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Veronica Valentini: En el marco de Infraestructuras de la Relación, desplazamos la atención de la institución como forma fija hacia la infraestructura como algo que condiciona y sostiene los modos de trabajar conjuntamente. ¿Qué se hace perceptible cuando abordamos el trabajo cultural a través de las condiciones materiales, temporales y afectivas que hacen posibles las relaciones?
Antonia Alampi: Lo que se hace perceptible es el trabajo que hace posible el trabajo cultural: el dinero, el tiempo, los espacios, las negociaciones y las formas de cuidado que sostienen una colaboración, a menudo sin aparecer en su relato público. El programa de una institución solo nos explica una parte de cómo funciona. Observar su infraestructura hace aflorar otras preguntas: quién puede permitirse participar en ella, qué ritmos determinan un proceso, quién sostiene una relación y quién asume la incertidumbre cuando los recursos o los compromisos se acaban.
Mi implicación en estas cuestiones es anterior a Spore. Se desarrolló a través del trabajo en organizaciones como Beirut (en el Cairo) y SAVVY Contemporary, y a través de Future Climates, junto con iLiana Fokianaki. Estas experiencias me hicieron prestar atención a cómo se sostienen las organizaciones culturales, también mediante formas de trabajo y compromisos personales que sus presupuestos rara vez reconocen. En Spore, decidí formar deliberadamente un equipo compuesto en gran parte por personas con experiencia en la organización independiente a pequeña escala, a menudo en condiciones precarias. Ahora trabajábamos con un presupuesto estable, un espacio construido específicamente para este propósito y la posibilidad de planificar a más largo plazo. Este cambio hizo especialmente concreta la pregunta de para qué sirve, en realidad, la estabilidad institucional.
Las condiciones materiales determinan aquello que las personas pueden pedirse unas a otras. Disponer de los recursos necesarios para pagar el trabajo, apoyar la coordinación local o poner un espacio a disposición de los demás modifica las posibilidades de una colaboración. También cambia quién puede entrar y cuánto tiene que sacrificar para mantenerse en ella. Para nosotros/as, esto implica preguntarnos qué pueden hacer posibles los recursos de Spore más allá de su propio programa: cómo pueden circular el dinero, el espacio, la visibilidad y el acceso institucional; cómo podemos apoyar proyectos allí donde ya están arraigados; y cómo pueden iniciativas más pequeñas utilizar nuestra infraestructura manteniendo su propia identidad y capacidad de decisión.
El tiempo forma parte de esta distribución. Un compromiso más largo puede permitir que las personas se conozcan, cuestionen una propuesta inicial o cambien de rumbo a medida que cambian las circunstancias. Da a una colaboración el espacio necesario para desarrollar formas que no habrían podido ser especificadas desde el principio. Pero la duración, por sí sola, no hace que una relación sea significativa. También está el trabajo de volver a ella, escuchar, aclarar expectativas y atender a los malentendidos. Es aquí donde las condiciones afectivas se vuelven tangibles: en si las personas se sienten libres de discrepar, expresar incertidumbre o decir que algo ya no funciona. Una financiación estable puede apoyar estas condiciones; la confianza, sin embargo, debe construirse a través de la manera en que nos comportamos.
Esto también plantea una cuestión sobre las propias expectativas de la institución. A veces, el papel más significativo de Spore es facilitar, acompañar o acoger: ayudar a hacer posible algo sin necesidad de ser su autor/a, poseerlo o situarnos en el centro. La distribución, por tanto, tiene que ver con la autoridad y la atención tanto como con el dinero: dónde se toman las decisiones, dónde tiene lugar la producción, quién es el público al que se dirige y qué continúa estando a su disposición una vez finaliza un programa. Berlín puede ser un punto de encuentro, un lugar de circulación o un espacio de acogida dentro de estas relaciones.
Abordar el trabajo cultural a través de la infraestructura hace más visible la distancia entre nuestros compromisos y nuestras formas cotidianas de organización. Podemos hablar de reciprocidad mientras pedimos a los demás que se adapten continuamente a nuestros plazos, o valorar el cuidado mientras dejamos sin reconocer el trabajo necesario para mantener las relaciones. Disponer de recursos estables nos hace más responsables a la hora de atender estas distancias. Nos pide entender la institución a través de las condiciones que crea para que otras personas puedan trabajar, participar y determinar qué sucede a continuación.

