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04 marzo 2019
Triunfar en vano, no. De connivencia [1] Km 0 y estraperlo simbólico

Lucía Egaña Rojas - Jara Rocha

Un vano -hueco o luz- en una construcción o estructura puede referirse a cualquier apertura en una superficie compacta. La densa compactación del entramado patriarcal a escala local es fácilmente identificable al vivenciar las formas de funcionamiento de sus instituciones, y el reparto de cargas en el seno de las mismas. El vano no es un vacío, sino la posibilidad de medir la distancia entre los apoyos de un elemento estructural. El racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia, el edadismo, el capacitismo o el especismo son elementos estructurales que marcan distancias respecto a la experiencia de solidez de las vidas que merecen la alegría de ser vividas.

 Constantemente ves y eres parte de malas prácticas institucionales. Prácticas profunda y mundanamente nocivas. La mayoría de las veces no haces ni dices nada. Antes pensabas que era sólo miedo a la exposición pública; luego entendiste que había parte de autocuidado. Ojalá nos dotásemos de dispositivos de erradicación de culpa. A menudo estas malas prácticas son sostenidas por sujetos con bastante legitimidad institucional (más que la tuya en cualquier caso), y otras veces suceden por simple inercia: las malas prácticas forman parte del paisaje más mediocre. La legitimidad funciona también como un pasaporte de lujo que da acceso a los espacios de poder, es decir, produce sujetos aptos para circular por estructuras de poder. En las instituciones contemporáneas hay en activo una tupida red de estraperlo de capital simbólico y social. Se podría decir que el capital simbólico opera como silenciador del abuso que ejerce quien lo ostenta. Seguramente su praxis está doblemente avalada: por una legitimidad en distintos niveles (casi siempre un varón cis, europeo y blanco, heterosexual y doctor en algo, aunque también podría ser una mujer blanca y delgada, suficientemente hetero, suficientemente femenina…), y por una connivencia de toda su red social y profesional. La legitimidad de sus rasgos hegemónicos y la hegemonía que rasga las comunidades son dos de los elementos que hacen que esa mala praxis se naturalice y se incorpore… convirtiéndola simplemente en una praxis más. Una praxis “normal”.

Posible desenlace n° 5

Pasaste a formar parte activa en uno de los lobbies feministas más influyentes. Escribiste, junto a otras compañeras que admirabas, informes para organismos internacionales en torno a gestión cultural desde miradas antipatriarcales. Crees que aportas algo a la humanidad desde estructuras reconocidas, pero ya olvidaste lo que significa “bajar las prácticas culturales a tierra”.

 Las puertas de las instituciones son arcos de triunfo: producen el espectáculo local y autocelebratorio de comunidades triunfantes al invitar e incentivar el paso ligero de quien solo callando pertenece. Al atravesarlos, los muros afirmarán que ahí todo lo hacen “para la transformación social”.

 Al comienzo, nadie hacía demasiado caso: la corteza de las praxis naturalizadas era gruesa y rígida. A base de repetición, aquellas formas de estar en el mundo se habían convertido en comunes. Las capas de sedimento de las praxis naturalizadas parecían incluso el suelo que necesitábamos para seguir caminando juntas. Si la agujereabas, te arriesgabas a perder el suelo. Algunas personas temían perder su trabajo en caso de posicionarse. Otras dijeron preferir trabajar su daño individualmente, en sesiones terapia. Y cuando intentaste comunicar el malestar que generaron y acumularon los patrones de comportamiento de cierto cretino, fuiste tachada de exagerada, desconfiada, malintencionada, oportunista, feminazi, resentida, o simplemente desubicada. Entonces la institución también replicó/amplificó/reprodujo la mala praxis: negó el conflicto, silenció y aisló a las denunciantes, sugirió que se trataba de luchas de poder, retrasó cada giro comunicativo, no fue transparente con respecto a las herramientas de gestión del poder, etc. Siguió, básicamente, sedimentando formas en la corteza tectónica del patriarcado institucional.

¿Quién se puede permitir hablar o cuestionar una gestión institucional? ¿Por qué canales, con qué lenguaje, con qué estrategias, en qué términos, con qué audiencia/interlocución, etc.? ¿Quiénes, sin embargo, jamás sintieron que podrían permitírselo?

Posible desenlace nº 4

Te convertiste en varón. Y de ahí, en una de las voces de referencia de las nuevas masculinidades. Todos se hicieron feministas: se abrió un nicho importante que permitía, finalmente, ser feministos a los varones. Las editoriales más molonas se colaron en tu inbox, y elegiste un sendero literario para limpiarte de aquellas denuncias.

