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Magazine

27 enero 2020
Después de la superstición

Aldo Urbano

La ambigüedad hecha reina

y el mundo con una máscara

infinita,

aterrorizadora y fascinante,

magnética

como un objeto que procura la muerte.

 

Me empezaba a perseguir pero lo hacía con

una lentitud torpe, con la mirada idiota, y

aunque yo huía más rápido al final él siempre

terminaba alcanzándome, y eso era lo más

terrorífico del sueño. Me he despertado y

alguien estaba en la cocina llena de luz, y le

he explicado el sueño. Perseguirnos así,

lenta pero inexorablemente, es lo que hace

la noche a través del día.

 

Los niños que piden que la noche no llegue,

pero la noche siempre llega, aunque les

persiga con pasos lentos y ellos todavía

puedan correr, al final siempre llega.

 

La noche, su llamada ancestral a la barbarie,

a la subida de las fiebres, como si la

oscuridad las ayudase a conjurarse para

vencer al cuerpo, y con esa pérdida llegasen

las pesadillas de todo tipo que a la luz del día

harán sonreír pero ahora tienen poder

porque están en su lugar y lo ocupan todo.

 

Con la noche el horror se hace creíble, pero

es mucho peor cuando ese horror demuestra

que puede sobrevivir perfectamente a la

claridad de un sábado como aquel.

 

El sábado era radiante y triste, y envuelto en

una especie de euforia anfetamínica.

 

En el mercado, como siempre, me vi atraído

por el objeto con el aura maléfica. Llego a la

parada y lo único que veo es eso. Todo el

resto carece de interés y parece haberse

invisibilizado ante la repentina presencia

irresistible del objeto que voy a comprar, el

objeto maligno y maldito. Era un corazón de

nácar con una puerta negra en medio, y dos

aves oscuras a su alrededor como dos brazos

abiertos.

 

El suelo refulgía como si en su fondo

hubiesen anidado hace tiempo, y ahora ya

hubiesen crecido, una manada de demonios

hambrientos, formas espectrales recorridas

por el fuego a las que hice lo posible por

ignorar. Y es que eso ya no importaba

porque allí estaba ella, la joya maligna y

blanca, transformándose a mis ojos con la

rapidez de una tormenta tropical. Supe que

hubiese cambiado todo lo que había

conseguido por tenerla. También supe que

no había salvación para alguien que era

capaz de pensar eso, y aunque había

empezado a sufrir me sentía como drogado;

una droga que la ensalzaba a ella y a mí me

confundía, como un animal venenoso

atacándose a sí mismo.

 

Vivir en esa contradicción de desear lo

maldito y, a la vez, ser infinitamente

supersticioso y rechazarlo. El tendero nota

esa ambivalencia y eso me asegura conseguir

un buen precio en el regateo, y es que

aunque lo estoy queriendo poseer a la vez

quiero alejarme de él.

 

Todo es una amalgama de sentimientos

contrapuestos, oscuridad y dulzura, eso es lo

que nos atrae, que algo nos asquee de un

modo nuevo.

 

Cuando pasan cosas así entiendo que el

mundo para mí nunca estará limpio.

 

Ahora, dejándome inundar por este

sentimiento sin esperar realización de

ningún tipo, como un adolescente que se

deja inundar por algo que ha visto y no

puede pensar en sí mismo ni en las

consecuencias y se sabe vivo y muerto,

sobrepasado por un espectro que ha tomado

su cuerpo y que de ese momento en

adelante hará con él lo que le plazca. Y

mientras no dejo de soñar con secuestros, y

mis secuestradores, que en el sueño son

indiferentemente mujeres jóvenes o viejas,

u hombres encapuchados, son estos

sentimientos que vagan por el mundo

errantes en busca de un cuerpo al que

habitar, y ahora han encontrado el mío y soy

su rehén hasta que a ellos les plazca.

 

Cómo los últimos meses han sido un

progresivo irse rindiendo a esta cosa.

 

Que un objeto esté habitado por un

sentimiento funesto, una voluntad de doler.

 

Antes de entrar en casa con el objeto

envenenado he terminado deshaciéndome

de él. Y me he sentido liberado, liberado de

una forma que me ha dado pena, como si en

los últimos meses me hubiese habitado un

demonio que me hacía llorar y caer en

éxtasis que se prolongaban hasta cuando a él

le apetecía y, de repente, éste me

abandonase súbitamente y me dejase

vagando vacío por las calles, como un

fantasma perdido.

 

Aldo Urbano Perez (1991). En su trabajo arma enigmas cuyo sentido último se le escapa, muy especialmente, a sí mismo. A través de la pintura, investiga los mecanismos de la percepción en busca de una experiencia renovadora, creando instalaciones en las que una vivencia de este tipo pueda ser posible. Su trabajo deriva también hacia el dibujo y la escritura, con los cuales adopta formas narrativas cercanas al cómic en las que la ironía y el humor pueden estar presentes.

Ha mostrado su trabajo individualmente en espacios como Bombon Projects (Barcelona, 2017), EtHall (Barcelona, 2018) o la Galería Balaguer (Barcelona, 2016), y ha colaborado en dúo en muestras como el programa Composiciones del Barcelona Gallery Weekend o "Assumpte: una forta intuïció" (MNAC, 2018). Ha recibido el premio GAC al artista emergente 2018, la beca Guasch Coranty 2014 y la beca de edición de la Sala d'Art Jove, con la cual publicó el cómic "Un bosque cuyo incendio se ha extinguido".

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27 enero 2020

Después de la superstición

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