AA: La continuidad no se crea simplemente alargando un proyecto durante muchos años. Se construye a través de una atención constante: volver a ello, recordar lo que se ha dicho, reconocer cuándo han cambiado las condiciones y permitir que una colaboración se desarrolle a su propio ritmo.
En Spore, cada vez pensamos más en las alianzas como trayectorias. Pueden comenzar con un encuentro o con un periodo de diagnosis mutua, avanzar a través de talleres o pequeñas actividades piloto y, finalmente, dar lugar a una herramienta cultural, una exposición, un proceso de aprendizaje o una red más amplia. La forma deriva de la relación. Esto implica dejar suficiente espacio para que el propósito y el resultado de una colaboración puedan emerger a lo largo del proceso.
Esto también afecta a la manera en que entendemos los momentos de gran visibilidad, como las exposiciones. Una exposición puede concentrar la atención, pero es la infraestructura la que permite que esa atención se transforme en relación. Sin una continuidad posterior, la intensidad del momento público puede desaparecer con la misma rapidez con que se ha producido.

AA: Para mí, la reciprocidad no significa un intercambio simétrico. Los socios aportan conocimientos situados, lenguas, historias políticas e infraestructuras comunitarias que no se pueden medir a partir de una única escala institucional. El hecho de aportar financiación no nos da derecho a determinar qué debería producirse ni cómo debería circular el conocimiento de otra persona.
Trabajamos para desarrollar procesos codiseñados, con criterios, plazos y responsabilidades compartidos, partiendo de aquello que nuestros colaboradores quieren que el trabajo sostenga. Una cuestión central es dónde permanece su valor: si las herramientas y los procesos que apoyamos son útiles allí donde surgen, quién decide cómo circulan y qué puede continuar existiendo más allá de nuestra implicación. Berlín puede ser un punto de encuentro dentro de este intercambio, sin convertirse en el lugar donde el trabajo adquiere su legitimidad.
Estas formas de organización no eliminan las asimetrías, pero hacen que estén más abiertas a la negociación. La reciprocidad también nos exige cambiar nuestras prioridades, nuestros plazos y el uso de nuestros recursos en respuesta a nuestros socios. Esto es lo que significa para mí ser una institución dispuesta a aprender.

AA: Una herramienta cultural parte de la pregunta sobre el uso: ¿quién la necesita?, ¿qué puede transmitir?, y ¿cómo puede continuar circulando una vez ha pasado su primer contexto?
Las publicaciones, los materiales pedagógicos, los juegos, las grabaciones y las obras audiovisuales pueden contener formas de conocimiento que no encajan fácilmente en una exposición o en un único evento. Pueden transmitir lengua, memoria, historia oral, observación ecológica y métodos prácticos entre generaciones y territorios. Su vida depende de si las personas pueden traducirlos, adaptarlos, utilizarlos para enseñar, cuestionarlos y reutilizarlos.
VV: En este trabajo, la accesibilidad, la reciprocidad y la dignidad no son valores suplementarios, sino condiciones integradas en la manera en que se organiza el trabajo. ¿Cómo se aplican estos principios en la práctica cotidiana, y qué tensiones emergen cuando se tratan como elementos estructurales y no simplemente como aspiraciones?
AA: Estos principios adquieren sentido a través de decisiones cotidianas. En Spore, los programas públicos son gratuitos. Tenemos en cuenta la traducción, la comida, los desplazamientos, los cuidados de los niños, la accesibilidad física, los horarios, la lengua y los diferentes niveles de familiaridad con las instituciones culturales. Intentamos crear diversas maneras de acercarse a una cuestión: una conversación altamente teórica puede coexistir con un juego para niños, un taller de jardinería, una comida o un encuentro informal. La accesibilidad no exige simplificar la complejidad de un tema. Significa crear más de un umbral a través del cual las personas puedan encontrarse con él.
La acogida es central en todo esto.
Es una metodología curatorial y una redistribución de la capacidad institucional, actualmente liderada por mi compañero y director adjunto, Mohammed Abdallah. Significa ofrecer espacio, tiempo, comunicación, apoyo técnico y confianza, sin asumir automáticamente la autoría sobre aquello que sucede allí. También significa aceptar que otras personas utilizarán el edificio de una manera diferente a nosotros, llevarán sus propias comunidades, alterarán sus ritmos y estéticas y plantearán cuestiones que quizá no hayan surgido dentro de nuestro propio programa.