Podríamos abrir grietas, pero querríamos también atravesar vanos. No vanos diseñados para celebrar el triunfo de los sirs de la marca cultural de la ciudad, sino aperturas recuperadas para celebrar la potencia afirmativa de luchas interseccionadas. La potencia de las luchas de atravesamiento de muros institucionales que por su componente simbólico para algunos lucen como arcos de triunfo listos para ser celebrados.

Buscas juntarte con otras personas que puedan entender y compartir tus críticas. Hablar de un problema te convierte en el problema. Te acabas juntando con otras en la cafetería de un museo, o de una universidad. En las cañas de después de una conferencia. La voluntad (naïve) de esos encuentros es reunir vuestras fuerzas trans-institucionales para trabajar de forma explícita con casos de acoso, abuso de poder o gestión cultural opaca. Pensáis que aliándoos entre un grupo de personas con distintos tipos de vinculación institucional, vais a activar algo. Os sentís tan responsables como capaces, y ahí aparece el delirio: fantaseáis con un taller, un encuentro con una feminista antirracista de reconocida trayectoria (para)académica, la producción de un fanzine, una web de denuncia grupal o una serie de acciones directas, como hacer pintadas en la puerta de la institución en la que trabaja una persona abusiva. Las puertas de las instituciones condensan statements ideológicos. Podrían rozar el purplewashing. Las puertas de las instituciones siguen siendo arcos de triunfo: siguen produciendo comunidades triunfantes al invitar e incentivar el paso ligero sólo de quien si sigue callando, sigue perteneciendo. Imagináis producir herramientas de autodefensa institucional. Os preguntáis si hablar de burocracia feminista es un oxímoron. Pero al mismo tiempo no sabéis si estáis empoderadas, un poco desubicadas o directamente locas.

Posible desenlace nº 3

No sabes cómo pero asumiste la dirección de ese museo. Fuiste la única mujer dirigiendo un espacio cultural en Barcelona durante algunos años. Ahora, por cubrir cuotas, dirigen dos mujeres más y una persona de género fluido.

Posible desenlace nº 1

Decidiste abandonarlo todo, te fuiste a una plataforma en mitad del Atlántico a cultivar verduras. A veces haces serigrafía o escribes algún fanzine sobre autogestión de la salud. Nunca más quisiste saber nada más del mundo del arte. Viviste para siempre en una comunidad eco-rural flotante.

El hueco que dejan los cuerpos cuando se retiran de una estructura. La luz que atraviesa la mirada de alguien que ya no puede no ver las violencias.

Si se tratara de una acusación de abuso sexual probablemente la institución convocaría a otra empresa (la institución ha dejado de enunciarse como “institución pública”, echando mano de su porcentaje privado; en general muchas instituciones cuentan con financiación mixta, lo cual permite el uso estratégico de una u otra condición) para externalizar la investigación. Contratarían a una empresa experta en prevención de riesgos laborales. Te imaginarías apagando al agresor con un extintor. Esta empresa exigiría confidencialidad. Limitaría sus preguntas al espacio físico del museo, y reduciría el caso a un “mero conflicto laboral entre dos personas”. Todo esto es frustrante: los esbirros tecnócratas contratados para la ocasión simplemente cumplirían con su deber, con lo que está escrito en el reglamento. La institución operaría como el espacio de despliegue de la banalidad del patriarcado. Desde la lógica legalista se resolvería que no hubo abuso. Su jurisprudencia contribuiría a confirmar que, con estos procedimientos, de hecho, nunca lo habrá. De eso se trata: la justicia patriarcal, en todas sus escalas y formas administrativas, se dedica a borrar abusos sin cese. El agresor se sentiría sin embargo dañado por la acusación, y querría reparar su imagen pública. Pensaría en tomar medidas legales. Planearía publicar algo al respecto, quizás un libro acerca de nuevas masculinidades. O sesudas excusas acerca de cómo los discursos del común están ideológicamente afectados por ciertas conductas pueblerinas que él como hombre naturaliza y cree que arrastrará para siempre. Y así todo el rato.

Si se tratara de un abuso de poder, la institución ni siquiera externalizaría el conflicto. Se acabaría casi antes de empezar. El abuso es un paisaje cotidiano: no habría nada de qué hablar. O si lo hubiera, acaso sería en la consulta de una terapeuta, tal como si fuese un abuso sexual. Como un tipo de terapeuta, la abogada laboralista experta en género recomienda procesos de reparación no legalistas, acciones directas y al margen de la ley.

