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Six Seven (seis siete), šest sedem

Magazine

27 abril 2026
Tema del Mes: El inglés minoritario: política y cultura de una lengua globalEditor/a Residente: John Holten
Six seven de Ana Schnabl, foto de portada

Six Seven (seis siete), šest sedem

Cada mañana de lunes a viernes me desplazo al trabajo tomando el tren de las 6:55 de Kamnik a Liubliana. Los trenes suelen retrasarse y los vagones suelen ir llenos, sin embargo, hay algo valioso en esos trayectos. Aparte de tener tiempo para leer, puedo sentarme junto a personas a las que nunca conocería y escucharles, personas muy alejadas de mi burbuja social. Estudiantes de secundaria, universitarios, adultos que van a trabajar, adultos que van a hacer gestiones, pensionistas que disfrutan del transporte público gratuito y algún que otro drogadicto que viaja a la capital para su dosis de metadona. Es un espacio vivo, no solo en términos de edad, clase, género o ideas políticas, sino también en términos de habla. De lenguas.

La región en la que vivo se ha convertido en un lugar muy atractivo para mudarse, en parte porque está cerca de Liubliana y en parte por el empleo, las viviendas o —lo que muchos eslovenos valoran más— los terrenos. Esto significa que, durante mi trayecto diario al trabajo, escucho muchas variedades diferentes de esloveno: dialectos regionales, esloveno de Carintia, esloveno de Estiria, dialectos costeros y la variedad de Liubliana (a la que llamamos en broma algo así como «lenguaje de rana»). También noto diferencias entre generaciones entre el habla de las personas mayores y la de los jóvenes.

Como he vivido en Eslovenia la mayor parte de mi vida, estoy bastante familiarizada con la mayoría de los grupos de dialectos. Normalmente los entiendo sin demasiada dificultad. Me parecen relativamente estables, casi congelados en el tiempo, sin cambiar demasiado rápido. Por supuesto, hay excepciones a esta regla; los dialectos del noreste, que se mezclan con el húngaro o el croata, o los del oeste, influenciados por el italiano. Aun así, incluso mezclados, estos dialectos siguen basándose en un sistema reconocible.

El lenguaje que más me confunde no es el regional, sino el generacional. Cuando escucho a los pasajeros más jóvenes —la Generación Alfa y la Generación Z más joven—, casi siempre me siento completamente perdida. Su manera de hablar está muy entremezclada con el inglés contemporáneo de Internet, o a veces es directamente inglés de Internet. Aunque uso las redes sociales (siempre en exceso) y me considero bastante cómoda con el inglés, enseguida pierdo el hilo de lo que dicen.

El problema no es solo el vocabulario, sino la velocidad. El inglés de Internet, y su variante eslovena, cambian extremadamente rápido, mucho más rápido de lo que mi cerebro, que envejece, puede seguir con comodidad. Sus códigos no pueden entenderse desde fuera; hay que vivirlos. Habitarlos. Hay que usarlos a diario, casi constantemente, para mantenerse al día. Sin eso, el significado se escapa.

Algunas adaptaciones resultan bastante encantadoras. Por ejemplo, la versión eslovena de «bro» se convierte en «brt», una forma abreviada de «brat», y se utiliza tanto para hombres como para mujeres. Da la sensación de ser a la vez local y global. Otras expresiones, sin embargo, siguen siendo completamente opacas para mí. ¿«Six seven»? ¿Hay alguien mayor de treinta años que sepa lo que significa? Sigo esperando una explicación. ¡Ayuda!

Esta brecha, en sí misma, no es un problema. No siento la necesidad de entender completamente el lenguaje de las generaciones más jóvenes. Puedo mantener la curiosidad, buscar cosas de vez en cuando y aceptar que algunos significados simplemente no me corresponden comprenderlos. La dificultad surge en otro ámbito, en la literatura.

¿Qué ocurre cuando el inglés de Internet se cuela en los textos literarios? Y lo que es aún más importante, ¿qué ocurre cuando hay que traducirlo al esloveno?

Es muy ingenuo afirmar que la literatura ha sido alguna vez totalmente accesible para todo el mundo. De hecho, durante mucho tiempo ni siquiera estaba pensada para serlo. La lectura y la escritura estaban históricamente ligadas a la educación, y la educación se limitaba a las clases sociales más altas. La literatura funcionaba como una especie de capital cultural, algo que distinguía a quienes tenían acceso a ella de quienes no. Podríamos incluso pensar aquí en Pierre Bourdieu, quien describió cómo el gusto, el lenguaje y el conocimiento cultural contribuyen a reproducir las diferencias sociales. La literatura no era solo arte; era también un indicador de pertenencia.

