close

En A*DESK llevamos desde 2002 ofreciendo contenidos en crítica y arte contemporáneo. A*DESK se ha consolidado gracias a todos los que habéis creído en el proyecto; todos los que nos habéis seguido, leído, discutido, participado y colaborado. En A*DESK colaboran y han colaborado muchas personas desinteresadamente, con su esfuerzo y conocimiento, creyendo en el proyecto para hacerlo crecer. También desde A*DESK hemos generado trabajo para casi un centenar de profesionales de la cultura, desde pequeñas colaboraciones en críticas o clases hasta colaboraciones más prolongadas e intensas.

En A*DESK creemos en la necesidad de un acceso libre y universal a la cultura y al conocimiento. Y queremos seguir siendo independientes y abrirnos a más ideas y opiniones. Si crees también en A*DESK seguimos necesitándote para poder seguir adelante. Ahora puedes participar del proyecto y apoyarlo.

Magazine

26 noviembre 2018
Escenas de Pastorets* y movimientos Samsonite

Claudia Pagès

Normalmente, con estar sentada me basta para verlo todo. Los únicos movimientos que ocurren en la habitación son los de mis dedos presionando teclas y los de mis ojos arriba, hacia la ventana, y abajo, hacia la pantalla. El cuello se me queda rígido, creando una onda tiesa que baja por mi espalda. De día no enciendo la luz para que desde fuera sea imposible seguir mi mirada, reflejándose la calle, y por la noche enciendo una pequeña lámpara en el escritorio, lo más mínimo, pero aun siendo mínimo, hago de mi habitación el centro de las miradas; un foco de luz desde la calle. Las paredes funcionan como bambalinas y las persianas, medio bajadas, como telón indeciso, entre el principio y el final de la función. De noche me ilumino a mí para editar las notas de todo el movimiento que ha pasado durante el día, fuera. Mientras estoy sentada en mi silla se apunta todo, absolutamente todo. Cuello rígido, dedos bailarines, ojos rebotando.

A las 7:30 empieza la función. Tres hombres discuten bajo la ventana y, al acabar de discutir, se suben a las furgonetas y se van camino de los Encantes; los pierdo de vista.

A las 8:00, a no tantos metros de mi ventana, sé que todos están alrededor de los puestos. Unas horas antes han llegado los camiones y han ido colocando todas las piezas de los lotes en un escaparate cuidado y ocurrente, de calle. Cajas cubiertas con mantelitos y, encima, las piezas a destacar. Libros buenos delante, malos detrás. Muebles grandes al final, como de muro de contención de la parada. Ropa en cajas o en burras, si las prendas son de calidad. Joyas en cajitas más pequeñas encima de las cajas grandes cubiertas por manteles. Empieza la subasta y un señor con un pinganillo y un ordenador canta los precios. Empieza el show, en cantes. Los demás alrededor del lote, mirándolo, con tensión, calculando cuánto hay de beneficio, se pican, se miran y van subiendo el precio.

Esta mañana ha llegado un camión cargado con el desván de un hombre, especulan, soltero; especulan, se ha separado y se ha ido del país; especulan, lo ha dejado todo atrás para empezar una vida nueva. Hay unas gafas Chanel, ropa de marca, botas de motocross de talla grande y pequeña. Suben, suben y el precio acaba por las nubes: 3.600€ por el lote del soltero.

Los gestos y el tiempo van así: el hombre del pinganillo anuncia, un muro de gente acumulado alrededor del lote, unos tienen los brazos encima de los hombros de sus compañeros, otros en los bolsillos, se van mirando, van subiendo la apuesta. Cuando la apuesta termina, el señor del pinganillo imprime un papelito con su ordenador, y otro con pinganillo más pequeño aparece por detrás y se intercambian los billetes de 50, de 100, de 500, en efectivo, en la esquina. El muro de gente se moviliza, siguiendo al del pinganillo que ya se ha dispuesto donde hay otro lote. El que ha comprado se queda atrás, atrás del grupo y atrás de las cajitas, los libros y la chatarra; vigilando su nueva adquisición.

Ya son las 9:00. A las nueve ya se sabe todo; los precios de cada lote y quién se tiene que postar detrás de cada parada. Y los coleccionistas arrasan, se pelean, sacan sus gafas, se mofan, contradicen a los que han comprado los lotes, regatean y rápidamente se van.

A las 9:30 las furgonetas ya han vuelto a mi campo de visión, en la esquina, y dos vecinos sacan sus tres perros, un Yorkshire y dos que parecen Ewoks, con los ojos luminosos, sin cataratas de tristeza, y a mí se me encoge el corazón de melancolía y a la vez de emoción. Los años pasan para todos, humanos y animales, me dicen todos, como si alguna vez los humanos hubieran dejado de ser “animalotes”.

A las 10:00 abren los cuatro negocios que quedan en la calle, y yo me incorporo en la silla para teclear mejor. Mi teatro se ha abierto. Toda la luz está fuera.