En cualquiera de los dos casos, es probable que la institución explicitase su voluntad de diseñar un protocolo propio ante agresiones de diversa índole: sexuales, machistas, racistas, homófobas, capacitistas, edadistas y clasistas. La institución haría impresiones del protocolo en hojas tamaño din A4 y lo pegaría en puertas y pasillos, difundiendo sus carteles a través de instastories, quizás publicando unos tweets. Contradiciendo su silencio, el silenciamiento impuesto, y a pesar de los papeles din A4 y de la corrección política manifestada por redes sociales, en la institución se sigue amedrentando a mujeres (“trabajas mal”) o excluyendo a migrantes (“los proyectos de investigación son solo para nacionales”).

Posible desenlace nº 6

Las secuelas psicológicas y físicas del burn out de todo el proceso de denuncia se hicieron sentir de forma sostenida. Gastasteis gran parte de vuestros sueldos y cajas de resistencia en terapias durante muchísimos años. Perdiste el curro, organizaste kafetas y acabaste haciendo performances.

Acarrear capital simbólico de un lado a otro de las estructuras. Extraer, inyectar legitimidad de arriba hacia abajo. Estraperlo patriarcal y colonial cuando el arco que para algunos es un monumento al triunfo y un reconocimiento a su supervivencia, para otras es un checkpoint o una aduana de materialidad rugosa, pegajosa, hiriente, excluyente o directamente incapacitante. Ni techos de cristal ni de cabeza contra el muro: las luchas transfeministas en Barcelona serán autolegitimantes o no serán. Abren vanos, luces, huecos en las instituciones que siguen al cuidado y defensa de tantos agresores.

Ya habrás dudado de lo que significa la palabra “reparación”, de si puede existir esa noción en algunos contextos. De si no patologizará de partida algunas vidas y vivencias, bloqueando su devenir hacia otras formas de estar en el mundo. Quizás hayas entendido mal toda tu vida qué implica reparar. Habrás continuado dudando.

Posible desenlace nº 7

Fundasteis un proyecto cultural en condiciones de autolegitimación. Una institución; o mejor: una extitución. Una colectiva editorial, por ejemplo.

Una amiga tuya, que está directamente afectada por el abuso, renuncia a la institución. La institución se muestra sorprendida y apenada (¿sienten algo, los órganos sin cuerpo de las instituciones?). Tus sentimientos son selectivos: sientes pena por esta pérdida pero también rabia ante la acusación de abuso que motiva la renuncia de tu amiga. Mientras las otras trabajadoras se organizan para reclamar, la institución se muestra al fin indignada por lo que percibe como un “chantaje”. Durante el conflicto renuncian algunas personas y el acusado renueva su cargo asumiendo más atribuciones que las que nunca tuvo. El protocolo diseñado no se aplica: si el agresor se renueva, la agresión institucional se renueva. El arco de triunfo del patriarcado se reconstruye sistemáticamente, a base de la celebración de las victorias más mundanas y cotidianas. O por medio de la celebración de la cultura del silencio y/o el disimulo.

Colegas profesionales de la red de afinidad mostraron apoyo e implicación en la lucha, sobre todo por email o mensajería instantánea. También en persona, pero no públicamente. En general sienten que su percepción del conflicto es parcial y que no cuentan con información de primera fuente como para posicionarse públicamente. O tienen miedo a perder sus delicados equilibrios como miembros del precariado cultural de Barcelona. ¿Puede leerse esto como connivencia o es simplemente autocuidado? En todo lees un tono de derrota y ocultamiento.

Posible desenlace nº 2

Tuviste dos hijos y estos temas, sencillamente, dejaron de interesarte. Formaste parte de un cine-club mucho tiempo, convencida de que las prácticas culturales cotidianas y la visibilidad de quienes las practican no deben asumirse como correlativas.

Así se yergue un arco. De qué triunfo, del triunfo ante qué o sobre qué. No son puertas que definan el dentro-fuera. Son estructuras que determinan las condiciones semióticas y materiales de lo que se considera triunfante para cierta comunidad, en cierto territorio, y sometida a ciertas normas de gobernanza. Arcos de triunfo hay por todas partes. Arcos de triunfo moleculares nos constituyen. Las genealogías que pretenden que alarguemos no son más que largos paseos bajo sus robustos arcos. Las herramientas de innovación totalitaria no son más que puntales para el sostén de sus alturas.

