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Magazine

junio
Telurismo

David Armengol

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la gente que se siente conectada a un determinado lugar. No me refiero a una cuestión identitaria o nacionalista, sino más bien a un sentimiento contrario. Me atraen las personas ligadas simbólicamente a sus territorios, ya sea porque vivan en ellos, ya sea porque los anhelan y los evocan desde otros lugares. No lo puedo evitar. Me seduce todo aquello que tenga que ver con la comunión emocional entre las personas y los lugares. Supongo que todo esto tiene que ver también con ciertos intereses en el paisaje, y en la naturaleza.

Cuando A*Desk me propuso encargarme de la editorial del mes de junio de 2020, la pandemia no había llegado aún a nuestras vidas. Estábamos a inicios de enero, y yo me avancé proponiéndoles lo telúrico como tema del mes. Empecé a pensar entonces en aquellas personas que, quizás, se podían sentir afines, y me puse en contacto con ellas para invitarles a escribir. Hablé con Anna Dot, artista, caminante e investigadora del lenguaje; con Rafel G. Bianchi, también artista, y alguien con el que aprendo sobre la tenacidad y la repetición del gesto artístico; con Alexandra Laudo, comisaria con la que comparto la pasión sobre la narratividad en arte; con Alex Gil, polipoeta y productor de cintas de casete del underground local; y con Jordi Mitjà, para mi – le guste o no a él – el artista telúrico por excelencia. Todos aceptaron con gusto. Y mis sugerencias e indicaciones fueron mínimas. Conocía las caminatas de las “octavianas” que Anna Dot y otras personas estaban realizando desde el verano de 2019, la obsesión de Bianchi por la pista de atletismo de Olot, la fascinación de Alexandra Laudo sobre la obra literaria y artística de Irene Solà, el conocimiento pasional de Alex Gil sobre el contexto de la música local en Barcelona, y no podía imaginar que todo esto no lo cerraran las palabras de Jordi Mitjà. En definitiva, charlamos un poco y la propuesta fue sencilla: ¿te sumas a hablar un poco de telurismo?

En esencia, nada ha cambiado entre el momento que recibí el encargo y el momento en que los textos se han ido publicado. Aunque todo es distinto, puesto que todas las personas que formamos parte de esta editorial de junio hemos escrito sobre “la influencia del suelo de una comarca sobre sus habitantes” (esa es la definición de telurismo que da la RAE) bajo las condiciones del confinamiento, o justo en sus primeros momentos de desescalada. En cualquier caso, hablar de intensidades casi místicas con el lugar sin poder salir de casa, afecta a cualquiera. Quizás, ese radio de acción acotado a lo doméstico, a lo íntimo, ha sobredimensionado nuestra conexión con los lugares en los que actuamos, puesto que los echamos de menos.

Mi relación con el territorio, y por tanto con lo telúrico, siempre viene determinada por una mirada desde el arte contemporáneo, aunque esa misma mirada suele necesitar salir del arte e irse a otros ámbitos, como la música o la literatura, también incluidas en los capítulos de esta editorial. Y lo digo porque, desde el arte, muchas veces envidiamos el movimiento, el ritmo frenético de trabajar en múltiples lugares, cada vez más lejanos, cada vez más importantes. Ampliar nuestros radios de acción como motor de avance. Y sobre esto, he de decir – aún confinado cuando escribo – que mi perspectiva del tema cambió hace unos años a raíz de leer El narrador [1] de Walter Benjamin. En dicho ensayo, dedicado al escritor ruso Nikolái Leskov y a su modo de narrar desde la vivencia, Benjamin afirma que el germen de la narración se encuentra tanto en la figura del viajero como en la del campesino. De hecho, Benjamin nos dice: “« Cuando alguien realiza un viaje, puede contar algo», reza el dicho popular, imaginando al narrador como alguien que viene de lejos. Pero no con menos placer se escucha al que, honestamente, se ganó su sustento sin abandonar la tierra de origen y conoce sus tradiciones e historias. Si queremos que estos grupos se nos hagan presentes a través de sus representantes arcaicos, diríase que uno está encarnado por el marino mercante y el otro por el campesino sedentario.”

Cuando leí esto por primera vez no me sentí tan atraído por el campesino sedentario – aquel que no abandona su tierra de origen y conoce sus tradiciones e historias – pero, poco a poco, fui entendiendo mejor su concepción, y la verdad es que ahora me siento muy próximo. Y en este sentido, mi aproximación a lo telúrico tiene que ver directamente con esa pertenencia, admiración y conocimiento sensible de un determinado lugar. Quedarse y conocer el lugar no es poca cosa. Más allá de sus formas de expresión, siempre algo cercanas a lo místico, lo espiritual, lo simbólico, sentir las energías telúricas implica un alto nivel de complicidad con el lugar, y de eso han tratado estos cinco capítulos.