Los vendedores de zapatos empiezan su baile antes de recibir la clientela. Abren el local, sacan la escalera, sube él en la escalera mientras ella la aguanta, cuelgan los posters y anuncios, sacan las burras con más zapatos. Más abajo de la calle, tres transportistas se sientan en sillas y miran vídeos en el móvil. Hay varias escenas que ocurren en el mismo escenario, como en los Pastorets. Pero el ritmo tranquilo y costumbrista de la calle se rompe con un sonido nuevo, un movimiento deslizante poco oído en el barrio: un grupo de chicos jóvenes arrastran trolleys parándose en la portería de mi edificio. Llaman, hablan a gritos y entran.

Cuando empecé a investigar y a observar alrededor del espigueo[1], pensé que éste era una forma radical de erradicar la extracción, la producción en cadena. Que operaría como el reciclaje, dejando de producir, usando lo que se ha producido en masa, desafiando sus residuos y proclamando un “no al trabajo, no a la producción” y un “sí al intercambio monetario o no-monetario, siempre arbitrario y de aprovechamiento.” Pero se me desmoronó todo al ver que en la coreografía espigadora también hay clases y privilegios y que no tiene una estructura tan democrática y amable como parecería desde lo pensable, desde el documental de Agnes Varda[2], desde la distancia en mi silla observadora. Tanto el espigueo como los procesos de extracción mantienen coreografías invisibles en cadenas inaccesibles que ahora quería trazar.

Si el espigueo del barrio empieza con las casas desahuciadas, las casas de los muertos, de abuelas, de abuelos mandados a residencias, de los separados que dejan los desvanes repletos para una nueva vida, de los vulnerables al ser desplazados. La extracción de los trolleys, al usar esos espacios ya vaciados para sacarles provecho económico por el turismo, son llenados a partir de cadenas también invisibles, cadenas de extracción que crean otras coreografías con otras escenas, con otros movimientos un poco menos Pastorets y mucho Samsonite + Airbnb. Ambos procesos, de espigadores y de extractores, aparecen como maestros para hacer que el objeto vuelva, no como fetiche, sino para mantenerlo vivo en una suerte de economía de consumo no productiva. Y ahora me veo haciendo lo mismo, al sentarme frente a mi silla, tecleando y manteniendo vivas las escenas de uno y del otro en mi campo de visión.

Durante los últimos años, la escritura y la imposible conquista de la lengua me han hecho intentar desdibujar la línea entre el hablar y el escribir para empezar a escribir de forma hablificada. Recoger frases y conversaciones orales para transcribirlas y transformarlas en texto escrito, escribir un texto para ser hablado y aprenderlo de memoria para recitarlo como si siempre hubiera permanecido en el plano de la oralidad. Todo se me derrumba en las lenguas-texto.

Los textos han estado a la disposición de tres búsquedas: el texto físico, para encontrar verbos y palabras presentes en objetos e instalaciones; el texto hablificado, donde el texto aparece como estructura que es empujada al pronunciarlo; y el texto coreográfico, el poder de escribir sin moverme y moverme al escribir.

Es desde esa posición sentada en la silla, con ojos atentos y dedos dispuestos, que recojo, como los maestros espigadores, la coreografía que veo a través del cristal y manteniendo el gesto y trazando el movimiento desde mi quietud, lo extraigo todo, repasando recorridos y haciendo girar calles desde mi butaca galáctica. Las frases son transcritas, los movimientos apuntados, lo que parecía inútil, lo tomo. ¿Estoy operando igual que los trolley-extractores y los espigadores-pastorets? Las escenas han pasado a ser texto, los movimientos y frases a escrito. Luego, éstos serán hablados, recitados, leídos, pero ninguna cadena invisible, extractora, de caja b, está ocurriendo. Las escenas y los discursos simplemente se han desplazado de sitio al ser anotados, al ser coreografiados a través mi teclado.

 

*Los Pastorets son unas obras de teatro populares en Cataluña que se representan durante la Navidad. Normalmente hay tres historias argumentativas: la posada de José y María, la lucha entre demonios y ángeles y las escenas de los pastores, que suelen hacer referencia a la actualidad con humor y cierta crítica social. Los Pastorets son introducidos en el texto por su carácter costumbrista y cómico, donde diferentes escenas son dispuestas en el escenario como en un pesebre.

[1] El espigueo es la recogida de los granos de trigo u otros productos después de la siega. También hay espigadores urbanos, que recogen lo que la gente ha dejado en las calles. Varias leyes defienden la práctica de espigar, con textos recogidos en la Biblia en defensa al espigador, para que los más vulnerables puedan recoger alimentos en el campo.

[2] Les glaneurs et la glaneuse, Agnès Varda

 

Claudia Pagès es artista y publica y circula textos a través de performances, lecturas sónicas, publicaciones de libros e instalaciones.

Publicaciones

26 noviembre 2018

Escenas de Pastorets* y movimientos Samsonite

close
close
close
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)