La dignidad tiene que ver con cómo son recibidas las personas, con si pueden reconocerse como usuarias legítimas de la institución y con si son capaces de rechazar, discrepar o cambiar de opinión. Para mí, la reciprocidad significa preguntarnos continuamente qué hace posible una relación para cada una de las personas que participan en ella, y no solo qué produce para Spore.
Estos compromisos generan tensiones porque los recursos y las capacidades son finitos. Facilitar el acceso y acoger implica trabajo, y este trabajo puede volverse invisible o distribuirse de manera desigual dentro de un equipo.
Entender, por tanto, estos principios como elementos estructurales exige tomar decisiones. A veces tenemos que reducir el número de actividades, ralentizar un proceso, renegociar su escala o decir que algo no se puede sostener. La transparencia es importante en este punto. El cuidado sin límites puede convertirse en agotamiento; la apertura de miras sin estructura puede reproducir las mismas desigualdades que pretende abordar.
Son prácticas de ajuste continuo. Requieren que prestemos atención a quién asume el coste de una decisión y que cambiemos de rumbo cuando nuestras formas de organización entran en contradicción con los valores que defendemos.

AA: La casa de Spore, diseñada por los arquitectos de AFF en estrecha conversación con el fundador Hans Schöpflin, fue concebida como una ecología de espacios interconectados: un programa público, una biblioteca, un jardín de aprendizaje regenerativo, una cocina, un estudio, espacios expositivos, un atrio y un auditorio. La relación entre los espacios es más significativa que cualquier función individual.
Antes de dejar Spore, el cofundador Osvaldo Sánchez trabajó rigurosamente en el interior del edificio y en su mobiliario. La intención era crear la sensación de un hogar más que un espacio cultural corporativo. Esto puede percibirse en las diferencias entre las salas, en la presencia de obras de arte fuera de las exposiciones y los programas formales, y en un mobiliario que conserva las huellas del uso, la reparación y la creación individual.
La arquitectura establece umbrales. Comunica quién es esperado, qué tipos de comportamiento son posibles, si se puede permanecer en un lugar sin tener que consumir y si un niño, un vecino, un jardinero, un artista o un investigador puede reconocer en él un espacio propio. La acogida es, por tanto, una práctica tanto arquitectónica como relacional. Una sala puede estar físicamente abierta y, sin embargo, seguir siendo socialmente inaccesible; son la mediación y el uso los que transforman el espacio en relación.
El atrio es especialmente importante para mí. Lo he concebido como algo parecido a una plaza italiana: un espacio común donde diferentes generaciones pueden pasar tiempo juntas, a veces haciendo cosas distintas y a veces formando parte de un evento compartido. Puede acoger danza, música, performances, mercados, comidas colectivas, talleres y celebraciones, pero también es simplemente un lugar donde permanecer mientras Spore está abierto.
Esto es especialmente significativo para las familias que tienen dificultades para encontrar lugares donde poder pasar tiempo con los niños (especialmente durante el invierno berlinés) sin que se les pida consumir algo. En lugar de una fuente en el centro de nuestra plaza, tenemos un gran sofá, donde la gente se sienta, conversa y descansa, y donde los niños inevitablemente suben y saltan.
La biblioteca tiene su propio programa, dirigido por Mariela Nagle, y su propia vida dentro de esta ecología. Tiene un fuerte enfoque en los álbumes ilustrados multilingües y multigeneracionales, especialmente en libros de pequeñas editoriales de todo el mundo. Su colección incluye libros en árabe, farsi, ucraniano, polaco, portugués, español y muchas otras lenguas, junto con publicaciones centradas en prácticas ecológicas, trabajo comunitario, saberes indígenas, cuerpo-territorio y pedagogías alternativas. La colección crece a través de nuestro programa y de nuestras alianzas: cada relación puede aportar nuevas lenguas, historias, prácticas editoriales y maneras de leer al espacio.
El jardín regenerativo, cultivado y cuidado por Mikhail Lylov y por toda una comunidad de plantación formada por vecinos, también es más que una ilustración de un programa ecológico. Es una comunidad vegetal cambiante, modelada por las estaciones y por la sucesión ecológica. En su centro hay un circuito de retroalimentación entre el suelo y las comunidades vegetales. A través de la jardinería, el compostaje, el trabajo en favor de la biodiversidad, el intercambio de semillas y el cultivo de alimentos, se convierte en un entorno compartido de aprendizaje, mientras que sus necesidades cambiantes nos enseñan como institución sobre el mantenimiento, la interdependencia y formas de tiempo que no se pueden acelerar para adaptarlas al calendario de un programa.