Durante el confinamiento, he leído Los trazos de la canción [2] de Bruce Chatwin, y ahí reside uno de los ejes centrales de mi devoción telúrica. No puedo imaginar una idea más preciosa en relación al territorio que la creencia de los aborígenes australianos. “Los mitos aborígenes de la Creación hablan de los seres totémicos legendarios que deambularon por el continente en el Tiempo del Ensueño, cantando el nombre de todo lo que se les cruzaba por delante – pájaros, animales, plantas, rocas, charcas – y dando vida al mundo con su canción”. De hecho, el nomadismo de los aborígenes tuvo y tiene que ver con esa canción ancestral, que es a su vez un mapa y una partitura, y por tanto un sistema de orientación y reconocimiento.

A su vez, durante este tiempo he ido repasando algunos casos de personas especialmente marcadas por la carga telúrica de ciertos lugares; en definitiva, personas que forman parte de territorios, y territorios que forman parte de personas. Y, sin ninguna ambición más allá de un consumo individual, sin orden alguno, y realmente sin voluntad investigadora, he ido recuperando algunas aproximaciones telúricas que, creo, ahora pueden servirnos como acompañamiento a los textos de este mes. Pienso por ejemplo en el libro La montaña viva [3] de Nan Shepherd, escritora escocesa que dedicó gran parte de su vida a conocer y a escribir sobre las montañas donde nació, la cordillera de los Cairngorms, en la zona norte oriental de Escocia, o en las novelas de Kent Haruf, escritor estadounidense que siempre situó sus relatos en pequeñas comunidades del estado de Colorado. Pero también pienso en la filmografía de Robert Guédiguian, centrada en Marsella, su ciudad natal, y escenario de historias en las que básicamente suelen aparecer los mismos actores. Y me viene a la mente el trabajo del artista galés Bedwyr Williams, que en algunas de sus propuestas intensifica y reivindica su condición galesa en el contexto del arte británico. Y, claro, pienso en Caro Diario de Nanni Moretti, y en “Stranizza d’amuri”, esa maravillosa canción en siciliano de Franco Battiato. Y me entran ganas de escuchar a Calexico, que, quizás, por vivir en Tucson, Arizona, a 90 kilómetros de la frontera mexicana, han conseguido un sonido mestizo que no podría hacerse en otro lugar. Y de Calexico salto a la canciones de Miquel Serra, que al escucharlas me dan ganas de ser mallorquín.

Al fin y al cabo, la visión que puedo ofrecer sobre lo telúrico tiene que ver con esa pasión entre las personas y los lugares. Tiene que ver con disfrutar de un modo especial cuando alguien, al hablar, sin tan siquiera pretenderlo, hace hablar al lugar. Insisto en que hacer hablar al lugar no es un objetivo, ni una función, sino algo que simplemente sucede, y que, quizás, como ocurre con las energías de la tierra, solo sienten algunos. Diría que, en esta colección de textos, ese “hacer hablar al lugar sin pretenderlo” pasa de diferentes modos. Pasa a través de varillas y péndulos que reaccionan a las fuerzas subterráneas, o mediante un cuadro que intenta captar el presente de un paisaje propio e ideal, o desde el análisis de un relato fragmentado vivido en un lugar dotado de magia, o a partir de constatar la región telúrica que concentra una tienda de discos de tu barrio. Y acaba con un artista perdido en un bosque cercano que, al encontrar la salida, descubre allí la intensidad de su oficio.

 

 

 

[1] Walter Benjamin. El narrador. Editorial Metales Pesados, 2008.

[2] Bruce Chatwin. Los trazos de la canción. Ediciones Península, 2018

[3] Nan Shepherd. La montaña viva. Errata Naturae, 2019.

Tema del Mes

David Armengol (Barcelona, 1974) es comisario independiente y combina su práctica curatorial con otras actividades paralelas como la gestión cultural y la docencia. Le interesa especialmente la música, la naturaleza y el relato, pero desde el ámbito del arte contemporáneo. Es decir, no sabe tocar ningún instrumento, no es un gran aventurero y no domina el arte de narrar. En cierto modo, le basta con que sus pasiones sonoras, paisajistas y narrativas convivan en el formato de una exposición. Por eso siempre piensa en artistas.

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