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13 septiembre 2021
Hablamos Marciano LA VISIÓN COMO REVELACIÓN DE OTRO TIEMPO. UNA EXPERIENCIA PROPIA EN EL CINE DE ANDRÉI TARKOVSKI

Lucía de la Cruz

Desde mi infancia, cuando mis huesos y mis nervios y mis venas aún no estaban consolidados, siempre y hasta el tiempo presente […] he experimentado gozosamente  en mi alma el don de esta visión.

Hildegard de Bingen 

Deslizarse, abandonar el cuerpo y ver, no hay aviso cuando esto ocurre. Los ojos abiertos observan sin mecanismo, sin dialéctica, sin lenguaje, solo imagen viviendo en el tiempo, un tiempo desprendido de cualquier lógica racional, pues,  la linealidad de su discurrir se ha roto, se ha escindido de todo peso estructurante, de todo concepto. En esta segregación involuntaria de corte con la continuidad temporal, el peso de este cuerpo no es tangible, no hay gravedad y el espacio se enrarece, la luz es distinta, es esta una que muestra todo nítido, claramente definido, sin nebulosa ni alegoría, es una luminosidad que delata los contornos de aquello que ante mis ojos es mostrado.  

Así, ocurrió la primera vez que tuve una experiencia fuera de lo común. Creo que   debía tener unos cuatro años de edad, por  aquel entonces, yo solía pasar las tardes jugando sola en un pequeño patio exterior que servía de antesala a la puerta de la casa materna. Allí, había plantas, todas ellas diferentes con sus respectivas macetas generaban una armonía, para mí cada una tenía su particularidad, y por tanto, su propio cuidado, así que las escuchaba y a veces les cantaba. Una de esas tardes de conversaciones con las plantas, de pronto, comencé a sentir como mis pies empezaban a separarse del suelo de modo sutil, y empecé a notar como debajo de ellos circulaba el aire, todo el patio se llenó de una luz amplia que iluminaba zonas que nunca antes lo habían sido, pues los muros de la casa lo impedían. Entonces, me vi a mi misma desde la otra orilla del patio,  no sé cuanto tiempo duró este hecho hasta que volví a la cotidianidad, pero la sensación fue de una fugacidad infinita, algo había cambiado en mí. A partir de este acontecimiento indómito, se sobrevino en mí una transfiguración en el modo de percibir y ver, algo había cambiado para siempre o más bien algo se había abierto en mí. Pues, esta experiencia horadó no sólo el plano de la videncia profética, sino también él de la visión mediúmnica. 

Hildegard de Bingen hablaba en sus visiones de una sensación interior de luz, que le invadía justo en el momento del encuentro con las percepciones. Estas sucedían, además,  con los ojos abiertos[1]O los ojos exteriores era un término que utilizaba Hildegard de Bingen para hablar de sus visiones que ocurrían en estado de vigilia. sin entrar en el abandono del éxtasis, se daban  en su alma, sin necesidad de transitar en un estado alterado de conciencia. De tal modo, despierta e iluminada por una suerte de luz que parece encenderse en el interior fue como ocurrió aquella visión primera a la que vuelvo en mi memoria una y otra vez, y que considero, sin duda, el acontecer de una comunión iniciática. Fue, el principio de lo que años más tarde iría cobrando sentido en forma de posteriores visiones que me han ido constituyendo y las que, incluso, en los últimos años se muestran cada vez más lúcidas y nítidas. Estas videncias proféticas se presentan en estados de vigilia, y siempre siento como empiezo a flotar y a elevarme –mucho más que a la edad de cuatro años–  hasta tal punto que puedo atravesar las diferentes alturas del un edificio, llegar a los tejados y ver con todo detalle las diferentes altitudes de las casas, los muros, los tejados, las grietas…Siempre hay una travesía, más corta o más larga, con una elevación de mi cuerpo aunque sea consciente de que mis pies carnales siguen en el suelo al mismo tiempo que estoy sintiendo el viento exterior, el color, la temperatura de ese otro lugar. Estoy despierta, no abandono el estado de conciencia,  pero estoy viendo con unos ojos que de ninguna manera pueden ser los físicos, deben ser los ojos interiores que apelan a la vivencia de una experiencia extracorpórea, en el alma, y la existencia de una conciencia más allá de los límites del cuerpo. Después de ese viaje en elevación, llego a un lugar concreto –un lugar que existe– en el que se me muestran unos acontecimientos que o bien develan algo oculto a mi conocimiento, algo del pasado o generalmente, aquello que está por suceder. La nitidez espacial y de los objetos es como si estuviese físicamente en ese lugar, sin embargo, el desplazamiento ascensional donde puedo flotar y atravesar obstáculos revela lo que desde afuera puede ser “extraño”. 

