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The Backrooms: lo siniestro en el espacio liminal

Magazine

05 mayo 2026
Tema del Mes: BackroomsEditor/a Residente: Rosa A. Cruz

The Backrooms: lo siniestro en el espacio liminal

Los backrooms son un género de terror de nuevo cuño que bebe de la estética del espacio liminal postcapitalista y de la anomia generalizada en la sociedad global actual. En su estética, la figura humana desaparece en gran medida para dejar todo el protagonismo a la arquitectura. Una arquitectura espaciosa, repetitiva y dotada de un sutil sinsentido, que resulta familiar a la par que inquietante. En estos lugares, el miedo no es provocado por un objeto concreto sino por su ausencia: una amenaza inidentificable que se experimenta a través de la ansiedad.

La arquitectura de los backrooms está compuesta por espacios desocupados, en mayor o menor estado de deterioro. No se trata de la ruina romántica que remite a un pasado lejano, sino de una arquitectura abandonada, aún funcional, que sume en una temporalidad suspendida a un sujeto condenado a deambular sin rumbo. En ellos aún pueden identificarse huellas de presencia humana, como luces eléctricas que permanecen encendidas. Esta cualidad se vincula con la kenopsia, concepto que describe la sensación melancólica, y a menudo perturbadora, de hallarse en un lugar habitualmente lleno de vida que ahora aparece desierto. En los backrooms, como en gran parte de la ciencia ficción, esta ausencia del Otro propicia su sustitución por criaturas extrañas que acechan sin llegar nunca a manifestarse del todo.

El inicio del género se sitúa en mayo de 2019, a partir de una publicación en un hilo de 4chan dedicado a imágenes perturbadoras. La imagen en cuestión mostraba un espacio interior con paredes cubiertas de papel amarillo, luces fluorescentes y suelo enmoquetado. El texto que la acompañaba describía “los backrooms” (ya aparece el término) como lugares fuera de la realidad en los que quedar atrapado. Desde entonces, esta estética se ha difundido viralmente a través de videojuegos, relatos y vídeos. En plataformas como Reddit, YouTube, Tumblr o TikTok, miles de usuarios comparten imágenes de pasillos, escaleras o aparcamientos vacíos. Así, escenarios cotidianos que en apariencia no muestran nada se han convertido en el relato de terror que define a toda una generación.

Los backrooms han sido clasificados, o denostados, como fenómeno creepypasta. Este término engloba un amplio conjunto de relatos de terror que circulan por internet a partir de su repetición y recontextualización, adoptando formatos múltiples bajo la premisa de estar malditos o poseer un origen inquietante. Aunque los backrooms sí se presentaron bajo esta categoría, su alcance va más allá. En este marco, la narrativa de los backrooms describe un espacio fuera de la realidad, al que se accede de forma involuntaria y repentina mediante un fenómeno conocido como noclip. Procedente del ámbito de los videojuegos, noclipping o “hacer noclip” designa la capacidad de atravesar paredes u objetos sólidos como si no existieran, algo que suele emplearse como herramienta técnica para explorar zonas inaccesibles dentro de un entorno virtual. Trasladado al imaginario de los backrooms, el noclip se convierte en una potente metáfora del error sistémico, una suerte de “fallo de Matrix” que sugiere la naturaleza simulada del mundo real. 

Este acceso abrupto no solo supone una transgresión de las leyes físicas, sino que puede interpretarse también como un acceso al inconsciente, en sintonía con lo que la psicología ha conceptualizado como katábasis. Tradicionalmente asociada al descenso del héroe clásico al inframundo, la katábasis ha sido reinterpretada como una inmersión simbólica en las capas más profundas de la psique, especialmente en contextos de crisis o desestabilización del sujeto. En este sentido, el entorno de los backrooms puede entenderse como una reformulación contemporánea de ese descenso iniciático: un espacio liminal que materializa la desorientación psíquica a través de una arquitectura distorsionada e inestable.

Más allá de su dimensión escénica, los backrooms pueden leerse como reflejo de una sociedad contemporánea profundamente atravesada por la irrupción del entorno digital y el consiguiente descrédito de la imagen como garante de verdad. En este contexto, la proliferación de simulacros, bucles visuales y espacios sin referente contribuye a erosionar la confianza en lo real, generando una sensación difusa de extrañamiento. De este modo, los backrooms trascienden la mera fenomenología de la leyenda urbana digital para articular un relato colectivo que atraviesa a una generación joven, especialmente marcada por la experiencia pospandémica. En ellos se reactiva un miedo atávico: la sospecha de que el mundo, despojado de finalidad y estructura, pueda revelarse como un espacio sin sentido.