Estas proximidades son importantes. Alguien puede entrar a través de un taller para niños conducido por Joao Albertini y encontrarse con una exposición; un grupo de lectura puede dar lugar a una publicación; una actividad en el jardín puede abrir una conversación sobre la tierra, la salud o la migración; un encuentro organizado a través de Spore Hosts (Spore acoge) puede generar relaciones que continúen en otros lugares. La coherencia no proviene de hacer que todas las actividades aborden el mismo tema. Proviene de maneras de trabajar compartidas: la atención a la tierra, a los conocimientos materiales y culturales, a las historias de desposesión, a la justicia ecosocial, al aprendizaje colectivo y a las condiciones en las que se produce y circula el conocimiento.
El edificio también aprende. Su uso pone de manifiesto aquello que la arquitectura original no había previsto, y los programas transforman la manera en que se habitan los espacios. En este sentido, Spore no es una institución acabada alojada dentro de un edificio acabado. Es una institución en proceso de aprendizaje: una configuración en evolución de espacios, personas, plantas, objetos, recursos y responsabilidades, capaz de dejarse transformar por las relaciones que acoge.
Antonia Alampi es directora artística y cofundadora de Spore Initiative, una plataforma dedicada a prácticas artísticas y culturales arraigadas en la justicia ecosocial, el trabajo comunitario y el intercambio de conocimientos. Como organizadora cultural, curadora y directora, ha trabajado a través de diversas disciplinas y geografías, colaborando con organizaciones socialmente comprometidas, políticamente conscientes y estructuralmente precarias.
Fue codirectora artística de SAVVY Contemporary en Berlín (2016–2020), formó parte del equipo curatorial de sonsbeek20➜24 y se desempeñó como curadora en Extra City Kunsthal, Amberes (2017–2019), y en Beirut, El Cairo (2012–2015). Más allá de los cargos institucionales, su labor abarca proyectos culturales, investigaciones y publicaciones centrados en la creación de instituciones, la educación alternativa, las prácticas intergeneracionales y las perspectivas descoloniales en diversos contextos locales. Asimismo, se dedica a la docencia, la escritura y las conferencias públicas. Madre de dos hijas, reconoce que ellas —y la experiencia de la maternidad— han moldeado profundamente su trayectoria profesional.
Fotografía: Victoria Tomaschko
Veronica Valentini es curadora, educadora e investigadora. Entiende la práctica curatorial como un ejercicio relacional que escucha los contextos, coreografía afectos, saberes y cuerpos diversos, y cultiva vínculos hacia nuevas formas de estar y hacer juntas.
Es fundadora y directora de EMMA y cofundadora y codirectora de BAR Project, plataforma que actualmente desarrolla la programación expositiva, pública y educativa en HAUS–Espai d’art i pràctiques contemporànies. Desde 2022, es responsable de los programas internacionales de residencias y redes de investigación de Hangar, en Barcelona. Como miembro fundadora y mediadora de Concomitentes en España desde 2018, ha impulsado proyectos como Diversorium. Artes vivas y espacio de convivencias, presentado en festivales de música y clubes nocturnos de Barcelona, así como en París, Stuttgart y Estocolmo, y en el marco de Manifesta. Actualmente desarrolla Parlamento del Mar, un proyecto que articula ciencia y ciudadanía para prototipar nuevas formas de gobernanza ecológica en el territorio marino y social de la Barceloneta.
En 2014, fue una de las comisarías de la segunda Bienal CAFAM de Pekín, con On Ambiguity and Other Forms to Play With. Ha comisariado exposiciones y desarrollado programas públicos, educativos y de residencias; ha participado en jurados e impartido talleres y conferencias en numerosas escuelas de arte e instituciones españolas e internacionales. Entre sus publicaciones se encuentran Bailando la diversidad. Gestos y afectos para el encuentro entre cuerpos diversos (Bartlebooth, 2024) y Reciprocidad. Las prácticas institucionales y artísticas como metáforas del micelio (Ajuntament de Terrassa, 2026).
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)