Antes de la alfabetización masiva, los libros circulaban entre las élites, es decir entre el clero, la aristocracia y, más tarde, la burguesía. Hicieron falta siglos para que la lectura se convirtiera en una práctica (relativamente) extendida, y aún más tiempo para que personas de diferentes orígenes sociales no solo leyeran literatura, sino que también la escribieran. La novela en sí, como forma, está estrechamente ligada a esta expansión, ya que poco a poco fue abriendo espacio para nuevas voces, nuevas experiencias y nuevos lectores.

Aun así, la accesibilidad seguía siendo relativa. Un lector esloveno todavía puede tener dificultades con la traducción de Las ilusiones perdidas (Illusions perdues) de Honoré de Balzac, o con ciertas obras originales en esloveno, simplemente por su vocabulario. Leer literatura siempre implica encontrarse con algo desconocido, ya sean los personajes, la época y el lugar, o el propio idioma. Siempre hay cierta distancia que salvar.

Recuerdo haber leído la traducción al esloveno de Mrs Dalloway de Virginia Woolf —traducida brillantemente por Rapa Šuklje— y muchas veces pensar: «Estas son palabras poco comunes, que no forman parte del lenguaje cotidiano». Pero aun así podía buscarlas en un diccionario (siempre tuve muchos) y entenderlas. Lo extrañeza era estable; podía resolverse con un poco esfuerzo.

Esa estabilidad parece más difícil de mantener cuando el lenguaje está moldeado por Internet. Lo noté muy claramente al leer Rejection de Tony Tulathimutte. El libro está profundamente codificado con el lenguaje de Internet, no solo en el vocabulario, sino también en el ritmo, el tono y las referencias.

Mientras leía, no dejaba de preguntarme cómo se podría traducir al esloveno un texto así (¡un texto que me encanta!). No solo traducirlo literalmente, sino traducirlo de tal manera que siguiera siendo legible para alguien que no está constantemente conectado a Internet. ¿Debería el traductor mantener las expresiones en inglés? ¿Debería sustituirlas por jerga de Internet eslovena? Pero entonces, ¿qué versión se usaría, la actual, la que mañana ya sonará desfasada?

El problema no es solo lingüístico, sino temporal. El lenguaje de Internet caduca rápidamente. Una traducción, sin embargo, aspira a la durabilidad. Entra en una escala temporal diferente. Y esto genera tensión, ¿cómo se traduce algo que, por naturaleza, es inestable?

También existe una cuestión más profunda relacionada con el acceso. Si antes la literatura estaba limitada por la clase social y la educación, ahora puede estarlo por la participación en la cultura digital. Para comprender plenamente ciertos textos, ya no basta con conocer el idioma; también hay que habitar un entorno online específico. En ese sentido, surge un nuevo tipo de capital cultural, no vinculado a la educación formal, sino a la presencia constante en Internet.

Lo que me llevó a preguntarme si el futuro de la lectura se estaría pareciendo a la forma actual de nuestro sistema social: fragmentado, cerrado, organizado en burbujas que se solapan pero que no se comunican plenamente entre sí. Al igual que las comunidades online desarrollan sus propios códigos y referencias, la literatura podría hacer lo mismo. No necesariamente porque los escritores quieran excluir, sino porque el lenguaje que utilizan ya se ha formado dentro de esos espacios.

En ese sentido, la «fuerza imperial» del inglés hoy en día no se reduce solo al dominio en cuanto a números o al alcance global. También tiene que ver con la velocidad, la flexibilidad y la reinvención constante. El lenguaje de Internet esloveno no se limita a tomar prestado del inglés; lo sigue, lo adapta, lo remodela y, a veces, pierde estabilidad en el proceso.

En este tren matutino, todas estas capas coexisten a la vez, los dialectos estables, los cambios generacionales y los códigos de Internet en rápida evolución. Por ahora, todavía siguen compartiendo el mismo espacio —literalmente, el mismo vagón— y el mismo idioma en sus múltiples formas. La cuestión es cuánto tiempo ese espacio compartido seguirá siendo comprensible para la mayoría y si la literatura, al igual que el lenguaje cotidiano, se dividirá lentamente en mundos que ya no se encuentran plenamente.

 

(Imagen destacada: © Juliet Barbieri)

Ana Schnabl es una escritora eslovena premiada y colaboradora de The Guardian.

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