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Spotlight

25 junio 2026
Arab media Lab. Middle Eastern and North African Avant-Garde

Más allá de la legitimación

Comisarios occidentales, vanguardias de Oriente Medio y Norte de África: la lucha por narrarnos a nosotros mismos

Existe un particular cansancio compartido por muchos artistas, cineastas, músicos, programadores y comisarios de Oriente Medio y el Norte de África. No es únicamente el agotamiento provocado por la censura, la falta de financiación o la fragilidad institucional. Es la fatiga de ver cómo la propia realidad es constantemente interpretada, encuadrada, traducida y legitimada por otros. He convivido con esa sensación durante años; primero como artista y después como comisario, programador, fundador de iniciativas independientes y como alguien que se mueve constantemente entre Marruecos y Europa.

Cuando empecé a comisariar proyectos y más tarde desarrollé Arab Media Lab en Marrakech, no me limitaba a organizar proyecciones o exposiciones. Comisariar significaba construir relaciones entre imágenes, memoria, poesía, espiritualidad, tecnología y experiencia vivida.

Un comisario crea una forma de ver.

Creía que el video arte, la experimentación digital y el cine alternativo podían convertirse en herramientas de transformación dentro de nuestras propias realidades en Oriente Medio y el Norte de África. No queríamos importar la vanguardia como un mero ornamento; queríamos incorporarla a nuestros propios ritmos, heridas, sentidos del humor, sueños y contradicciones.

Esa visión se materializó en el Arab Media Lab y, más tarde, en el Festival Digital de Marrakech. Sin embargo, muy pronto me topé con una verdad incómoda. Y es que normalmente, las narrativas sobre nuestra región ya se estaban construyendo en otros lugares antes de que nosotros entrásemos en escena.

Autoridad para enmarcar

Mi malestar respecto a muchos comisarios occidentales que trabajan sobre Oriente Medio y el Norte de África nunca fue por resentimiento. Muchos son personas inteligentes y generosas que amaban sinceramente la región. El problema era más profundo.

Incluso con las mejores intenciones, muchos llegaban con una visión heredada, es decir, la memoria colonial, las imágenes producidas por los medios de comunicación, la antropología, los relatos geopolíticos y las persistentes fantasías sobre Oriente. Una y otra vez tenía la sensación de que nuestras realidades eran traducidas antes de ser escuchadas. En Europa, los comisarios especializados en arte árabe y de Oriente Medio solían tener una enorme autoridad simbólica. No se limitaban a seleccionar obras; configuraban la manera en que sociedades enteras se hacían visibles internacionalmente. Había ciertos patrones imposibles de ignorar. El silencio se convertía en algo radical. La pobreza se transformaba en una estética. La ambigüedad espiritual se volvía experimental. Las realidades ordinarias adquirían el estatus de vanguardia una vez recibían la validación institucional.

El problema no era la apreciación.El problema era la mediación.
Con demasiada frecuencia no llegábamos directamente. Llegábamos a través de la interpretación.

La trampa de la autenticidad 

Una de mis experiencias más dolorosas ocurrió cuando presentaba mis propias obras de video y nuevos medios en contextos internacionales. En aquel momento creía profundamente en la universalidad y me resistía a reducir mi trabajo a cuestiones identitarias. Sin embargo, algunos comisarios e incluso artistas amigos me decían:

«Ese no eres tú, Aziz».

Nunca olvidaré esa frase porque esconde otra en su interior, «Ya hemos decidido quién se supone que debes ser».

Esta es una de las contradicciones más profundas a las que se enfrentan muchos artistas árabes y norteafricanos. En el momento en que tu trabajo se aleja de los temas esperados, como el conflicto, la migración, la religión, el folclore, el trauma, el exilio o las políticas de identidad, su legitimidad comienza a ponerse en duda.

A los artistas occidentales se les suele conceder la libertad de moverse dentro de las tradiciones formales y conceptuales de la abstracción moderna y contemporánea, así como de la ambigüedad, la intimidad, la metafísica y la experimentación formal, sin tener que explicar sus orígenes, mientras que a los artistas árabes constantemente se les empuja a volver a la figuración.

Al artista occidental se le concede la universalidad. Al artista árabe se le devuelve una y otra vez a su origen.

El conflicto como moneda cultural 

En 2008 fui invitado por el Festival Internacional de cine de Berlin, Berlinale Talent Campus para impartir una conferencia sobre arte digitale y nuevos medios en el mundo árabe. Durante los debates, un productor alemán me comentó que mis películas probablemente no interesarían al público occidental porque Marruecos «no tenía ningún conflicto».

Me quedé atónito.

Aquella afirmación revelaba involuntariamente toda una economía subyacente al discurso cultural, donde el conflicto se había convertido en una moneda de cambio cultural. La guerra, la ocupación, la migración, el extremismo, el trauma, la dictadura o el exilio son temas inmediatamente legibles a escala internacional. Las obras que abordan el humor, la espiritualidad, el amor, el aburrimiento, la vida cotidiana o la experimentación formal suelen recibir mucha menos atención.

Es casi como si ciertos públicos no estuvieran buscando el arte en sí mismo, sino un acceso geopolítico a través del arte.

Poco a poco, los artistas empiezan a sentir la presión de representar la crisis para poder existir. La amistad, la ambigüedad, la lentitud, la interioridad y la existencia ordinaria desaparecen. En otras palabras: la humanidad en toda su amplitud.