Te han escrito invitándote a dar una charla a un centro de arte, dentro del marco de un seminario internacional sobre poder y gobernanza en Barcelona. Te pagarán 200 euros (impuestos incluidos) y, aunque no eres autónoma, debes entregar una factura electrónica. Escribes a algunas amigas para colectivizar la situación (no lo de la factura, sino el encargo). Quisieras presentar algo con una voz desindividualizada, pero la institución quiere una aportación al uso: una persona sola, presentando (ojalá en catalán o inglés) un tema puntual, ante una audiencia silenciosa. Insistes tanto que finalmente se te ofrece presentar el texto en un encuentro con 30 estudiantes de Bellas Artes. No te gusta pensar que vuestra expresión será “reducida” a una audiencia delimitada por su pertenencia a un centro oficial de estudios artísticos. Sugieres entonces no hacerlo tú e invitar a una serie de personas y/o colectivos que nunca serían convocadas a ese encuentro a puerta cerrada para desbordar a las 30 estudiantes. Es una forma de hacer parcialmente evidente el funcionamiento de la política de puertas cerradas y muros amortiguados. Piensas en personas que no suelen atravesar esos muros por las atmósferas que habitan, los roles que despliegan, sus lugares de origen o colores de piel, los lenguajes que hablan y cómo los hablan, las edades que tienen, las formas que usan, etc.  La mayoría de estas personas, evidentemente, se niegan. No les interesa participar de ese espacio, siquiera como “preguntantes”. Prefieren hablar de poder y gobernanza en otros contextos. Poner ellas mismas las condiciones. En definitiva, eres tú la tentacularizada por las cimas de cierta institucionalidad cultural blanca y heterosexual contemporánea, la misma que te exige ser tú (o tú, por ejemplo), con tu nombre, tu apellido, tus credenciales simbólicas y tu cuerpo allí. Todo vertical y contenido, todo norma. Empezando por ti misma. Una foto fija para capturar los modos de reproducción del carácter euro y andro-céntrico del entramado institucional de (también) la cuidad donde vives y haces: Barcelona.

[1] En este texto, que está sumamente inspirado o afectado por algunas ideas de Sara Ahmed, utilizamos “connivencia” como una posible traducción del vocablo inglés “complicity” ya que en castellano la palabra complicidad tiene unas acepciones positivas que no se presentan en inglés y que no corresponden al concepto que plantea la autora. Esta forma de traducir la palabra ha surgido en la pausa de la primera sesión del Grup de Lectura Académica Feminista, realizado en enero del 2019 en Barcelona. Además, es importante señalar que parte de los argumentos y sensibilidades desplegados en este texto se han gestado así, en colectivo, a lo largo de riquísimas conversaciones y una sesión de estudio con un grupo de afines en los últimos meses. También hay una breve remezcla de este artículo de Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Vano. Puedes copiar, circular y reutilizar este material, pero sin fines comerciales ni institucionales.

(Imagen destacada: Origen de la imagen: http://forum.woodenboat.com/archive/index.php/t-220716.html)

Lucía Egaña Rojas
feminismo, basura, pornografía, low-fi, escritura, software libre, imagen, tarot, sexo, internet, video, hacking, sexualidad, sudaka, transfeminismo, género, ciclismo urbano, DIY, arte, tecnofilia, tecnofobia, esoteria, tiempo real, residuos, collage, handpoke palabras, errorismo, spanglish.

Jara Rocha es agente cultural en interdependencia con otras. Por ejemplo, junto con Femke Snelting, actualmente cuida del proyecto "Possible Bodies", con Nicolas Malevé investiga las promesas de los algoritmos de visión artificial, con Xavier Gorgol y Kym Ward estudia los mecanismos somatopolíticos de producción de la voz en la serie de talleres "Vibes & Leaks", y con Laura Benítez y Helen Pritchard tensiona la noción de reparación parcial escribiendo "queer analytics" con respecto a experiencias de daño. A menudo trabaja con políticas y estéticas inscritas en las infraestructuras y la logística de masas textuales, tendiendo a atender las urgencias semiótico-materiales de las culturas presentes con una sensibilidad trans*feminista. Y prueba formas no formales de aprendizaje en situaciones colectivas como el Seminario
Euraca, Teaching to Transgress, Relearn Summer School, o The Darmstadt Delegation.http://jararocha.blogspot.com/

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