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09 November 2009
Como institucionalizar el arte no institucional

Núria Gregori

El Otoño en el Reina Sofía tiene nombre propio, Isidro Valcárcel Medina. Será porque este artista ha titulado “Otoño 2009”, una “circunstancia”, tal como él llama a sus propuestas, que se desarrolla entre octubre y diciembre.


“Otoño 2009” comprende una serie de actividades organizadas por el museo, y entre las que podemos encontrar una retrospectiva sobre el propio artista, realizada a principios de octubre y que sólo duró 3 días, en consonancia con la voluntad del artista de que “nadie pueda verlo todo íntegramente”, conseguido. Podemos realizar también una visita a las carboneras del antiguo hospital, un sitio húmedo y solitario al que sólo unos pocos visitantes logran acceder, gracias a la deficiente señalización y las confusas informaciones de los vigilantes de sala. O podemos visitar la exposición “Hecho en casa”, en la que en los pasillos de servicio del museo y, entre extintores de incendio, se muestran obras realizadas por los propios trabajadores del Reina, algunos con buena técnica y otros con buenas intenciones. Además de la edición de una audioguía en la que Isidro nos cuenta su versión sobre algunas obras de la colección del museo.

A parte de estas poco convencionales exposiciones, en sitios poco convencionales de exposición, el programa se completa con una serie de circunstancias, en las que ni el propio artista sabe muy bien que va pasar, pero para las que tiene la total complicidad de la institución. Actividades, muchas de ellas no publicitadas, que se desarrollan bien en las dependencias de los edificios Nouvell y Sabatini, bien en el Palacio de Cristal o en el de Velázquez o simplemente paseando por los alrededores de estos sitios, y para las que el espectador debe demostrar que realmente está dispuesto a aceptar lo que este artista tenga a bien mostrarle.

Valcárcel Medina, se ha caracterizado a lo largo de su carrera, por una férrea voluntad a no entrar en el circuito artístico, a tratar de no institucionalizar su trabajo, negándose a vender su obra. Y hasta el momento, lo había conseguido, ningún museo tiene obra suya, y no ha sido fácil conseguir esta retrospectiva de 3 días, pero ¿Por que ahora sí? ¿Por que Valcárcel Medina ha accedido ahora, a entrar en el juego y formar parte de la institución?

El artista, justifica este programa en la existencia “¿Como ha surgido este proyecto? Pues porque yo existo y el Reina Sofía existe” afirma, pero siguiendo esta premisa, existir existen desde hace años, y no sólo existe el Reina Sofía, existen muchas otras instituciones, galerías, centros de creación, etc. dispuestos a organizar este evento. Pero el Reina Sofía sigue siendo el Reina Sofía, y cuando un artista decide entrar en el circuito, y siempre que se lo permitan, entra en la Institución de arte contemporáneo con nombre propio en nuestro Estado. El Museo ha pagado al artista 50.000 euros por este programa, un programa del que no habrá catálogo, ni compra de obra. Pero que el Reina no pueda comprar el objeto físico de Valcárcel Medina no quiere decir que no pueda comprar su obra, a la vista el dinero invertido para estas “circunstancias” que seguro, quedan registradas por el museo, y que serán aprovechadas en el futuro. Fotografías, vídeos y documentos pasarán a engrosar el Archivo del Reina, a la espera de mejores oportunidades de exposición. Al final su trabajo no será tan “inabsorbible”, como Borja Villel afirmaba.

Una vez más, el Museo, se ha convertido en un centro de creación, en el que los artistas, jóvenes o consagrados como en este caso, pueden desarrollar su obra. Los museos están sumergidos en un proceso de cambio en el que intentan, dejar de ser los cementerios del arte, el lugar dónde las obras de arte consagradas y en mayúsculas terminaban. Una vez en los muros de un museo como el Reina o el MACBA ya no se espera nada más, alguna que otra itinerancia, pero su lugar, está ya definido. Pero las cosas están cambiando, la democratización del arte, la llegada de los nuevos formatos, etc. obligan a una renovación de las instituciones artísticas que deben asumir nuevos roles. Pero hasta que consigan definir su nueva situación, están asumiendo un trabajo que quizás no les corresponde, el trabajo de definir qué es arte y qué no es, un trabajo que, hasta ahora, sólo el tiempo y una compleja red de agentes (galerías, críticos, comisarios, museos, etc.) definían. Si los museos quieren seguir legitimando el arte, deben dejar que otros agentes ejerzan su influencia antes que ellos, pero quizá es que el arte ya no quiere ser legitimado, y quizá, realmente el futuro del arte pase por estas prácticas dinámicas de los museos como centros de creación. Del debate surgen las soluciones, por lo que son de agradecer este tipo de iniciativas que nos hacen cuestionar desde las instituciones hasta los artistas y sus obras. Seguiremos trabajando.

Núria Gregori

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