close

En A*DESK llevamos desde 2002 ofreciendo contenidos en crítica y arte contemporáneo. A*DESK se ha consolidado gracias a todos los que habéis creído en el proyecto; todos los que nos habéis seguido, leído, discutido, participado y colaborado. En A*DESK colaboran y han colaborado muchas personas, con su esfuerzo y conocimiento, creyendo en el proyecto para hacerlo crecer internacionalmente. También desde A*DESK hemos generado trabajo para casi un centenar de profesionales de la cultura, desde pequeñas colaboraciones en críticas o clases hasta colaboraciones más prolongadas e intensas.

En A*DESK creemos en la necesidad de un acceso libre y universal a la cultura y al conocimiento. Y queremos seguir siendo independientes y abrirnos a más ideas y opiniones. Si crees también en A*DESK seguimos necesitándote para poder seguir adelante. Ahora puedes participar del proyecto y apoyarlo.

Spotlight

24 septiembre 2026
Rogelio Salmona, escaleras

Sobre patrimonio y luz

Dentro de todos los desastres que parecen acumularse día tras día en las noticias, ya sea en forma de escombros, cenizas, lodo y, sobre todo y más triste aún, cadáveres —que se apilan sin cesar—, hay una noticia que, si no fuera por la visibilidad que buscan las redes sociales donde fue publicada, seguramente habría pasado sin pena ni gloria. Un post en Instagram del 30 de agosto de 2026, publicado por la oficina de diseño deconama.estudio —que según su página web “combina funcionalidad, historia y estética”—, mostraba con orgullo cómo en uno de sus últimos proyectos habían “tumbado”, en sus propias palabras, las escaleras que formaban parte del diseño original de una obra residencial del arquitecto Rogelio Salmona.

Rogelio Salmona es, sin lugar a dudas, uno de los mayores referentes de la arquitectura en Colombia y América Latina. Su manejo del ladrillo se convirtió en uno de los rasgos más reconocibles de una obra que abarca proyectos de vivienda, edificios públicos, museos y bibliotecas. Pero reducir su arquitectura al ladrillo sería quedarse en la superficie. En ella son igualmente fundamentales el recorrido, el agua, la relación con el paisaje y, especialmente, la manera en que la luz aparece y desaparece a medida que se atraviesan sus espacios.

Según explican en el video, el “oscuro” apartamento necesitaba, además de una habitación más amplia, destruir las escaleras originales para, como dice la voz en off, cambiarlas por unas “más livianas, contemporáneas”. Entre los materiales seleccionados está el vidrio, que, según se nos explica, “conecta los espacios”. Aquí cabe preguntarle a la diseñadora: ¿qué hace entonces una escalera si no es conectar? Con la intervención, continúa la voz, el apartamento se sentiría “mucho más luminoso, abierto y ligero”.

Si bien este post no es diferente a tantos otros en los que se promociona algún servicio en poco más de un minuto, es precisamente en la ligereza de ese formato donde se asoma un síntoma preocupante. Más que un ataque aislado, es un campanazo fuerte y claro de cómo las academias de arquitectura y el mercado inmobiliario actual están fallando a los nuevos profesionales; enseñandoles, quizás, más a hacer publicidad a partir de eslóganes vacíos que a reflexionar sobre la práctica de la arquitectura. Una praxis que debería comenzar por el reconocimiento intenso del entorno y del contexto; por una preocupación auténtica, sensible y profunda por lo que significa el oficio de construir, pero también por el respeto hacia aquello que ya ha sido construido y que representa no sólo un legado, sino recursos, tiempo y conocimiento que debemos tener en cuenta.

Esta desfiguración, no sólo de una escalera sino de la coherencia interna de una obra de Rogelio Salmona, evoca inevitablemente su conocida relación crítica con Le Corbusier, en cuyo estudio trabajó durante varios años. Le Corbusier había visitado Bogotá por primera vez en 1947 y posteriormente desarrollaría el Plan Piloto para la ciudad, un proyecto en el que Salmona participó desde el atelier de París. Al igual que en otros planes urbanos del maestro franco-suizo, como el Plan Voisin para París, la ciudad existente era descartada para abrir paso a sus ideales modernos de transformación, circulación, apertura y luz.

Para Le Corbusier, la modernidad —otra palabra que en su momento cargaba un peso similar al que “contemporáneo” tiene hoy para tantos diseñadores— implicaba una nueva manera de habitar. Tanto en sus planes urbanos como en sus “máquinas de habitar”, abrir vistas, permitir la entrada del sol y establecer una nueva relación entre interior y exterior fueron elementos doctrinales. La luz se convertía así no sólo en una condición física, sino en la representación de una promesa de progreso implacable.

