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09 diciembre 2012
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Loca Mina

Maite Garbayo

Durante las décadas de los setenta y los ochenta, tras la muerte de Franco y durante los primeros años de la llamada Transición, diversos grupos activistas produjeron una importante cantidad de materiales gráficos. Carteles, pegatinas, chapas y folletos se encuentran almacenados en las sedes de los grupos, o están siendo recopilados en archivos que hoy soportan el envite revisionista y musealizador de investigaciones y prácticas comisariales “políticas” y “activistas”.

Carteles como los que vemos aquí, o al menos realizados a partir de parámetros y objetivos similares, fueron producidos al calor de movimientos autónomos que identificaron en la gráfica y en sus posibilidades estéticas una potente herramienta de cuestionamiento y de transmisión ideológica. Conscientes del valor de las imágenes y los signos, plasmaron sus ideas y reivindicaciones en papel o en acciones a pié de calle que actualmente nos empeñamos en llamar performances.

Esta producción, conviene recordar, estaba al servicio de un ideario político y sujeta a procesos de producción muy concretos, que poco o nada tenían que ver con los que primaban en el entramado artístico del momento. Y como la estética nunca es ni neutra ni ahistórica, se produjo, en algunos casos, una sacudida iconográfica y estilística que no era mas que el reflejo de una voluntad política de des-estandarización y diferenciación. Es el caso de la gráfica del movimiento feminista, en cuya evolución se evidencia un intento de ruptura con la tradición del “buen” diseño, fruto al mismo tiempo de una aspiración de cambio, y del amateurismo y anonimato que caracterizó a buena parte de la producción. La inmensa mayoría de documentos no están firmados y permanecen sin atribuir, debido a que se inscribían en prácticas colaborativas en las que la militancia y la colectividad anulaban todo conato de autoría individual. La primacía del do it yourself se complementaba con la colaboración de artistas, diseñadoras o estudiantes de Bellas Artes que, afines a la causa feminista, contribuían a ella con su trabajo.

Carteles y pegatinas, en general, no están fechados, por lo que el criterio estilístico se convierte en herramienta básica de datación. La evolución es bastante clara: la economía de formas y la esquematización que predomina en la década de los setenta da paso a una mayor proliferación de elementos, a un alejamiento de la estilización en pos de planteamientos figurativos más directos, al collage y foto-collage, a contaminaciones tipográficas… Se mantienen las preferencias cromáticas (rosas, morados…), la representación del cuerpo femenino (aunque cambian las formas) y la constante presencia del símbolo feminista.

El tipo de gráfica no es tan diferente al propuesto por otros grupos coetáneos de Europa o Estados Unidos; se dan frecuentes coincidencias. Aunque pueda parecer sorprendente, debido al retardo generalizado consecuencia de la dictadura, el incipiente movimiento feminista tuvo, a nivel estatal, unas aspiraciones y unos modos de hacer que podrían definirse como internacionales.

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Las reivindicaciones se centraron, al igual que en otros países, en la cuestión de los derechos sexuales y reproductivos, aunque aquí hubo que hacer frente a una legislación ultraconservadora que apenas había cambiado tras la muerte del dictador. Un cartel firmado por la Asamblea de Mujeres de Vizcaya reclama la amnistía para las 350 mujeres que en 1976 permanecían en la cárcel por los llamados “delitos específicos” (adulterio, aborto y prostitución). Uno de los primeros carteles del movimiento feminista vasco, en el que las rejas de la prisión no terminan de concretarse, quizá en alusión a una potencial amnistía. Preso, el símbolo feminista utiliza la variante del puño alzado, típica del movimiento en aquellos años, y que da cuenta de las estrechas ( y a veces problemáticas) relaciones entre los feminismos y las luchas de la izquierda radical. El mismo icono aparece en un póster de aquella época realizado por los grupos feministas socialistas Dolle Mina, muy activos en Bélgica y los Países Bajos desde finales de los años sesenta. Las Dolle Mina, que toman su nombre de la activista de la primera ola Wilhelmina Drucker (1847-1925), centraron sus luchas en cuestiones como el aborto o el acceso a los métodos anticonceptivos, a través de llamativas acciones callejeras y de una imponente producción gráfica.

Imagino que hace treinta años, aquí, la calle tenía un algo de espacio expositivo. Las paredes contenían formas, imágenes, mensajes… Con el paso de los años, se aludieron motivos estéticos para prohibir las pegadas de unos carteles que hoy, cuando es el caso, se pueden contemplar en museos y centros de arte, conniviendo con esa institucionalización del todo que hace tiempo nos asola.

Maite Garbayo es escritora e investigadora. La historia del arte, la teoría crítica feminista o el psicoanálisis son algunas de sus herramientas de trabajo. Compagina la investigación y la escritura con periodos de docencia. Actualmente realiza su tesis doctoral y es editora de la revista {Pipa}.

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