador de la hoja de sala de la exposición. Parece que ha habido algunos cambios de última hora.

Hoja de sala

 

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Acabamos de pasar Mollet del Vallès. Ya casi hemos llegado. Ni idea, aún, de qué nos encontraremos en la exposición. Xavi habla poco, pero cada vez que lo hace añade más confusión al asunto. Ahora mismo acaba de decir (cito textualmente): «Al final decidimos inaugurar el 15 de abril, durante el brote. Era arriesgado, pero no teníamos más opción. Llevamos trabajando mucho tiempo en esto, no podíamos echarnos para atrás. La exposición termina el 12 de junio. Por cierto, no te lo he comentado, pero en estos momentos también hay otra exposición en la galería, de Samuel Labadie, comisariada por David Armengol. Tenían que inaugurar el 16 de marzo pero fue imposible. La pandemia los cogió de lleno». «¿Pero no íbamos a ver tu exposición?», he gritado, totalmente indignado. Esta vez he tenido que levantar la voz. No podía más. La situación empieza a ser insostenible. En el coche se respira un ambiente tenso, al menos en los asientos de detrás. En la zona de Xavi todo parece en orden. Un orden de filólogo: pulcro, estático, celestial. No para de llover. Vislumbro, a través del vidrio, una masa gris y fulgurante, indescriptible. Debe ser la cara del desastre.

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«Creo que me estoy ahogando, Xavi». Silencio. «Me gustaría salir a tomar un poco el aire, de verdad». Silencio aún más largo. «Xavi, por favor, ¿puedes parar?», desesperado. «Soy asmático». «Yo también. Llevo un purificador de aire en el maletero. Si quieres lo podemos encender».

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¡Esto es mucho mejor que el Ventolín! Se han renovado el aire y las ideas. También es cierto que estos minutos que hemos pasado fuera del coche han sido un baño de realidad. Literal: hemos quedado empapados. Tenemos que ir con cuidado con las palabras que invocamos. La realidad es un cazador solitario, siempre está al acecho, preparada para aparecer allí donde menos la esperas y para crear las asociaciones más locas.

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Se podría realizar un retrato de las personas a partir del contenido de su maletero. ¿No os lo habéis planteado nunca? Sí, ya sé que esto es un diario, o una crónica, o bien… una serie de apuntes que no aspiran a nada más que a dejar constancia de este peculiar viaje con Xavi, pero siempre va bien imaginar que hay alguien al otro lado del espejo (o del papel, o de la ventana, o del purificador: ya me entendéis). Disculpad el uso continuado y sobadísimo de la palabra «siempre». Es un tic que no puedo evitar. Una demostración de mi vanidad como escritorzuelo, siempre con la mirada puesta más allá del presente, en los abismos de la eternidad. Sobre el abismo también tengo una teoría, pero no creo que ahora sea el momento de contarla. El abismo siempre puede esperar. Dejémoslo para los amantes de las profundidades. Yo prefiero las superficies. El maletero como metáfora, decíamos. Nada nuevo sobre la tierra. Ya se lo inventó Tarantino, esto. Y, mucho antes que él, Alfred Hitchcok. E incluso nuestra querida Patricia Highsmith lo insinuó en sus novelas. De todas formas, el maletero de Xavi delata su pasión por los objetos. Una pasión ordenadísima, por supuesto. Otro reflejo de su pulsión filológica, probablemente. He hecho una lista con todos los objetos que hay en el maletero.

2 sillas Odger de IKEA (desmontadas en ocho piezas)

3 cajas llenas de postales

1 pack de cervezas Carlsberg

1 purificador de aire

4 libros: la poesía completa de Raymond Carver, editada por Anagrama. El libro de arena, de Jorge Luis Borges. Obra Completa, de Sebastià Juan Arbó. El grado cero de la escritura, de Roland Barthes.

5 packs de papel de water

3 botellines de gel antiséptico para las manos

1 pack de guantes de látex

2 mascarillas FFP2

1 caja de naranjas ecológicas de l’Armentera

10 hojas de sala de la exposición de Samuel Labadie en la Galería Sis de Sabadell, con un texto de David Armengol

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El maletero de Xavi es un gabinete de curiosidades del siglo XXI. Una colección de objetos que permitiría trazar una historia secreta y mínima de nuestro tiempo.

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El coleccionismo revela un interés por la diversidad del mundo y, a la vez, un miedo a perder el interés en el mundo, un miedo terrible al aburrimiento.

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Creo que nos ha tocado vivir una de las épocas más anacrónicas de la historia. ¿Qué quiero decir con esto? No lo sé muy bien. Solo sé que tiene sentido. Un sentido paradójico, distante, incongruente, como la colección de objetos de Xavi.

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Una época circular, condenada a empezar una y otra vez, eternamente. Una época cero, desbordante de posibilidades.

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Los purificadores se utilizan en espacios cerrados para mejorar la calidad del oxígeno. En los aviones, por ejemplo, sirven para depurar el aire que respiran los pasajeros. El aire se va renovando en un ciclo circular. En un avión te puedes pasar horas respirando exactamente el mismo aire, una y otra vez.

29

Un ciclo circular: un cero.

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Es curioso que tanto Xavi como yo seamos asmáticos. Es como si el cero nos persiguiese, como si la realidad lo quisiera convertir todo en un gran cero absurdo.