Marruecos, la lengua y la jerarquía invisible 

Cuando regresamos a Marruecos, esperábamos crear espacios donde los lenguajes artísticos contemporáneos pudieran sugir de las realidades locales en lugar de depender de modelos intelectuales importados. E intentamos precisamente eso a través de Arab Media Lab.

Sin embargo, pronto descubrimos que aquello que se consideraba sofisticado o vanguardista seguía ligado a estructuras francófonas heredadas y a determinadas formas de autoridad cultural. Lo que incomodaba a ciertos círculos no era únicamente nuestro trabajo. Era el hecho de que estábamos intentando recuperar nuestra propia imagen de forma directa, sin intermediarios.

La posición norteafricana

El Norte de África ocupa una posición extrañamente inestable.

Demasiado árabe para Europa.
No lo bastante oriental para las narrativas árabes dominantes.
Demasiado contemporáneo para ser folclórico.
Demasiado local para convertirse en una marca global.

Internacionalmente se nos agrupa bajo la etiqueta «Oriente Medio y Norte de África». Sin embargo, la legitimidad de la vanguardia sigue asociándose a las instituciones occidentales o a los centros intelectuales históricos del Mashreq. Como si la experimentación perteneciera de forma natural a otros lugares.

Incluso dentro de espacios culturales árabes, los artistas norteafricanos sienten a veces la necesidad de ser validados desde el exterior antes de ser reconocidos localmente. Una de las heridas más profundas del colonialismo es que enseña a las sociedades a delegar su confianza cultural.

Comisariar desafíando el mapa

A medida que me involucraba más en la práctica curatorial, comenzó a surgir otra pregunta, ¿puede sobrevivir un lenguaje curatorial independiente de las agendas institucionales?

En 2003, mi difunto amigo Abu Ali —Toni Serra, artista y director de OVNI en Barcelona— y yo mantuvimos una conversación con un influyente comisario occidental implicado en la construcción del relato internacional sobre nuevos medios en el arte árabe contemporáneo. Lo que nos preocupaba no eran las obras seleccionadas, sino el modo en que toda una región se cartografiaba a través de narrativas predeterminadas. Parecía que el arte árabe contemporáneo solo existía cuando las instituciones lo nombraban, lo archivaban y lo validaban. Décadas de experimentación clandestina, video arte pirata, redes informales y formas de resistencia artística corrían el riesgo de desaparecer simplemente porque las estructuras de poder no las habían documentado.

TRANSARAB surgió como respuesta a esa situación, seguido por VIDEOKARAVAAN y posteriormente por ARAB MEDIA LAB. No como gestos de resentimiento, sino como una defensa de la pluralidad y del derecho de las culturas a narrarse a sí mismas.

Mas allá del expolio: recuperar la procedencia de los relatos

La cuestión de la representación no puede separarse de la historia.

Los museos occidentales siguen llenos de objetos extraídos durante la expansión colonial. Pero quizás se se extrajo algo más: la autoridad para narrar.

No solo se desplazaron los objetos.
También se desplazó la interpretación.
Se desplazó la memoria.
Se desplazó la legitimidad histórica.

No tiene sentido que la descolonización siga siendo un eslogan de moda. Exige reconstruir archivos autónomos, lenguajes curatoriales, crítica, memoria artística y confianza cultural.

Proyectos como Arab Media Lab intentaron contribuir, modestamente, a ese esfuerzo. Y no fue rechazando el diálogo con el mundo, sino insistiendo en que las prácticas artísticas de Oriente Medio y el Norte de África pueden pensar, archivar, teorizar y experimentar por sí mismas.

Hacia una dignidad cultural 

El futuro de la producción cultural en el Norte de África y Oriente Medio no puede depender únicamente de la validación externa.

El objetivo no es el aislamiento. El objetivo es la dignidad.

Una relación cultural sana permitiría que artistas, comisarios e instituciones se definieran a sí mismas sin necesidad de pasar previamente por una autorización externa. Reconocería que la universalidad no pertenece exclusivamente a Occidente.

La lucha más profunda no tiene que ver con la visibilidad.
Tiene que ver con la autoría.

¿Quién habla?
¿Quién encuadra?
¿Quién valida?
¿Quién explica?
¿Quién define lo que es sofisticado?
¿Quién construye la memoria?
¿Quién posee la imagen?

Mientras no se aborden estas cuestiones con sinceridad, muchos artistas de la región seguirán sintiendo la misma incomodidad silenciosa: la sensación de ver cómo sus realidades solo son visibles después de que otra persona las haya descrito antes.

Conferencia de Abdelaziz Taleb en Planeta de los árabes / Bienal de Kiev, 2020

Arab Media Lab, Prince Claus Fundation, Holanda, 2023

Arab Media Lab Center, Marrakech, 2026

Abdelaziz Taleb es un artista marroquí que trabaja con técnicas mixtas, cineasta, comisario y fundador de Arab Media Lab. Su obra explora el cine experimental, el videoarte, los archivos, la espiritualidad, la memoria y la cultura visual contemporánea. Desde principios de la década de 2000, sus películas, instalaciones y proyectos curatoriales se han presentado a nivel internacional en festivales, museos e instituciones culturales, entre los que se incluyen la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Róterdam, el CCCB de Barcelona y el Festival Internacional de Cine de Venecia. Es director artístico de varias iniciativas, entre ellas el Festival Digital Marrakech y Tangier Interzone. Además de su práctica artística, trabaja como comisario, mentor e investigador cultural centrado en las artes multimedia y la producción artística independiente en Oriente Medio y el norte de África. Vive y trabaja en Alemania.
www.abdelaziztaleb.net

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"A desk is a dangerous place from which to watch the world" (John Le Carré)