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Juliet BarbieriDurante casi 300 años, a partir de finales del siglo VIII, las Islas Británicas sufrieron frecuentes incursiones e invasiones de piratas escandinavos. Con el tiempo, algunos de aquellos violentos vikingos acabaron estableciéndose en Inglaterra, integrándose pacíficamente con la población local e incorporando gradualmente (al menos) novecientas palabras del nórdico antiguo, como «sky» (cielo), «law» (ley) y «thrall» (esclavo), al crisol de la lengua inglesa.
Avancemos hasta 2026, ahora el inglés es omnipresente en la sociedad islandesa contemporánea. La tierra de las Eddas y las Sagas está completamente saturada de inglés, incluso más que en los años 90, cuando quien escribe estas líneas estaba creciendo. Está presente en todas partes en la vida cotidiana. En el vestuario del gimnasio, muchas veces oigo a jóvenes islandeses pasarse con total naturalidad a una suerte de pastiche de inglés estadounidense impecable, sorprendentemente desprovisto de acento islandés, para decir algo que podrían expresar fácilmente en su lengua materna. Parece influir también en la ortografía, por ejemplo, en la manera en que palabras compuestas habituales tienden cada vez más a separarse. La presencia e influencia del inglés son tales que cada vez más islandeses nativos temen por su lengua. Algunos son simplemente puristas lingüísticos conservadores que se niegan a aceptar que se trata de un idioma vivo y en evolución. Otros, sin embargo, temen que se esté produciendo un cambio más fundamental, aquí y ahora, es decir que pueda romperse una cierta continuidad lingüística que se remonta a mil años.
Los especialistas han advertido de que el islandés presenta hoy en día un problema de predominio, es decir, que no resulta suficiente en todos los ámbitos de la sociedad islandesa debido a cambios sociales, económicos y tecnológicos o a la globalización. A diferencia, por ejemplo, del francés, que sí es plenamente suficiente en todos los niveles de la sociedad francesa. El profesor emérito Eiríkur Rögnvaldsson también ha argumentado que el islandés sufre un problema de imagen, es decir, los jóvenes lo asocian con tareas escolares, calificaciones, correcciones, respeto y vejez, mientras que asocian el inglés con la diversión, el entretenimiento, los viajes y las oportunidades futuras.
Según una idea bastante extendida aquí, todos los islandeses hablan inglés con fluidez, incluso tan bien como los nativos. Sin embargo, una investigación realizada en 2017 por Max Naylor, de la Universidad de Edimburgo, muestra que los islandeses tienden en general a sobreestimar ampliamente sus habilidades en inglés y están lejos de ser bilingües. Esta falta de percepción realista no solo les impide mejorar su inglés, sino que también perjudica al islandés. Antes de la crisis bancaria de 2008, una universidad islandesa llegó a plantearse eliminar por completo la enseñanza en islandés, y en algunos sectores bancarios se consideró la posibilidad de adoptar el inglés como lengua de trabajo.
Hay que tener en cuenta dos factores socioeconómicos importantes. En primer lugar, durante mucho tiempo Islandia fue un país bastante homogéneo desde el punto de vista lingüístico y étnico. Sin embargo, la población inmigrante ha pasado del 2% (1996) al 21% en la actualidad, eso supone más de 70.000 personas en una población total inferior a 400.000 habitantes. Dada la falta de financiación e infraestructuras adecuadas, Islandia tiene dificultades para enseñar la lengua local a todos esos potenciales estudiantes. En segundo lugar, existe un auge turístico que se prolonga ya más de una década (alrededor de 2,25 millones de turistas visitaron el país en 2025). Los anuncios únicamente en inglés son habituales en el centro de Reikiavik y en otros puntos de interés turístico. En este contexto, el inglés funciona como lengua franca. La situación sociolingüística evoluciona rápidamente. Un profesor investigador del Instituto Árni Magnússon, que publicó un libro sobre el tema en 2017, ha considerado necesario realizar ahora una edición revisada y actualizada, menos de diez años después de la publicación inicial.
Además, hay que tener en cuenta los factores culturales. A el flujo constante de entretenimiento anglófono online, imposible de traducir en su totalidad, se suma también una fascinación generalizada por todo lo estadounidense que se remonta al menos a la Segunda Guerra Mundial, cuando la isla fue ocupada primero por los británicos y después por el ejército estadounidense, iniciando a una revolución cultural donde estaban presentes el rock and roll, la Coca-Cola, el chicle, etcétera. Con frecuencia se culpa a la cultura pop anglófona, pero recientemente el profesor Benedikt Hjartarson y otros han demostrado que también se produjo un cambio notable en la literatura traducida tras la Segunda Guerra Mundial, con traducciones literarias que en general, resultaron decididamente menos internacionales con un mayor énfasis en la presencia de obras angloamericanas durante la Guerra Fría. Podría decirse que el gusto por la cultura anglófona lleva décadas cultivándose. Los izquierdistas de la Guerra Fría hablaban de imperialismo cultural. También cabe preguntarse qué diría Robert Philippson, autor de Linguistic Imperialism (Imperialismo Linguistico) —por controvertido que resulte entre lingüistas—, sobre el caso islandés.