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Los expertos recomiendan el uso de purificadores de aire a los asmáticos que pasan muchas horas en espacios cerrados. Otro de los colectivos a los que se les recomienda el uso de purificadores son los fumadores. Xavi y yo llevamos casi dos horas encerrados en el coche, sin contar el baño de realidad. Acabamos de entrar en Sabadell. Son las 12:07. Eureka! Justo a tiempo.

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El texto de David Armengol sobre la exposición de Samuel Labadie empieza con una cita de Marcello Mastroianni, fumador impenitente: «He fumado unos cincuenta cigarrillos al día durante cincuenta años. Esto hace un total de un millón de cigarrillos. Una cantidad de humo suficiente como para oscurecer el cielo de Roma». Resulta que la exposición de Samuel Labadie, titulada Smoke the world, recoge una serie de dibujos abstractos realizados con ceniza, pequeños objetos creados a partir de colillas y otras piezas producidas en el taller del artista entre humo de tabaco. Sin duda, Marcello Mastroianni y Samuel Labadie, como Xavi y yo, podrían ser los usuarios ideales de un purificador de aire. Quizás esta peripecia no es más que una estrategia de Xavi para unir pasiones adversas y contraproducentes: asmáticos y fumadores.

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Diría que me está ocurriendo como a aquellos inventores de postales de la Costa Brava, que confundían las imágenes de un pueblo con el otro, pero yo, en vez de confundir pueblos, confundo exposiciones.

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La silla Odger se elabora a partir de una mezcla de plástico reciclado, concretamente polipropileno, y de astillas de madera en una proporción  70-30%, respectivamente. A través de un proceso de moldeado por inyección se obtiene una silla dividida en cuatro piezas. A diferencia de la mayoría de productos de IKEA, la silla Odger no necesita tornillos ni herramientas para ensamblarse. El asiento y las patas se unen con dos llaves del mismo material que la silla, una condición que, en cierto sentido ofrece la posibilidad, a la larga, de no utilizar ningún tipo de tornillos en la producción de muebles. La silla Odger se inscribe de lleno en la lógica de la economía circular.

 

 

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Esto me recuerda una anécdota que Xavi me contó la última vez que nos vimos, en una comida tras de la inauguración del nuevo Centre d’Art Contemporani en la Fabra i Coats. Fue justo un mes antes del estallido de la pandemia. Se ve que tiene una amiga que trabaja en una especie de centro de investigación tecnológico. Parece que la amiga y su equipo habían conseguido fabricar un modelo de silla con plásticos recogidos del fondo del mar y otros lugares. Debido al desgaste y a las múltiples vidas de los materiales, estos plásticos eran muy difíciles de procesar, pero a pesar de ello lo lograron. Se dieron cuenta rápidamente de que se encontraban ante una paradoja científica: habían generado un cuerpo de plástico con diversos grados de reciclaje que hacían del objeto un tótem ecológico, pero este ya no podía volver a adquirir una nueva forma sin romper el círculo de reaprovechamiento. Habían alcanzado al último techo ecológico. «La única manera de no romper el círculo», concluyó Xavi aquel mediodía lejano, casi ancestral, de febrero, «es convertir la silla en combustible energético».

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La galería Sis está cerrada. Manel no aparece y Xavi no tiene la llave del local. Esperamos en el coche, en silencio. Llueve afuera. Llueve dentro. El universo entero es un diluvio.

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Xavi ha sacado el Ventolín del bolsillo, ha inhalado un par de veces, ha abierto el maletero y se ha puesto a montar las dos sillas bajo la lluvia. Luego ha sacado el pack de cervezas y ha golpeado suavemente la ventana: «¿Te apetece?».

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  • ¿Y ahora qué hacemos?
  • Cerrar el círculo.
  • No te entiendo.
  • Tenemos que volver al punto de salida. Tenemos que volver a Cadaqués.
  • ¿Y tu exposición?

Silencio. Nos separa un muro vibrante de lluvia.

  • ¿Sabías que Carlsberg ha lanzado un nuevo packaging con adhesivos? Así evitan el consumo de plásticos y de cartón.

Es cierto. Las latas de cerveza vienen pegadas las unas a las otras, sin anillas.

  • Tengo hambre.
  • Hay naranjas en el maletero.
  • Y frío.
  • Sí, empieza a hacer frío…
  • ¿Volvemos?

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Las exposiciones no desaparecen, se transforman.

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16:33

Hemos llegado a Cadaqués, sin novedad.

 

 

 

[1]   Juego de palabras intraducible. “Trobar”, en catalán, significa a la vez “encontrar” y “escribir versos”. De ahí viene la palabra “trobador”. El trobador es el que “troba” versos, el que los encuentra y los escribe.

 

 

Gabriel Ventura (1988) es poeta. En vidas anteriores fue un personaje de un cuento de Kafka, un gato pelirrojo holandés y un espejo en un saloon de Wyoming. La poesía lo lleva a traducir, dar clases, trabajar con artistas y cineastas, con editoriales, librerías, galerías y museos, a investigar y actuar. En su último libro, W, la crítica ha visto un "laberinto fascinante", un "relato indomable" y "una propuesta multifórmica y explosiva". Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema...

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