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Spotlight

23 julio 2026
El hambre imposible, foto de la representación en l’Altre Festival Internacional de Artes Escénicas y Salud Mental de Barcelona.

La cicatriz como archivo. Anatomía del estigma 

«Quisiera tener derecho a que las cicatrices no sean una advertencia.»

Esta frase resuena en El hambre imposible, de la compañía Teatro de los Invisibles, como una reivindicación y forma de resistencia. Las cicatrices marcan inevitablemente nuestras vidas y, en ocasiones, se convierten en tatuajes involuntarios. Algunas el tiempo las atenúa, pero otras permanecen adheridas a la identidad de quien las porta.

Del latín stigma, “marca hecha en la piel con un hierro candente” o “nota infamante”, y este del griego στίγμα (stígma), el término remite a la idea de una marca corporal y simbólica que señala. En El hambre imposible, las distintas acepciones de la palabra estigma recorren como hilo conductor la pieza, presentada recientemente en L’Altre Festival Internacional de Artes Escénicas y Salud Mental de Barcelona.

En el escenario confluyen relatos biográficos atravesados por el cáncer, el VIH, los intentos de suicidio y las enfermedades raras, que convierten la experiencia personal en material escénico colectivo. La combinación de autoficción y performance desplaza la pieza hacia un dispositivo inestable, donde el espacio sonoro en directo no solo acompaña la escena, sino que la empuja e incluso la interrumpe.

Hay momentos en los que la obra adquiere la apariencia de una galería de arte viviente. Escenas inspiradas en La muerte de Marat, Dánae, El martirio de san Sebastián, La Coronación de la Virgen o Santa Águeda reactivan una iconografía atravesada por el dolor, la vulnerabilidad y la exposición del cuerpo.

Pero la imagen más representativa de la obra es probablemente La Extracción de la Piedra de la Locura, de El Bosco. Esa idea se reinterpreta: la supuesta necesidad de extraer aquello que se considera “anómalo” de una persona para corregirla y devolverla a una “normalidad” aceptable.

“Es el hambre imposible de querer ser normal. Desde que nacemos queremos encajar, pero esa hambre es imposible de saciar porque nunca se llega a la normalidad”, afirma Zaida Alonso, directora, dramaturga e intérprete de la pieza, que visibiliza su experiencia con el cáncer.

Alonso considera que el cáncer está normalizado ya que además lo sufren cada vez más personas, pero se impone la manera de vivir ese cáncer. “Todo el mundo tiene tips, su receta mágica, y expresiones como ‘lucha, sé fuerte’. Lo que tienes que hacer es vivir, sobrevivir, que ya es bastante”, expone Alonso.

La obra no se queda en lo simbólico del estigma y lo traslada al terreno de los derechos: “La sociedad te obliga a ser rentable, a ser productiva, a consumir… Cuando alguien se sale de esa rueda se le cuestiona”. En el caso de quienes han tenido cáncer, esto se concreta en barreras reales como dificultades para acceder a una hipoteca, al sistema financiero o al mercado laboral. Todo ello en un marco legal que fija cinco años para el llamado derecho al olvido oncológico.

Pero el estigma no solo regula derechos o posibilidades materiales, también regula los relatos. Qué puede contarse, cómo se cuenta, desde dónde y con qué legitimidad. En El hambre imposible, las experiencias personales dejan de pertenecer únicamente a quienes las vivieron para convertirse en una reflexión colectiva.

La obra supone una negociación sobre los límites de la exposición. No solo qué se cuenta, sino hasta dónde se decide que lo que se cuenta sea legible. La línea no es temática sino ética: hasta dónde se ha querido exponer cada persona. En sus primeras muestras, en 2024, el material aparecía deliberadamente más críptico. Fernando, por ejemplo, no explicitaba su diagnóstico de VIH. Esa omisión no era un vacío, sino una decisión de ambigüedad. Había espectadores que salían de la pieza sin haber identificado aquello que, sin embargo, estructuraba parte del relato.

“El estigma se combate visibilizando. Ponemos sobre el escenario realidades que normalmente son tan incómodas que nadie habla de ellas. Es muy difícil ‘salir del armario’ con ciertas cosas. Tener la valentía de decir ‘me pasa esto’ y pedir no ser juzgado”, afirma Alonso.

Frente a una cultura del consumo rápido y efímero, Alonso reivindica el arte como una herramienta de transformación social y apela a construir una sociedad más inclusiva, donde la diferencia no implique un sufrimiento añadido. A su parecer, cuando la obra se percibe como ficción, su recepción se vuelve más cómoda, como si la distancia estética permitiera sostener aquello que, de otro modo, resultaría difícil de mirar. “No es una obra comercial ni fácil, pero es lo que nos ha nacido contar”, señala Alonso.

El hambre imposible nos deja una pregunta que no siempre encuentra respuesta: qué sucede cuando la cicatriz deja de ser huella del dolor y se convierte en la forma en la que el mundo decide mirarnos.

(Todas las imágenes: escenas de El hambre imposible de  Teatro de los Invisibles presentada recientemente en L’Altre Festival Internacional de Artes Escénicas y Salud Mental de Barcelona. Fotos © Jessica Burgos).

Foto Laura Andrés

Laura Andrés Tallardà (Barcelona, 1993) es periodista y filóloga inglesa. Ha publicado en medios como La Vanguardia, Jot Down Kids, El Quinze de Público o Televisió de Catalunya. De niña, empezó a escribir cuentos con la máquina Olivetti de su padre y sigue recorriendo el mundo con una libreta. Le interesan la literatura, la educación, la salud mental y los derechos humanos.

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