Pero esta asociación entre luz y progreso es bastante anterior a las vanguardias del siglo XX. En el siglo XIX, la transformación de París emprendida por el barón Haussmann abrió grandes avenidas, perspectivas y espacios públicos allí donde antes existía una trama de callejuelas estrechas. La nueva ciudad mejoró infraestructuras, parques y circulación, pero su construcción supuso también la demolición de miles de edificios e historias. La modernización iluminaba unas cosas mientras hacía desaparecer otras. Podríamos decir que cada acción impositiva de iluminar produce también su propio lado oscuro. Una dialéctica que Jacques Tati inmortalizaría en su film Mon Oncle.

Cuando los cambios se llevan a cabo alimentados por el ego de quien cree que la novedad es un valor por sí mismo —y no el resultado de una negociación respetuosa con lo preexistente—, se terminan desfigurando legados que después cuesta enormemente recuperar. Es la diferencia entre intervenir en un diálogo para adaptar a las necesidades actuales e intervenir para imponer. En esto, la historia de la arquitectura nos ofrece un episodio incómodo pero esclarecedor.

Entre 1926 y 1929 Eileen Gray diseñó y construyó, junto a Jean Badovici, la casa E.1027 en Roquebrune-Cap-Martin. Frente a la rigidez teórica de la época, Gray concibió esa vivienda a la orilla del mar como un organismo vivo, atendiendo cuidadosamente al viento, al sol y, de manera muy especial, a la intimidad y los sentidos de quien la habitaba. Años después, Le Corbusier, fascinado por el espacio y amparado en su idea de que aquellos muros blancos debían ser “espiritualizados”, pintó —desnudo— una serie de ruidosos murales abstractos sobre las paredes de la casa sin consultar a Gray. Ella, que había diseñado cada rincón para el recogimiento, consideró aquella intrusión visual un acto de vandalismo. El episodio es una advertencia que trasciende lo puramente legal para instalarse en lo ético. Intervenir no significa necesariamente comprender, y habitar u operar una obra ajena tampoco concede el derecho a silenciar la intención original de quien la creó.

Porque la luz, en la gran arquitectura, funciona de otra manera. Algo iluminado intensamente deberá, por lógica, producir una sombra igualmente profunda. Quien maneje bien la luz sabrá trabajar también la penumbra, algo que Rogelio Salmona dominaba con maestría. Una de las cualidades de sus edificios es precisamente ese misticismo de la penumbra, de la luz que se anuncia desde lejos y acompaña una secuencia de espacios que se van descubriendo a ritmo pausado, algo que Salmona aprendería también de sus visitas a la Alhambra. Circulaciones extensas, transiciones que invitan a la contemplación y cambios de altura que desarrollan una narrativa del habitar, es decir lugares recogidos que desembocan en salones imponentes. Al destruir la sólida escalera y transformarla en un elemento transparente a punta de vidrio y luces led, se aniquila el misterio del recorrido.

No son estas líneas un intento por sacralizar o museificar de manera ingenua el patrimonio privado. La decisión sobre qué merece conservarse y qué puede adaptarse a los tiempos actuales es compleja. El derecho a una vivienda digna y habitable es innegable, y mirar hacia adelante demanda cambios. Sin embargo, la arquitectura posee una doble dimensión, porque es propiedad privada, pero también es cultura compartida.

Lo que trae a debate este pequeño acontecimiento —que seguramente se repite a diario a puertas cerradas— es un problema de fondo, es la alarmante idea de que los derechos de propiedad y el poder adquisitivo otorgan una potestad absoluta para desmantelar la memoria estética de una sociedad. Cuando compramos una pieza de valor histórico, nos convertimos en sus custodios, no en sus destructores. Es una discusión que excede los límites de la arquitectura y alcanza todos aquellos recursos de los que ella vive; los bosques, las quebradas, el aire y el paisaje. Ese mundo que habitamos por derecho, pero que no nos pertenece.

Es la misma lógica de aquellos que, desde la cubierta de sus megayates, asumen que su posición les da derecho a privatizar el horizonte que se ve desde la playa, olvidando que hay bellezas cuya única propiedad legítima es la mirada de los demás.

Rogelio Salmona, escaleras

«Antes y después de las escaleras diseñadas por Rogelio Salmona, que fueron demolidas durante la remodelación del apartamento. Foto: Captura de pantalla de video compartido en redes sociales.

Roberto Uribe retrato

Roberto Uribe-Castro es un artista y arquitecto colombiano afincado en Berlín. Formado en Arquitectura en la Universidad de los Andes de Bogotá y en Estrategias Espaciales en la Academia de Arte de Weißensee de Berlín, su práctica investiga las relaciones entre historia colonial, espacio público, memoria colectiva y formas contemporáneas de extracción y control territorial. A través de archivos, paisajes e infraestructuras, traza conexiones entre América Latina, África y Europa. Fue fundador de CALLE22 en Bogotá y cofundador de CC Berlin, plataformas dedicadas al espacio público, la memoria y las prácticas artísticas y arquitectónicas de compromiso social. Su investigación actual se centra en los regímenes de imagen coloniales, la litografía, las economías extractivas y las historias culturales transatlánticas que vinculan a Sudamérica, África y Europa.

Media Partners:

close
close
"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)