Lo extraño pero a la vez reconocido es lo que sentí la primera vez que vi una película de Andréi Tarkovski, en su material fílmico vi algo muy cercano a mis experiencias visionarias, tanto que no he visto en ninguna otra representación artística algo que se asemeje más al modo en que visual y acústicamente se dan mis visiones.  Ese primer film fue  El espejo (1974), allí sentí que algo había entrelazado entre su visión del mundo y mi mundo, algo muy íntimo, una vivencia donde las palabras solo pueden meramente aproximarse.  En esta película recuerdo sentir como me sumergía en un viaje en el que no había diferencia entre el mundo visionario, lo soñado y el estado de vigilia, solo planos largos donde el tiempo se antojaba vívido sobre los objetos, los actores y el espacio, y se modulaba sin cortes. Recuerdo, de forma latente, la travesía alrededor de la dacha de Yurévetz[2]Esta casa de campo rusa junto al Volga, se reconstruyó por completo para hacer la película El espejo. –la casa de la infancia de Tarkovski- donde la cámara orbita alrededor de la morada mostrando como el viento moldea las plantas, las ramas de los árboles y todo sucede a cámara lenta. Un niño, Andréi, pasea alrededor, y lo que veo como espectadora  es lo que él ve, sin embargo el encuadre de la cámara es más elevado, mostrando un  punto de vista que apela a una visión desde una altura superior, como si el pequeño Andréi estuviese flotando, aquí se produce un extrañamiento, es algo que no es común. Observo desde la mirada del niño y también lo veo a él, sin embargo, todo ello sucede de forma orgánica, es algo que como “espectadora” integro. Así, lo sentí al ver esta secuencia, pues la forma en la que Tarkovski muestra los hechos en sus películas se corresponde con el paso de mi vida “cotidiana” al estado visionario. Algunos espectadores, tras el estreno de El espejo escribieron cartas a Tarkovski, de donde se extraen algunos fragmentos significativos vinculados a la identificación propia en su película: «Muchas gracias por su El espejo. Así, exactamente fue mi niñez… […] Un viento idéntico hubo entonces, y una tormenta similar… […] Sabe, cuando en aquella sala oscura miré aquel pedazo de pantalla  iluminado por su talento, por primera vez en la vida sentí que no estaba sola». «[…]El espejo. Una película sobre la que ni siquiera soy capaz de escribir, pero de la que vivo». «Por primera vez, una película se me antojaba como algo real. Y éste es precisamente el motivo por el que la veo una y otra vez; para vivir por ella y en ella»[3]Tarkovski, Andréi. Esculpir en el tiempo. (Madrid: Rialp, 2015). Espectadores en cartas a Andréi Tarkovski sobre El espejo..

Tarkovski extraía las ideas para sus películas, así como para la ejecución de las secuencias, a través sus visiones oníricas[4]Las visiones proféticas en Tarkovski se daban en el plano del sueño y una vez quedaban reflejadas en sus películas ocurrían muchas veces en su vida cotidiana., después las plasmaba en el cine como experiencia, como tiempo vivido, no como especulación ni como signo[5]Tarkovski había desarrollado su propia teoría cinematográfica donde apelaba a la idea de imagen cinematográfica como experiencia registrada en formas y fenómenos fácticos través del tiempo … Continue reading que el espectador tuviera que  descifrar. Su experiencia visionaria es manifestada al espectador a través del tiempo presente –lo que el llamaba el tiempo empírico o vivenciado– en la sala de proyección. El tiempo que ha quedado fijado en la película es revivido por el espectador, como revelación, como suerte de transfiguración donde a través del tiempo observado, como si estuviese allí,  entra en la realidad del film. Tarkovski actualiza en la pantalla  tiempos que pueden pertenecer  al pasado o al futuro, incluso ambos tiempos viviendo en el presente. En la secuencia final de El espejo, el pasado y el futuro se unifican en el mismo plano, allí la madre de Tarkovski, María Ivanovna, deja de ser interpretada por la joven Margarita Terekhova para serlo por ella misma en su edad actual. Lo extraño de la secuencia es que María ya es anciana, mientras que sus hijos Andréi y Marina siguen siendo niños. Tarkovski, rompe con toda ilación temporal de causa y efecto, aquí los tiempos se cruzan, atienden a una lógica poética y a mí todo ello me resulta familiar, pues en mis visiones mediúmnicas nada de esto es ajeno, así veo a quienes han abandonado la vida física, en coordenadas temporales diferentes pero en el mismo lugar que habitaron o cerca de sus seres queridos, y todo ello se da en mí sin búsqueda, sin entrar en ningún estado alterado de conciencia. Estas visiones también surgen con los ojos abiertos aunque la imagen se manifieste en mis ojos interiores. 

