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Magazine

04 octubre 2013
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La designación del vacío. James Turrell en el Guggenheim de Nueva York

Paulina Zamora


Como Paloma Checa, este verano pude ver una de las tres exhibiciones dedicadas a los 48 años de trabajo del artista James Turrell. Tres museos y 23 obras. Un homenaje que empezó a finales de mayo con la retrospectiva en Los Angeles County Museum of Art | LACMA, continuó a inicios de junio con una muestra de todas las piezas que pertenecen a la colección del Museum of Fine Arts Houston, MFAH, y terminó con la presentación, para el solsticio de verano, de la primera muestra dedicada a Turrell en Nueva York desde 1980. Esta exhibición en el Solomon R. Guggenheim Museum contaba con piezas de los años 60 (Afrum I White, Prado White y Ronin), una de 1976 (Iltar), obras gráficas de 1989 (First Light) y por supuesto, Atein Reign, la instalación comisionada específicamente para el atrio del Guggenheim. Una estructura material compleja e inmensa que transforma el espacio creado originalmente por Frank Lloyd Wright para brindar al público una experiencia de lo inmaterial: luz. Luz en su cualidad efímera y en su total fisicalidad.

La luz la damos por sentado. Está a toda hora. La hay natural y artificial. No hace falta que sea de noche para que pasemos más rato en contacto con la artificial que con la natural. Y hemos llegado a creer que nuestra relación con ella tiene que ver únicamente con los ojos, con una mecánica de la visión. Pero mientras el ojo es la parte expuesta del cerebro que permite la visión, la mirada es la que nos hace o no apreciar la luz en toda su trascendencia o degradarla en la fetichización del objeto y de las apariencias. Esa diferencia es la que Atein Reign pone sobre la mesa. En realidad, toda la obra de Turrell trata de eso. La luz es el objeto en sí, el objeto inmaterial a través del cual se nos hace obvio lo alienados que estamos a esa pasión hermenéutica que a veces nos vuelve un poco tontos. Yo no supe “verlo” a la primera. Bajo esa inmensa instalación quedé capturada en una experiencia corporal y en lugar de ser el sujeto que entra “al cuadro” resulté como objeto petrificado en una satisfacción escópica inútil. El ojo que siente. Y lo que es peor aún, después hice el intento de hacer pasar la experiencia por la trituradora del lenguaje.

Me tomó muchos días de investigación para empezar a entender el “idioma” de Turrell. Apenas logro captar que su obra convierte las radiaciones electromagnéticas -espectro visible al ojo humano de la luz- en el gesto que designa el lugar del vacío que sólo atañe al ser parlante. Es lograr darle fisicalidad a La Cosa inaprehensible por lo simbólico. Es más que vernos mirando. Es la mirada del ciego que nos mira y nos hace ver lo que hay de irreductible en ese vacío.

“Go in to gain outlook” (Turrell).

Paulina, de Guatemala, ha dejado las cuatro paredes de su consultorio y cree que también la mala costumbre de distanciarse de la vida a través del carrousel sin alto de los conceptos y las teorías. No se fue con las manos tan vacías, lleva en su bolsillo el deseo de rescatar el valor de lo único, herencia de su formación en psicoanálisis. Espera hacer algo con eso. Espera poder introducirse en los imprevistos de la realidad. Documentarlos, darlos a ver con un twist de imaginación. Con suerte dejarán de pasar desapercibidos e inquietarán como un pelo en la sopa.

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