En esta línea, diversas lecturas vinculan los backrooms con las lógicas de alienación propias del capitalismo tardío. La recurrencia de oficinas interminables y pasillos idénticos evoca entornos laborales dominados por la repetición y la despersonalización, donde la ilusión de continuidad infinita desorienta y diluye la agencia de los trabajadores. Estos escenarios evocan una arquitectura de la productividad sin fin, donde el sujeto queda atrapado en dinámicas circulares. Así, los backrooms pueden entenderse como la metáfora de un sistema económico que ha colonizado no solo el espacio físico, sino también el tiempo y la subjetividad. En este sentido, resulta especialmente sugerente la serie Severance, que explora la disociación entre vida laboral y personal a través de una estética de espacios corporativos cerrados, repetitivos y profundamente alienantes, en clara sintonía con el imaginario de los backrooms.

Los backrooms pueden vincularse también, y de forma especialmente elocuente, con la noción de “lo siniestro” (das Unheimlich) desarrollada por Freud, entendida como la experiencia desagradable de un objeto que se percibe como familiar y extraño simultáneamente. Se trata de una perturbación que no proviene de lo sobrenatural o fantástico, sino de la irrupción del trauma reprimido en el seno de lo cotidiano. En este sentido, lo siniestro se configura en el pensamiento freudiano como una fuente de ansiedad que emerge de la fricción entre lo visible y lo invisible. Los backrooms, con sus espacios reconocibles pero desprovistos de presencia y contexto, traducen este concepto a escenario.

Es precisamente a partir de lo siniestro que Freud plantea una “estética de la ansiedad” como producto de la experiencia de una tensión emocional negativa. Desde esta perspectiva, la creación artística se presenta como vía de escape para gestionar la ansiedad y la culpa. En su análisis, Freud subraya además la recurrencia de ciertos motivos asociados a lo siniestro: el doble, el espejo, la repetición, elementos que generan una profunda inestabilidad al poner en cuestión la identidad y la consistencia de lo real. En los backrooms, estas dinámicas se traducen en la reiteración de espacios idénticos, la imposibilidad de orientarse y la sensación de estar atrapado en un bucle sin salida, intensificando así la experiencia de extrañamiento y pérdida de sí.

Llegadas a este punto solo me queda insistir en que los backrooms son mucho más que un género de terror de moda en internet. Para mi, su potencia radica en que condensan algunas de las preocupaciones fundamentales del pensamiento contemporáneo: simulacro, liminalidad, alienación, desorientación y ansiedad. Se trata de un imaginario que, a mi entender, tiene poco que ver con lo gótico, o con el recién propuesto gótico institucional entendido como género de terror basado en la influencia del pasado sobre el presente. 

Entender la potencia de los backrooms implica valorar su vínculo con la psique colectiva contemporánea y su carácter liminal. En una época atravesada por incertidumbres estructurales abstractas, como la crisis climática, la inestabilidad económica o el advenimiento de la IA, el miedo ya no necesita encarnarse. Como ocurre en los backrooms, el miedo contemporáneo se experimenta como una presencia latente, ubicua, difícil de nombrar pero imposible de ignorar. Así, estos espacios no solo representan una estética de lo liminal, sino que condensan una sensibilidad histórica: la de un tiempo en el que habitar el mundo implica, cada vez más, transitar por escenarios que no terminan de ofrecernos ni refugio ni salida.

En esta búsqueda de una genealogía para la representación de la arquitectura con una dimensión marcadamente psicológica, este texto se plantea como una introducción que delimita el fenómeno de los backrooms, su contexto cultural y su impacto generacional. En las próximas entregas, desarrollaré con mayor profundidad el marco teórico que permite abordar estas imágenes y propondré un recorrido por artistas y obras que dialogan con este imaginario. El punto de partida serán los espacios liminales, entendidos como umbrales ambiguos donde se suspenden certezas y se desdibujan los límites de lo normativo.

 

[Imagen destacada: El popular meme de internet conocido como «The Backrooms» proviene de un edificio ubicado en 811 Oregon St., Oshkosh, Wisconsin, Estados Unidos, y fue tomado antes de una renovación. La imagen se publicó por primera vez en 4chan en 2011. En 2019, la fotografía se incluyó en la primera publicación que dio origen al mito de «The Backrooms». No fue hasta 2024 que se identificó de forma concluyente el verdadero origen de la fotografía. Autor Bill Magritz. Fuente: wikimedia]

Rosa A. Cruz es una historiadora del arte y comunicadora cultural catalano-andalusí. Ha trabajado en el Museo d’Art Contemporani de Barcelona, en ADN Galeria y en la Universidad de Barcelona, donde formó parte del Grupo de Investigación AGI Art, Globalization, Interculturality. Le interesan especialmente las cuestiones sobre el doble, la psicología y el discurso biográfico. Actualmente, desarrolla una investigación sobre la intersección entre prácticas sexuales y artísticas contemporáneas.

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