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The Backrooms: el espacio como síntoma

Magazine

12 mayo 2026
Tema del Mes: BackroomsEditor/a Residente: Rosa A. Cruz

The Backrooms: el espacio como síntoma

En los últimos años, los backrooms han dejado de ser una simple ficción digital para convertirse en una poderosa metáfora del malestar contemporáneo. Estos espacios infinitos, vacíos y repetitivos, condensan una sensación ampliamente compartida: la de habitar un mundo en suspensión. Lejos de ser un fenómeno aislado, su estética conecta con una larga tradición de pensamiento sobre el espacio y su influencia en el comportamiento humano. En este contexto, lo liminal emerge como una herramienta clave para interpretar no solo estas imágenes, sino también las condiciones culturales que explican su trascendencia.

Liminal o liminar se definen como sinónimo de umbral, de espacio de tránsito entre dos estados, ya sean físicos o mentales. El espacio liminal se sitúa entre algo que ya no es y algo que está por llegar. Su naturaleza transitoria diluye su significado, potenciando al mismo tiempo un carácter transformador.

El concepto surge en la antropología con la publicación de The Rites of Passage (1909), de Arnold Van Gennep, donde el autor identifica tres fases en los rituales de paso: separación, margen (liminal) y agregación. La primera implica abandonar un estado previo; la segunda se caracteriza por la ambigüedad; y la tercera supone la integración en un nuevo estado. Mientras las fases inicial y final están claramente reguladas, la fase liminal actúa como un umbral sin entidad fija. En este sentido, el duelo puede entenderse como una experiencia liminal por excelencia, en la que el sujeto, atravesado por la pérdida, transita una zona de indeterminación afectiva y simbólica. La liminalidad, por lo tanto, implica el cuestionamiento y está cargada de un enorme potencial transformador.

Posteriormente, Victor Turner amplía esta noción al entenderla como una suspensión de la norma dentro de las estructuras sociales. El concepto se extiende así más allá del rito de paso, influyendo en procesos culturales como la formación de identidades, tanto de individuos como de comunidades. Lo liminal se configura como un espacio donde las jerarquías se desdibujan y las categorías pierden su estabilidad. Esta suspensión de la norma abre paso a la emergencia de formas híbridas, o incluso grotescas, en las que el desorden no solo desafía lo establecido, sino que también posibilita nuevas configuraciones de sentido e identidad. Pensemos, por ejemplo, en un carnaval, donde los participantes disfrazados dejan a un lado su identidad para integrarse en una comunidad anárquica.

Con el tiempo, el concepto fue retomado por disciplinas como la psicología y la arquitectura, que lo emplearon para describir espacios de transición, ya sean físicos o metafísicos: pasajes, intersticios, momentos de cambio en los que no se pertenece completamente a un estado pasado ni al siguiente. Desde esta perspectiva ampliada, incluso ciertos períodos históricos pueden ser considerados liminales. Tal es el caso de la pandemia de COVID-19, que instauró una experiencia colectiva de suspensión, incertidumbre y redefinición de las dinámicas sociales, situando a las sociedades en un prolongado umbral entre lo que había sido y lo que aún estaba por venir (aunque finalmente ese por venir no fuese tan distinto de lo anterior).

Lo liminal ha inundado la esfera cultural contemporánea en todas sus facetas. Obras de arte, música, cine y literatura son leídas a día de hoy desde su relación con lo liminal como categoría estética y emocional. Sin embargo, es quizá en la arquitectura donde esta condición se hace más evidente y tangible. Los espacios liminales se materializan como lugares de paso: no están concebidos para ser habitados en el sentido estricto, sino más bien para ser atravesados. Pasillos, vestíbulos y estaciones configuran escenarios que habitamos apenas en medio de un trayecto más largo. Son lugares en los que todas sentimos que hemos estado en algún momento, pero que difícilmente resultan memorables o distinguibles de los lugares que cumplen sus mismas funciones en otras latitudes.

Antes del último cambio de siglo aparecieron algunas aproximaciones a la arquitectura desde el pensamiento filosófico del espacio. En 1992, el antropólogo Marc Augé acuñó el término no lugar para referirse a espacios que las personas ocupan de manera transitoria y cuya identidad está marcada por su funcionalidad. En ellos, la actividad humana está fuertemente condicionada por sus instrucciones de uso, señalética y protocolos. En el no lugar, el sujeto se convierte en usuario o consumidor, ya sea de autopistas, centros comerciales o aeropuertos.

Por su parte, el arquitecto y filósofo Ignasi de Solà-Morales introdujo en 1995 el concepto terrain vague para definir aquellos espacios urbanos abandonados e improductivos que se sitúan en las periferias. A diferencia del no lugar, el terrain vague no está sobreregulado por una función, sino que se define precisamente por su indeterminación. Se trata de vacíos dentro de la lógica productivista, espacios abiertos a la posibilidad y a la apropiación informal, pero también marcados por la marginalidad y el abandono. 

Finalmente, en 2002, el arquitecto Rem Koolhaas publicó el ensayo Junkspace para criticar los abusos de la lógica del consumo en la arquitectura. Hiperabundancia, uniformidad y despolitización confirman, según Koolhaas, el fracaso de las utopias de principios del siglo XX. El Junkspace no tiene límites. No hay dentro ni fuera, principio ni final. Es un flujo interminable de zonas conectadas que mantiene controlada a la población dentro del sistema. Una arquitectura infinita y claustrofóbica, repleta de techos falsos, aire acondicionado, escaleras mecánicas y pasillos interminables.

En conjunto, junkspace, no lugar y terrain vague constituyen tipologías espaciales paradigmáticas de la contemporaneidad. A través de su diversidad, estos conceptos han contribuido a dar forma a la estética de los backrooms y a construir un marco teórico desde el cual entender lo liminal, revelando distintas maneras en que el espacio contemporáneo se configura como umbral, tránsito o suspensión.

En el próximo artículo, propondré un recorrido a través de obras y artistas que, desde distintos lenguajes y contextos, han sabido materializar esta condición de umbral. Si los conceptos no lugar, terrain vague y junkspace permiten comprender cómo la contemporaneidad ha producido espacios de tránsito e indeterminación, es en la práctica artística donde estas cualidades adquieren una dimensión sensible e inquietante. En este desplazamiento desde la teoría hacia la imagen, lo liminal deja de ser únicamente una categoría analítica para convertirse en la experiencia de lo desacogedor.

 

[Imagen destacada: Serafín Álvarez, Maze Walkthrough, 2014 (captura de pantalla). Cortesía del artista]

Rosa A. Cruz es una historiadora del arte y comunicadora cultural catalano-andalusí. Ha trabajado en el Museo d’Art Contemporani de Barcelona, en ADN Galeria y en la Universidad de Barcelona, donde formó parte del Grupo de Investigación AGI Art, Globalization, Interculturality. Le interesan especialmente las cuestiones sobre el doble, la psicología y el discurso biográfico. Actualmente, desarrolla una investigación sobre la intersección entre prácticas sexuales y artísticas contemporáneas.

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