La primera vez que vi un film de Tarkovski encontré un lugar donde reconocer mi experiencia visionaria. 



Bibliografía:

Bird, Robert. Andrei Tarkovsky. Elements of Cinema. London: Reaktion Books, 2008.

Botz-Borrnstein, Thorsten. Films and Dreams. Tarkovsky, Bergman, Sokurov, Kubrick, and Wong Kar-wai. Plymouth: Lexington Books, 2008. 

Carrera, Pilar. Andrei Tarkovski. La imagen total. México D.F: Fondo de Cultura

Económica, 2008.

Cirlot, Victoria. Vida y visiones de Hildegard von Bingen. Madrid:  Siruela, 2009. 

Fraboschi, Azucena. “Scivias, de Hildegarda de Bingen: Declaración

de las verdaderas visiones que fluyen de Dios”. Agentina: Stylos Nº 15, 2006. 

Llano, Rafael. Andréi Tarkovski. Vida y obra I. Madrid: Mishkin, 2017.

Mouriño, José Manuel. Andréi Tarkovski y ‘El espejo’. Estudio de un sueño. Madrid:

Círculo de Bellas Artes, 2018.

Robinson, Jeremy M. The Sacred Cinema of Andrey Tarkovsky. Maidstone: Crescent Moon Publishing, 2006.

Tarkovski, Andréi. Esculpir en el tiempo. Madrid: Rialp, 2015.

– , Atrapad la vida. Madrid: Errata naturae, 2018.

–, Martirologio. Diarios. Salamanca: Sígueme, 2011.

– , Narraciones para cine. Madrid: Mardulce, 2018.

VVAA. Acerca de Andréi Tarkovski. Madrid: Jaguar, 2001.

VVAA. La experiencia contemplativa. En la mística, la filosofía y el arte. Barcelona: Kairós, 2016.

1 O los ojos exteriores era un término que utilizaba Hildegard de Bingen para hablar de sus visiones que ocurrían en estado de vigilia.
2 Esta casa de campo rusa junto al Volga, se reconstruyó por completo para hacer la película El espejo.
3 Tarkovski, Andréi. Esculpir en el tiempo. (Madrid: Rialp, 2015). Espectadores en cartas a Andréi Tarkovski sobre El espejo.
4 Las visiones proféticas en Tarkovski se daban en el plano del sueño y una vez quedaban reflejadas en sus películas ocurrían muchas veces en su vida cotidiana.
5 Tarkovski había desarrollado su propia teoría cinematográfica donde apelaba a la idea de imagen cinematográfica como experiencia registrada en formas y fenómenos fácticos través del tiempo fijado. Así, separaba la idea de imagen como signo desde el punto de vista del formalismo y el estructuralismo, la imagen cinematográfica para él es algo vivo que está directamente relacionada con el transcurrir del tiempo.

Lucía de la Cruz, nace en el año 1989 en Santa Cruz de Tenerife. Es licenciada en Bellas Artes por la Universidad de La Laguna. Es Máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. En la actualidad cursa su cuarto año de doctorado en Historia del Arte de la UAM en el programa de Estudios Artísticos, Literarios y de la Cultura, en la tesis titulada: "El tiempo en el cine de Andréi Tarkovski. Una vía hacia la epifanía fílmica". Su producción artística transita entre la imagen videográfica y cinematográfica, bajo el halo de una lógica Tarkovskiana entendiendo la imagen fílmica como fenómeno inserto en el tiempo. Esta formación académica es complementaria a su experiencia visionaria como médium y vidente, un campo vivenciado que considera el eje esencial de su vida y al que actualmente se dedica.

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