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Hay cuerpos que funcionan y cuerpos que interrumpen. Los primeros sostienen la coreografía invisible de lo cotidiano: producen, responden, se adaptan, encajan. Los segundos, en cambio, introducen una fricción que no siempre sabemos nombrar. No es solo una cuestión de diferencia o diversidad, sino de desajuste. Algo en ellos no termina de plegarse a la lógica que organiza el espacio, el tiempo y la mirada. En el contexto de las prácticas escénicas contemporáneas, estos cuerpos no aparecen como sujetos a integrar, sino como fuerzas que desordenan la propia idea de escena. Lo que está en juego no es quién puede estar, sino bajo qué condiciones un cuerpo llega a ser legible, visible o incluso pensable.
Gran parte de las prácticas que hoy se agrupan bajo el término “inclusión” siguen operando dentro de un marco que rara vez se cuestiona. Se trata de ampliar los límites de la escena para que más cuerpos puedan entrar en ella, pero sin alterar las condiciones que definen qué significa estar en escena. Se incorporan nuevas presencias, pero se mantienen intactos los criterios de legibilidad: claridad, coherencia, control, capacidad de respuesta. La inclusión, en este sentido, funciona como una operación de ajuste. No transforma la estructura: la ensancha.
Sin embargo, hay prácticas escénicas que no trabajan en esa dirección. No buscan hacer que ciertos cuerpos funcionen dentro de la escena, sino dejar que su presencia ponga en crisis la propia escena. En lugar de corregir el desajuste, lo sostienen. En lugar de reconducir el gesto, lo escuchan. En ese desplazamiento, lo que aparece no es una escena más amplia, sino otra escena.
La escena, lejos de ser un espacio neutro, está atravesada por una lógica que excede lo artístico. Una lógica que organiza qué cuerpos resultan eficaces, qué tiempos son aceptables, qué formas de atención cuentan como presencia. No se trata solo de una cuestión estética, sino de una economía del cuerpo: producir sentido con claridad, sostener una acción reconocible, responder dentro de un marco previsible. Esa coreografía invisible no pertenece únicamente al ámbito escénico; es la misma que regula lo cotidiano. La escena no hace más que intensificarla. En ese marco, el valor del cuerpo se mide —de forma más o menos explícita— por su capacidad de responder, de sostener, de estar disponible para la lectura del otro.
Cuando un cuerpo no responde a esa lógica, no aparece como alternativa, sino como interrupción. No se sitúa frente a la norma, simplemente no se pliega a ella. Repite cuando se espera variación, se detiene cuando se exige continuidad, desplaza el tiempo cuando todo parece orientado al resultado. Recuerdo una situación en la que, en medio de una secuencia colectiva, una persona permanecía completamente inmóvil. No había error visible ni ruptura explícita: simplemente no entraba. Mientras el resto avanzaba, ese cuerpo sostenía una quietud que no respondía a ninguna consigna reconocible. La escena continuaba, pero algo dejaba de encajar.
Desde fuera, la tendencia era integrar, corregir, hacer que esa presencia se sumara al flujo general. Pero al no intervenir, esa quietud empezó a reorganizar la percepción del conjunto. Ya no se trataba de un cuerpo que no hacía, sino de un cuerpo que desplazaba el sentido de lo que ocurría. La atención se fracturaba, el ritmo se tensaba, la escena dejaba de ser homogénea.
Desde una mirada entrenada en la corrección, ese cuerpo no funciona, pero si la intervención se suspende, si la necesidad de ajuste se detiene, empieza a hacerse visible otra organización, otra forma de presencia. En ese punto, la pregunta deja de ser qué le ocurre a ese cuerpo y se desplaza hacia otro lugar: qué tipo de escena necesita que todo sea legible para poder sostenerse. Lo que estos cuerpos ponen en juego no es una falta, sino un límite. Señalan hasta qué punto hemos naturalizado una única forma de estar, de moverse y de aparecer, y, al hacerlo, abren una fisura en la relación entre cuerpo y valor.
Porque el problema no es solo escénico, la equivalencia entre cuerpo válido y cuerpo productivo atraviesa gran parte de la organización social contemporánea. Un cuerpo que no responde, que no optimiza, que no se adapta con fluidez, queda fácilmente fuera de los marcos de reconocimiento. En ese contexto, las prácticas escénicas que sostienen el desajuste no están simplemente representando otra realidad: están interviniendo en ella. No añaden diversidad a una estructura existente, sino que desactivan, aunque sea momentáneamente, la lógica que la sostiene.
Quizá por eso estos cuerpos resultan incómodos. No porque sean radicalmente distintos, sino porque hacen visible lo que la norma necesita ocultar: que la forma en la que organizamos el movimiento, el tiempo y la atención no es natural, sino construida. Y, por tanto, transformable.
No vienen a ocupar un lugar en la escena. Vienen a alterar las condiciones que hacen posible ese lugar.
Imagen: “Sinapsis. Danza Inclusiva y Artes Performativas”, proyecto seleccionado por Art for Change de “la Caixa”. Museo de Arte Contemporáneo de Alicante. Fotografía: @oncemusas.
Luis Martínez López es creador escénico, docente e investigador en prácticas performativas e inclusión. Su trabajo se sitúa en la intersección entre arte, pedagogía y pensamiento corporal, explorando la escena como un espacio de investigación donde el cuerpo no representa, sino que produce conocimiento. Desarrolla proyectos escénicos y pedagógicos en contextos diversos, especialmente vinculados a la diversidad funcional, donde investiga otras formas de presencia, relación y creación. Es autor de varias publicaciones sobre cuerpo, escena e investigación performativa y creador del podcast Entre Bambalinas y Otras Herejías, un proyecto narrativo sobre figuras que desbordaron las normas de la escena. Actualmente desarrolla su trabajo en el Centro Infanta Leonor (Alicante), centro especializado en personas con trastorno del espectro autista.
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)