Existe una falta de debate público sobre el lugar que ocupa el inglés en la sociedad islandesa. La mayoría de los islandeses parece darlo por sentado, sin reflexionar sobre la cosmovisión o la ideología que puede estar operando cuando lo utilizan. En su obra, el historiador Einar Már Jónsson analiza la carga sociopolítica y económica que conlleva el inglés. La lengua de Shakespeare, sí, pero también la de Adam Smith, John Locke y David Hume; la de la “supervivencia del más apto”, de la Compañía de las Indias Orientales, la de los desalojos de las Highland, de Leyes de Cercamiento y una concepción muy particular del ser humano conocida como homo oeconomicus. El problema, según Einar Már, surge cuando ese bagaje, producto de circunstancias históricas concretas, se universaliza como si se aplicara no solo a todos los hombres de todas las épocas, sino también a toda la naturaleza, como cuando el biólogo británico Richard Dawkins (muy popular en Islandia a comienzos del siglo XXI) publicó un libro titulado The Selfish Gene (El gen egoísta). Einar Már recuerda cómo Karl Marx observó lo sorprendente que resultaba que Charles Darwin pareciera encontrar su propia sociedad victoriana del siglo XIX en el mundo natural.
(Como curiosa nota al margen, cabe añadir que David Friedman, hijo del economista Milton Friedman, ha fantaseado con la Islandia de la era de la Commonwealth como una utopía anarco-capitalista sin Estado y de libre mercado.)
En 1990, Édouard Glissant advirtió del efecto nivelador de lo angloamericano y del riesgo de que este derivara en un “esperanto de vendedor técnico”, una especie de sabir insípido para el comercio global que, en su insistencia por la transparencia y la claridad, sería siempre apoético. Frente a ello, Glissant propone el derecho a la opacidad, el derecho a no ser transparente, a no ser inmediatamente comprensible ni cuantificable. Y el texto literario, afirma, es un productor de opacidad. Esto se aplicaría sin duda a gran parte de la poesía islandesa moderna, pero aún más a la poesía escáldica medieval, que es, de hecho, la literatura más opaca que se me ocurre.
Como dice el refrán: «Una lengua es un dialecto con un ejército y una armada». Islandia es un caso excepcional, es un país sin ejército, sin armada y sin dialectos. Sin embargo, cuenta con un Estado-nación que respalda la lengua oficial, por ejemplo, mediante leyes que establecen claramente que el islandés es la lengua oficial del país, lo que le otorga mejores perspectivas que a muchas otras lenguas minoritarias. El islandés no figura en la lista de lenguas en peligro de extinción de la UNESCO. Al menos, todavía no.
Además, está recibiendo refuerzos desde el extranjero. El desarrollo más significativo de la literatura islandesa en los últimos años es la aparición de escritores de origen extranjero que han hecho de Islandia su hogar, han dominado el islandés y han decidido utilizarlo (con gran belleza) como vehículo de expresión artística. Estos autores han comenzado a recibir becas y premios, lo que significa que se han ganado un lugar en el establishment literario y, en ese sentido, son tan islandeses como los autores nacidos en el país. Hay pocos indicios de lo contrario, es decir, de hablantes nativos islandeses que produzcan literatura en inglés, o al menos, no parece que se publique mucho en Islandia. Ciertamente, hay islandeses con aspiraciones literarias que son verdaderamente bilingües, pero aun así hay poco espacio para sus obras anglófonas en el mercado editorial. De hecho, tales publicaciones podrían incluso considerarse provocadoras.
En otras palabras, el islandés sigue siendo hegemónico en el campo literario, y parece poco probable que esto cambie a corto plazo. Pero queda la cuestión de qué hacer con el resto de personas de la escena que no hablan islandés. La poeta, investigadora y artista angela snæfellsjökuls rawlings, originaria de Canadá, lleva muchos años afincada en Islandia y ocupa un espacio liminal entre formas artísticas, lenguas y nacionalidades. Por el mero hecho de existir, desafía las categorías del Estado-nación sobre lo que constituye la literatura islandesa. ¿Recibirá algún día el pleno reconocimiento que merece por parte del establishment literario local? ¿Llegará su obra a convertirse en canónica, como se merece? El futuro es incierto, como siempre, y, como dice T. S. Eliot, «las palabras del año pasado pertenecen al lenguaje del año pasado, y las del próximo año esperan otra voz».
(Imagen destacada: © Juliet Barbieri)
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